El Norte


Entre el jueves 8 de mayo y el sábado 10 de mayo de este año, en el norte de Chile, en un viaje muy rápido que tuve que hacer por motivos de trabajo, me pasaron muchas cosas y  las quiero contar todas aquí. Espero que disfruten leyéndolas tanto como yo escribiéndolas, aunque algunas no sean precisamente tan divertidas de recordar.

 

En un carro de olvido,

antes de aclarar,

de una estación del tiempo,

decidido a rodar.

Run-Run se fue pa´l Norte,

no sé cuándo vendrá.

Vendrá para el cumpleaños

de nuestra soledad.

A los tres días, carta

con letra de coral,

me dice que su viaje

se alarga más y más,

se va de Antofagasta

sin dar una señal,

y cuenta una aventura

que paso a deletrear,

ayayay de mí.

Fragmento de a canción Run-Run se fue pa’l Norte, de Violeta Parra.

 

Mi trabajo

 

Los primeros en leer esto serán mis amigos más cercanos y quizás sean los únicos. Sin embargo, es curioso que ellos no saben exactamente qué hago yo. Algunos tienen una idea nebulosa, otros recuerdan un viejo artículo de SoHo en el que cuento que sé cazar palomas, uno que otro se enteró de que me gradué de una carrera más bien extraña que solo puedo ejercer en Chile porque solo acá está el campo laboral disponible, y los más queridos me graduaron de periodista gracias a lo poco o nada que he publicado. Para esto último solo puedo decir, ojalá, o como mi abuela solía repetir: «¡con qué ojos, divino ciego!».

 

La verdad es que yo estudié algo que se llama Prevención de Riesgos y Medioambiente. En estricto rigor, tengo las competencias para que en una empresa productiva o de servicios, los trabajadores se vean lo menos expuestos posibles a lesiones físicas de todo tipo. La responsabilidad moral de un prevencionista es que cualquier trabajador que esté a cargo de uno, llegue sano y salvo a su casa todos los días. La responsabilidad real es menos romántica: en realidad el prevencionista es el escudero del Representante Legal de la empresa, porque en caso de que al trabajador le suceda algo, y no existan los debidos respaldos de que el empleador cumple con la ley, ese Representante Legal va a la cárcel y, llegado el caso —y si el abogado que representa al trabajador es de los buenos—, uno va preso también.

 

En la estricta práctica yo no hago eso. Luché para no orientar mi carrera en esa dirección porque soy cobarde, porque tener a mi cargo la vida de más de 50 personas —y acá estoy hablando en términos legales que no vale la pena detallar—, me produce pánico. Con suerte puedo cuidar mi propia vida como para cuidar la de los demás. Mientras estudiaba, mis profesores me contaban cómo era el proceso, por dar un ejemplo, de ir a avisarle a una madre, a una viuda, a unos hijos, que su hijo, su esposo, su padre, tuvo un accidente fatal mientras trabajaba y que ahora descansa en paz. Me vi a mí misma en ese trámite y eso fue suficiente para huír despavorida de la idea. Por supuesto, cuando me di cuenta de que yo no valía para eso ya era muy tarde  y ya tenía un crédito de estudios andando, así que igual terminé la carrera y de todas formas conseguí darle un sentido diferente. Aunque no descarto ser algún día una prevencionista de las de verdad, por ahora logré hacerle el quite a eso y me volví algo que podemos llamar especialista en normas.

 

Más o menos la cosa es así: las empresas, por muchas razones, se están viendo obligadas a estandarizar su trabajo desde distintos puntos de vista, y para ello lo único válido internacionalmente son las Normas ISO. Estas normas tienen distintas finalidades. Por ejemplo, la más conocida es la ISO 9001 y es una norma de calidad. Pero también está la 14001, que es de Medioambiente, o la 27001, de seguridad de la información, y hay una que no es de la familia ISO, que se llama OHSAS y es la que más se acerca a mi total competencia porque habla de seguridad y salud ocupacional. El caso es que cuando una empresa decide que, por ejemplo, necesita implementar ISO 9001, entonces llama a la empresa en donde yo trabajo y, si todo sale bien y llegan a un acuerdo ambas empresas, me mandan a mí a que les ayude en todo el proceso de implementación y marcha de las normas, proceso que culmina con un lindo certificado que entrega un organismo conocido como “casa certificadora”. En Colombia el más famoso es ICONTEC —quienes también están en Chile—, pero hay otros más, como Bureau Veritas —al que nosotros llamamos, de cariño, «Buró mentiritas»—.

