Acerca de la felicidad

En Junio de 2011, Vicente Durán Casas, sacerdote jesuita y vicerrector académico de la Universidad Javeriana, fue invitado por las autoridades del Colegio Tilatá de Bogotá para que pronunciara algunas palabras a los estudiantes que se graduarían ese año de bachilleres. Hace unas semanas, Vicente compartió conmigo ese discurso que yo considero más que eso: una reflexión bella y muy adecuada no sólo para unos muchachos que se están graduando y empiezan a buscar qué camino seguir, sino para cualquiera que quiera pensar en la felicidad, desde la filosofía. ¡Gracias, Vicente, por permitirme publicar este texto en mi página!

 Acerca de la felicidad*

 

Cuando recibí la amable y generosa invitación que me hizo Maria Isabel  para que fuera yo quien dijera unas palabras a los bachilleres y a sus familias en este acto de graduación, me sentí inmerecidamente agradecido y honrado. Acepté por la amistad que me une a Maria Isabel y a este querido colegio, pero tengo que reconocer que luego me asaltó un sentimiento de inquietud e inseguridad: ¿Qué podía yo, profesor de filosofía, sacerdote, vicerrector de la Universidad Javeriana, decir a un distinguido grupo de jóvenes estudiantes que terminan su bachillerato y se disponen a continuar su proceso formativo a través de diferentes opciones de vida? No me gusta dar consejos cuando no me los han pedido, y lo que hoy se me ha solicitado no es precisamente que dé consejos, sino que haga alguna reflexión con ustedes a propósito del momento que viven en el momento en que reciben su grado de bachilleres.

Después de pasar por varios colegios de Bogotá, me gradué de bachiller hace exactamente 35 años en el Colegio de San Bartolomé La Merced. Me imagino que ustedes, hoy, sienten algo similar a lo que yo sentí en aquel momento: un deseo inmenso de ser feliz y de hacer muchas cosas. Por eso me decidí a hablarles hoy de la felicidad, una palabra, una idea, un concepto embrujador y misterioso sobre el que vale la pena pensar. Creo que es apropiado reflexionar acerca de ella ante quienes están prontos a dar un paso importante en su vida, elegir una carrera universitaria, y emprender una nueva etapa de su formación. Ustedes, queridos bachilleres de esta promoción del colegio Tilatá, no sólo están preparándose para la vida  futura, para el trabajo, para constituir un hogar y llegar a ser ciudadanos de bien. También están viviendo su vida, están buscando la felicidad en lo que hacen y, si bien aún son muy jóvenes, quieren ser felices ya, no mañana.

 

La felicidad es un tema que, dependiendo de cómo se trate, puede ser convertido en algo banal, o puede también ser de enorme interés para espíritus inteligentes y socialmente responsables. Desgraciadamente, abunda hoy en día una literatura sobre la felicidad que uno no puede calificar sino de superflua e insípida. En ella se promocionan y ofrecen recetas mágicas para tener éxito en la vida y para conducir la propia existencia según cánones y criterios que otros han elegido por nosotros. Hoy mi propósito consiste precisamente en hacerles ver la gravedad y el alcance de la reflexión filosófica en torno a la felicidad.

 

Hay quienes confían su felicidad a la posición de los astros, y hay quienes se resignan a pensar que alcanzar la felicidad no depende de uno, algo así como ganarse una lotería. Convencido, como estoy, de que la felicidad es algo que está en las manos de los seres humanos, voy a comenzar por decirles por qué últimamente me he interesado por la felicidad como tema de interés filosófico.

 

La razón es bien sencilla: vivimos en una época de la historia humana en la que es muy razonable preguntarse si el grado de desarrollo económico, tecnológico, productivo y comercial, guarda o no una relación de proporcionalidad directa con el grado de felicidad promedio efectivamente alcanzado por la gente. El hecho de que el avance tecnológico y científico nos maraville y deslumbre, no necesariamente significa que seamos más felices que nuestros abuelos. Quiero contarles una sospecha que tengo sobre ese optimismo ingenuo que a tantos puede desorientar y confundir: no creo que el desarrollo tecnológico o económico necesariamente haga a las personas más felices. Pienso que el desarrollo económico, el progreso en el conocimiento y la creación de riqueza, representan una ocasión, una oportunidad para incrementar la felicidad, pero no creo que esta última pueda ser considerada como un producto accesorio o subalterno. En otras palabras: creo que muchos de nuestros antepasados bien pueden haber sido mucho más felices que muchos de nuestros contemporáneos. Y si eso es verdad, entonces no se han preguntado: ¿en qué consiste realmente el progreso?

