Cuatro cuentos breves [J. J. Junieles]

 

«Cortesías» es una sección que ha pasado por todas los blogs que me han acompañado en 10 años y que retomo ahora desde esta página. Por aquí pasarán autores amigos, conocidos, descubrimientos todos que he hecho por ahí y que me llenan de alegría: los resultados de pequeñas cacerías que van a quedar reflejadas en este espacio.

Cuatro cuentos breves de J. J. Junieles

 

Portada Todos los locos hablan solosY, para comenzar de la mejor forma, estos cuatro cuentos breves del libro “Todos los locos hablan solos”, del escritor y periodista colombiano J. J. Junieles. Este libro hace parte de la colección “Voces del fuego: Testigos del Bicentenario” de Ediciones Pluma de Mompox, 2011.

¡Gracias, J.J!

 

«Quien habla a solas espera hablar a Dios un día».

Luis Cernuda

 

Los huesos mágicos

En el peor verano que recordaban los más viejos, amaneció encallada en la orilla del mar una ballena en las playas del barrio Albornoz, una zona antigua de la ciudad, lejos  de las murallas. Los primeros que vieron a la ballena intentaron devolverla al agua, con cuerdas jaladas por cinco mulas y burros, proyecto que resultó imposible, fue como intentar mover una montaña.

Entonces la bañaron con baldes de agua salada durante dos días, para mitigar los estragos del sol, esperando a que la marea subiera por la noche y el animal pudiera regresar por sus propios medios. Pero a la mañana del tercer día ya estaba muerta, entonces el carnicero hizo lo suyo, y todo el barrio comió ballena durante un mes.

El esqueleto de la ballena duró muchos años enterrado en la playa, los niños se escondían entre los huesos, y luego con el tiempo fue desapareciendo hueso por hueso. Todavía en algunas casas de Albornoz se pueden hallar los huesos de la ballena en los patios, o sirviendo para mantener abiertas las puertas de las casas.

Los viejos dicen que cuando se anuncia un temporal de lluvia y truenos, entierran los huesos en la mitad del patio, entonces la tormenta se acaba como por magia.

 

Lugar común, el miedo

Por miedo a los espantos mi hermano orinaba conmigo en la cola del patio. Los fantasmas se ven con los ojos de la nuca —decían los viejos—: “y si hay azufre en el aire, es mejor salir corriendo, aunque orinen los pantalones.”

La luna multiplicaba las sombras del patio. El viento sonaba en la hojarasca como una cadena que se arrastra (la respiración se volvía difícil, recuerdo).

Aquel tiempo ha pasado, la memoria guarda la dicha de compartir el miedo. A veces, cuando se peina ante el espejo, mi hermano interrumpe el acto, se voltea, presiente que alguien se esconde tras las cortinas.

Lo acompaño por encima del hombro cuando toma sus alimentos. También por las noches cuando lee sus libros de lejanas tierras: Marruecos, Tánger, Sudán, Mauretania.

Ahora lee las palabras que escribí en el margen de una página y que ambos hemos leído. Se vuelve,  mira a través de mí,  descubro el miedo en su rostro. Pero ya no puedo decirle: “Tranquilo, sólo estoy jugando.”  Y empiezo a sentir miedo de mí mismo.

 

 

Noticia de un viejo reportero del San Francisco Chronicle en la sierra mexicana, 1920

Recostado a la puerta del rancho se limpia los oídos con un fósforo. Observa el mundo con ojos de domador de tigres, la sierra que no acaba, el maguey arañando el cielo.

La edad que no aparece en las biografías, le castiga la cara. Largos pelos asoman por las orejas, ha guardado la noche en sus ojeras, hondas como bolsillos de pobres (denuncian fogatas, tequila y coyotes).

Cicatrices  son muchas, profundas,  tienen dueños. El desierto parece la única máscara a su medida. Los indios serranos lo miran de lejos: Pelo de jabón (así distinguen a Ambrosio Bierce), y piensan: algún día debió ser otra cosa.

 

Una historia bostoniana

En Boston aún conservan la tradición de hacer trajes especiales para difuntos. Uno de esos sastres, es un tipo solitario a quien llamaremos Francis. Después de los sepelios Francis va por la noche al cementerio, recobra el vestido y lo vende a un nuevo cliente.

En una ocasión la hermosa difunta es la única hija de un millonario, se llama Lana y sufre de catalepsia, despierta amnésica en brazos del sastre y este la convence de que es su mujer. Se van juntos a vivir a Los Ángeles, y él inventa para ella una nueva identidad.

Muchos años después, el hijo huérfano de Lana y Francis, es un guardia nocturno, a quien llamaremos Lázaro, quien acostumbra masturbarse de noche con la estatua de una estrella de cine, en el museo de cera donde presta vigilancia.

Cierta noche es descubierto por su jefe, quien lo despide: «Agradezca que no levantamos cargos por el vestido manchado». Lázaro abandona Los Ángeles, y después de deambular por todo el país arriba a Boston, donde consigue empleo como mesero de banquetes y fiestas.

El padre de Lana nunca se recuperó de la muerte de su hija, se convirtió en un excéntrico millonario, y ahora agoniza triste y solo en su mansión. Entonces hace una fiesta y decide sortear toda su fortuna a quien encuentre una llave escondida en algún lugar de la casa. En vano los invitados buscan toda la noche, se marchan en la mañana, ebrios y cabizbajos.

Alguien tiene que limpiar este desastre: espejos y floreros rotos, cojines rasgados, armarios con ropa destrozada, cajones vacíos y botellas regadas por el suelo. Al final sabemos que la llave estaba dentro de un gran cisne de hielo esculpido, sobre la mesa de la sala central (algo que nunca debe faltar en una gran fiesta.) Mientras seca el agua de la mesa, Lázaro descubre la llave y se la lleva al viejo, quien reconoce que Lázaro ha ganado la apuesta, que ahora puede morir ligero de equipaje, sólo pide ser sepultado al lado de su hija.

Escena final: Lázaro —el joven millonario— se casa con la estrella de cine que tenía su estatua en aquel museo de cera. En el centro de su banquete de bodas hay dos novios de hielo que ya empiezan a derretirse.

 

***

 

JJ Junieles

Sobre el autor: J. J. Junieles.  Escritor, periodista y realizador audiovisual nacido en el Caribe colombiano, Sincé-Sucre, 1970. Es autor de: Todos los locos hablan solos (Cuentos, 2011), El amor también es una ciencia (Cuentos, 2009), Con la luz que me queda basta (Cuentos, 2007), y los libros de poesía: Papeles para iniciar el fuego (1993), Temeré por mí al final de estas líneas (1996), Canciones de un barrio en la frontera (2002), Pasaje a tierra extraña (2006), y Metafísica de los patios (2008). Entre otros reconocimiento,  ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá 2002.

 

 

 

 

 

 

 

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