Don Rafael Pombo

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Fui a recorrer las librerías de viejo de San Diego (en el centro de Santiago) sólo porque tenía nostalgia de Tito, a quien puedo ver en contadísimas ocasiones y por unos pocos minutos. El caso es que terminé llevándome una sorpresa del tamaño de un buque, o más. Pequeñísimos detalles pueden remover un cementerio de recuerdos y revivir a los muertos – más que muertos, yo diría dormidos – que allí descansan. Detalles como un libro infantil en una librería de viejo, por ejemplo.

Lo primero que hago siempre que voy a las librerías de viejo acá en Santiago, es husmear en las canastas cuadradas que tienen libros en oferta por unos 1.000, 2.000 pesos chilenos, que serían algo así como 4000, 8000 pesos colombianos. No buscaba Algo en Particular, más bien quería que Algo en Particular me buscara a mí y me encontrara y así fue: un librito con una carátula muy simpática y colorida y con un título que me golpeó como cachetada: “El gato bandido y otros versos” de Rafael Pombo, editado por una editorial argentina, Colihue. Tomé el librito sin abrirlo y un manantial de fábulas se agolparon en mi cabeza y corrían una tras otra, junto a ellas llegaron, cómo no, otros recuerdos: de juegos, de columpios, de cuadernos en blanco para ilustrar esas fábulas que a uno le leían para enseñarle a leer. Creo que llevaba entre mis manos, más que un libro, la representación de un germen, un génesis, el bicho mismo que me picó hace tanto tiempo y para siempre. El padre de todos los libros que vinieron después en mi vida. El dios mismo de todas mis bibliotecas. En resumen: con don Rafael Pombo aprendí a leer, por don Rafael Pombo seguí leyendo…

Algo, algo que no sé qué es desafía al olvido siempre. Me resistí y me resisto a abrir el librito. Cerrado se fue de mis manos a mi mochila. No verifiqué, como siempre lo hago, si tenía algún desperfecto, simplemente lo guardé y me fui por todo el camino de vuelta a casa recitando:

«El hijo de Rana, Rinrín Renacuajo,
Salió esta mañana muy tieso y muy majo
Con pantalón corto, corbata a la moda,
Sombrero encintado y chupa de boda.
«¡Muchacho, no salgas!» le grita mamá,
Pero él le hace un gesto y orondo se va

«Érase una viejecita
sin nadita qué comer
Sino carnes, frutas, dulces,
Tortas, huevos, pan y pez

Y mi favorito:

«Michín dijo a su mamá:
Voy a volverme pateta,
Y el que a impedirlo se meta
En el acto morirá.
»

No, no. No es lo que están pensando, no es que me hayan entrado más nostalgias de las que ya cargo, menos nostalgias infantiles. Yo sólo echaba de menos a Tito, quien me trajo hace poco de regalo el último libro que estoy leyendo y resulta que, aún ya no estando aquí, igual me trajo – en forma de recuerdo – lo primero que leí en la vida.

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