 

En la cultura occidental, es Aristóteles (384-322 A. C.) el primero en pensar la felicidad en términos filosóficos, y con pretensiones propiamente filosóficas. Para Aristóteles, la búsqueda de la felicidad es un rasgo distintivo de todos los seres humanos, un rasgo que los diferencia de todos los demás seres vivos.  «Felicidad», dice «es el nombre que se le da a eso que todos los hombres buscan y luchan alcanzar»[1]. Y no le falta razón. Pero Aristóteles pensaba no sólo que la felicidad era eso que todos los hombres y mujeres buscan  alcanzar, pensaba también que la felicidad era el bien último o supremo de la vida humana. No existe, en su opinión, un bien superior a este, pues la felicidad representa ese estado máximo de satisfacción al que los seres humanos aspiramos alcanzar. Si la hemos alcanzado, ya no queremos alcanzar nada más; si nos sentimos insatisfechos con nuestro bienestar es porque este no nos hace completamente felices. El problema consiste, como se deja ver fácilmente, en cómo determinar qué es propiamente lo que nos hace verdaderamente felices, en qué consiste la felicidad. En palabras del mismo Aristóteles: «unos creen que [la felicidad] es alguna de las cosas tangibles y manifiestas como el placer, o la riqueza, o los honores; otros, otra cosa; muchas veces, incluso, una misma persona opina cosas distintas: si está enferma, piensa que la felicidad es la salud; si es pobre, la riqueza; los que tienen conciencia de su ignorancia admiran a los que dicen algo grande y que está por encima de ellos»[2].

 

Si miramos a nuestro alrededor descubriremos que las palabras del Estagirita han logrado describir con acierto la naturaleza humana: unos buscan la felicidad en la posesión de bienes, otros en el disfrute de los placeres, otros en el regocijo ante los honores, y otros en el ejercicio del poder. ¿Con qué frecuencia entonces habremos de cambiar nuestro ideal de felicidad?: para el desempleado la felicidad dependerá entonces de la consecución de un trabajo; si estamos enfermos, alcanzar la felicidad dependerá de la pericia de los médicos; si no somos bellos, o si nos sobran un par de kilos, nuestra felicidad amorosa dependerá del cirujano plástico.

 

Lo anterior puede generar una confusión muy grande: si cada contingencia de la vida nos hace cambiar nuestra concepción de felicidad, nuestra vida será manejada y controlada desde fuera de nosotros mismos por fuerzas que desconocemos y en las que difícilmente podríamos confiar. Y eso es exactamente lo que pienso que sucede en nuestro mundo: que nuestras representaciones e imaginarios sociales acerca de lo que pueda ser nuestra propia felicidad son objeto de cambios y transformaciones que se escapan por completo a nuestro control. Si alguien controla nuestra idea felicidad, alguien controla lo más importante de nuestra propia vida. Es increíble que haya gente joven, a quienes la vida ha ido llevando a la idea de que sin una cirugía plástica no podrían llegar a ser felices.

 

Pero sigamos con Aristóteles, quien era consciente de que la felicidad, en cuanto bien supremo para el hombre, no puede ser alcanzadao de cualquier manera. Su doctrina sobre la felicidad es una doctrina ética. En el concepto de felicidad también está implicado un elemento que podríamos llamar ético, pues la felicidad es un estado que se alcanza mediante el ejercicio de la virtud: «el hombre feliz», dice Aristóteles, «vive bien y obra bien, pues a esto es, poco más o menos, a lo que se llama buena vida y buena conducta»[3]. Por eso cabe pensar que la mera acumulación de bienes económicos, conseguida de un modo poco virtuoso, por ejemplo mediante el engaño y la estafa, o como sucede en nuestro medio, mediante aborrecibles prácticas de corrupción, ciertamente me pueden hacer más rico y opulento, más poderoso y encumbrado, pero no necesariamente más feliz.

 

Cambiemos de época y de filósofo. Vayamos a la Prusia Oriental de finales del Siglo XVIII, y dejémonos ilustrar por lo que pensaba el filósofo alemán Immanuel Kant quien, al igual que Aristóteles, creía que la búsqueda de la felicidad era común a todas las personas. Kant, a diferencia de Aristóteles, pensaba que, por representar precisamente una tendencia natural propia del ser humano, la felicidad no puede constituirse en el fin último y supremo de la vida. Si alcanzar la felicidad en verdad fuese el fin último y supremo de la vida, sería legítimo que las personas hicieran cualquier cosa por conseguirla, cosa que en realidad no parece muy razonable. Si lo que me ha de hacer feliz es, por ejemplo, el adquirir riquezas, ¿por qué habría de abstenerme de esas prácticas que otros llaman corrupción, pero que en realidad no son otra cosa que “mi” manera de tratar de ser feliz?

 

Este ejemplo sencillo y claro, tomado de nuestra vida cotidiana, nos ilustra acerca de por qué Kant desconfiaba de todas las representaciones que nos hacemos de la felicidad. Todas ellas necesariamente están determinadas empíricamente, esto es, por contingencias históricas, culturales, lingüísticas, de orden psicológico, religioso, político, cultural, etc. Kant pensaba que no era posible poner de acuerdo a todos los hombres alrededor de un concepto común de felicidad. Y no le faltaba razón. Más aún: quizás tampoco sería conveniente intentarlo. El respeto a la pluralidad y a la diversidad cultural así lo exigen. Lo que él sí pensaba es que la razón humana, por ser una y la misma, está en capacidad de fundamentar, no el concepto de felicidad, pero sí normas morales de carácter y validez universal dentro de las cuales deben tener cabida diferentes tipos de proyectos de felicidad, por ejemplo, diferentes credos religiosos, diferentes concepciones políticas, diferentes culturas, etc.

 

Casi al final de la Crítica de la razón pura Kant se pregunta por algo que hoy bien podemos llamar la economía de la felicidad, pero que en su terminología del siglo XVIII él llamó «la distribución de la felicidad según principios»[4]; se trata de reflexionar acerca de la felicidad a partir del reconocimiento de que esta es un bien muy escaso en este mundo. Es un hecho que no todos la alcanzan, y aquellos que la consiguen no la obtienen en el mismo grado. Esto nos ayuda a comprender por qué resulta moralmente inadmisible, desde una perspectiva universal, el apropiarnos arbitrariamente de una porción de felicidad, querer que esta sea mayor que la que le corresponda a los demás, o querer alcanzarla por medios que impidan a otros el conseguirla. La libertad de un ser razonable y responsable no puede ser ciega ante el problema de una economía de la felicidad. Si la felicidad es un bien escaso, resulta de la mayor importancia que su repartición obedezca a leyes y criterios que todos estén en capacidad de aceptar. No puede ser posible, ni tampoco razonable ni aceptable, que algunos seres humanos quieran alcanzar la felicidad y el precio que haya de pagarse por ello sea el que otros tengan que renunciar a la felicidad. De acuerdo a una economía razonable de la felicidad todos los seres humanos deben tener, en principio, los mismos derechos a ser felices. Por eso, la manera como Kant formula la pregunta moral por excelencia, ¿qué debo hacer?, o ¿cómo debo comportarme?, resulta altamente significativa: no me es lícito tratar de ser feliz de cualquier manera y a cualquier costo: se trata de buscar la felicidad, pero sin hacerme indigno de ella. Por eso la ética de Kant, tal y como él lo expresa, no nos indica cómo llegamos a ser felices, sino cómo no hacernos indignos de la felicidad: «la moral», dice Kant, «no es propiamente la doctrina de cómo nos hacemos felices, sino de cómo debemos llegar a ser dignos de la felicidad»[5]. Para él, en últimas, es más importante llegar a ser digno de ser feliz que alcanzar la felicidad, y la ley moral es la que pone el límites entre lo uno y lo otro.

 

A estas alturas podemos intentar obtener algunas conclusiones. La primera es que la manera como Kant y Aristóteles proponen relacionar moralidad y felicidad ofrece una herramienta de gran utilidad para criticar todas aquellas concepciones de la felicidad que tienden a identificarla con la posesión o el disfrute de bienes de consumo. Esta tendencia, que si bien no es exclusiva del capitalismo actual, sí ha sido radicalizada por la sociedad de consumo en la que nos encontramos, puede alejar cada vez más a los seres humanos de la felicidad. Estoy convencido de que quienes viven creyendo que es la riqueza la que los hace felices, al final de sus vidas tendrán una gran frustración, y ello por la sencilla razón de que la consecución de esos bienes con frecuencia implica, en el sentido que le da Kant, acciones que contravienen preceptos del derecho y la justicia, o actitudes que tanto él como Aristóteles no dudarían en considerar como poco virtuosas. La felicidad sin virtud es una gran mentira. La búsqueda, la posesión y el disfrute de bienes materiales, por sí mismos, y aislados del conjunto de condiciones de vida, pueden incluso llegar a ser motivo de infelicidad y frustración.

 

En segundo lugar, creo que la filosofía nos ayuda y nos conduce a criticar todas aquellas concepciones de la felicidad que a la larga no resultan ser más que meras utopías, fantasías o quimeras producto de nuestra imaginación. La primera de esas fantasías y quimeras quizás sea la creencia ingenua de que la felicidad, o es absoluta o no lo es del todo, como si los seres humanos sólo tuviéramos una alternativa: ser felices o infelices en radicalidad absoluta. La filosofía nos enseña que no resulta razonable concebir la felicidad como la realización plena y completa de todos y cada uno de nuestros deseos. Con no poca frecuencia la felicidad depende del sacrificio o de la renuncia a nuestros propios deseos por amor a nuestros seres queridos. Quien no renuncia a nada en su vida va, de hecho, por un camino que, de ser seguido en forma ciega y obcecada, conduce a la autodestrucción de la libertad. La consecución efectiva de la felicidad pasa necesariamente por algún tipo de regulación, por unos límites que el ser humano se pone a sí mismo en forma razonable y razonada. La felicidad no es resultado de la obediencia a todos los impulsos de felicidad, es más bien el producto de una construcción reflexiva que en más de una ocasión exige la crítica razonable y el dominio de nuestros propios impulsos.

 

Finalmente, los dos filósofos a los que me he referido aportan elementos imprescindibles para poder entender, racionalmente, que la felicidad sí forma parte de los planes de la creación. Las constantes y muy frecuentes desilusiones con respecto a la felicidad no tienen por qué llevarnos a renunciar a la idea de felicidad. Para Kant y para Aristóteles la moral y la felicidad son para este mundo, de eso no hay  la menor duda. También son para este mundo las matemáticas, la economía, las ciencias, el arte, la política y el derecho. El que este mundo no sea del todo perfecto no significa que sea imposible alcanzar la felicidad, significa más bien que esta última siempre debe ser considerada como tarea inconclusa, como reto y desafío para nuestra imaginación y nuestra inteligencia. Por eso dice Kant, «la moral no es propiamente la doctrina de cómo nos hacemos felices, sino de cómo debemos llegar a ser dignos de la felicidad.»[6].

 

Si hay algo que todos los que trabajamos en educación deberíamos esforzarnos por transmitir y comunicar a cada uno de nuestros estudiantes, es que ni ellos ni nosotros nos podemos dar por satisfechos con porciones mezquinas de una felicidad pasajera y volátil. El mundo en el que vivimos ha perdido de vista que la felicidad consiste en algo más que el disfrute de la inmediatez. Si la sociedad de consumo en la que vivimos nos quiere ver felices porque somos consumidores de bienes, creyendo que la felicidad nos viene de fuera y no desde dentro, que es un producto más en el fantasioso mundo del mercado, hemos de trabajar con audacia para fomentar en nuestros estudiantes una crítica razonable a ese gran supermercado de felicidad torpe y banal que es el consumo. Aspirar a una felicidad de verdad, esto es, a una felicidad que no se identifique con el disfrute o con la posesión de bienes particulares, debe ser la meta de una educación integral que tome como punto de partida la compleja pero fascinante naturaleza humana.

 

Queridos bachilleres: ustedes tienen derecho a ser felices, a construir proyectos de felicidad que los llevan a realizarse como seres humanos. No le tengan miedo a ser rebeldes, en el mundo de hoy ser rebelde significa construir un proyecto de vida que nazca desde dentro de ustedes mismos, que no les venga dado por las leyes del mercado y del consumo. Atrévanse a pensar en grande, atrévanse a ser felices, pero con los ojos puestos en el cielo, en metas que trasciendan y superen lo que este mundo hoy les ofrece.

 

 

 

*El texto original de esta conferencia fue editado para adecuar su publicación a esta web.


[1] Cfr. Ética a Nicómaco 1095a, 18

[2] Ídem, 1095a, 22

[3] ídem, 1098b,21

[4] Crítica de la razón pura,  B 834/A 806

[5] Crítica de la razón práctica, p. 181

[6] Crítica de la razón práctica, p. 181

 

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Vicente Durán Casas

Para biografía

 

Neiva (1957) es Licenciado en Filosofía y diplomado en Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Doctor en Filosofía de la Hochschule für Philosophie de Munich, Alemania. Ha sido profesor asociado de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Javeriana y actualmente es su Vicerrector Académico.

 

 

 

 

 

 

La imágen de cabecera de este artículo es cortesía de Manuel Alejandro Villalobos, un joven y muy talentoso fotógrafo chileno, cuyo trabajo pueden apreciar mejor en su Flickr, en su fanpage en Facebook y en su cuenta de Twitter

1 comentario

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Un texto muy bello con una reflexión muy válida, más en esta época en que la felicidad es relacionada con el consumo, con el tener. Gracias a Vicente por ceder el texto y a Laura por publicarlo.

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