 

Dentro de todo ese abanico de «Normas Técnicas», existen algunas que son propias de Chile y que funcionan solo acá. Una de ellas es la NCh 2912:2012, que es una norma de calidad hotelera y turística. La función de esta norma es regular el estándar de los hoteles y definir, según los requerimientos, la categoría de los hoteles de 1 a 5 estrellas. Cuando un hotel se certifica con esta norma, el Servicio Nacional de Turismo, más conocido como SERNATUR, le entrega un “Sello Q” al hotel al que le reconoce sus estrellas.

 

Pues muy bien: una cadena de hoteles con casa matriz en Santiago, compró a la empresa en donde yo trabajo 5 auditorías internas para sus hoteles en Santiago, Viña del Mar, Quintero, Antofagasta y Arica, con el fin de verificar en qué estado de cumplimiento se encuentran con respecto a lo solicitado por la Norma. Adicionalmente, también compraron para cada uno de esos hoteles, 5 diagnósticos de sustentabilidad, que eso es otro cuento aún más largo y no lo hago yo, sino una colega.

 

A finales de Abril, fuimos con mi colega a Viña del Mar y Quintero, dos ciudades de la zona central de Chile, hacia la costa, y que no están a más de 2 horas y 2 horas y media respectivamente de Santiago. Allí nos pasaron cosas divertidas y simpáticas, sí, pero esas las dejo para después.

 

Ahora que ya saben a qué me dedico, les cuento cómo me fue auditando hoteles en el Norte.

 

 

Antofagasta

 

No sé por qué diablos y ya no es hora de alegar, pero a Viviana —la colega que iba conmigo— y a mí, nos armaron un itinerario al que suavemente podemos definir como matador, o también maldito, pero al que algunos compañeros bautizaron más sabiamente conchesumadre.

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Antofagasta vista desde el cuarto del hotel

 

La salida era el día jueves 8 de mayo a las 5:30 am, para llegar al Aeropuerto Cerro Moreno de Antofagasta a las 7:30 am. En el aeropuerto nos estaría esperando un taxi del Hotel y llegaríamos a eso de las 08:00 am. La auditoría estaba planificada para comenzar a las 09:00 am. La cosa comenzó más o menos cuando, una vez en el avión, nos dimos cuenta de que los asientos no eran reclinables. Dormí tan mal que todavía cuando me acuerdo, me duele el cuello.

 

Lo bueno de ese madrugón tremendo es que en los hoteles tienen otro sentido de la atención a las personas, y contrario a otras empresas que nosotras visitamos frecuentemente —normalmente empresas de rubros industriales—, en los hoteles sí lo atienden bien a uno. Cuando llegamos, el Jefe de Recepción nos recibió muy cálido y nos dio dos suites para que nos pusiéramos cómodas y luego bajáramos a desayunar. Lo de ponerse cómodo es una ironía porque en mi caso era al revés: me puse muy cómoda para viajar porque en el hotel me tenía que disfrazar de tenida formal, como para ver a cualquier otro cliente. Cada vez que me tengo que vestir formal —de gente decente, dicen por ahí—, yo elevo una plegaria al Cielo, para que la escuche a quien le caiga, y que la humanidad elimine de sus costumbres eso del formalismo y uno pueda hacer su trabajo cómodo sin andar embutido en un vestido, con medias y chaqueta. Lo único que no hago es ponerme tacos. Afortunadamente no me los exigen. Mi suite tenía un ventanal con vista al mar y podía ver como la mitad de Antofagasta desde allí. Me llené los ojos de esa vista tan bonita, antes de bajar a torturarlos a todos con mi pesquisa.

 

La Gobernanta me odió con cariño

La auditoría a un hotel no es otra cosa que verificar, con base en lo que la norma pide, si el hotel cuenta o no cuenta con lo requerido. Entonces lo que hay que hacer es recorrer el hotel de cabo a rabo, entrevistar a los distintos encargados de cada área y tomar nota de todo lo que no se cumple —también conocido como No Conformidad—, o de lo que se podría mejorar. Eso después le llega resumido en un informe al gerente del hotel. Una parte importante de la auditoría es el recorrido por las habitaciones. Según los tipos de habitación y la cantidad, yo tengo que elegir al azar varias habitaciones y revisarlas. Por revisarlas, entiéndase abrir y cerrar todo lo que se pueda abrir y cerrar, leer los folletos, probar si sale agua caliente, buscar humedades, hongos, cables a la vista, manchas, etc, y también deshacer las camas para verificar que el estado de la lencería y el del colchón son buenos. Fue ahí donde tuve mi primer tropiezo. Resulta que la Gobernanta del hotel no había estado nunca en una auditoría, por lo tanto no sabía que yo tenía que hacer todo eso. En un momento, cuando le estaba auditando los registros con los que ella controla a las camareras, se me ocurrió preguntarle si ella sabía en qué consistía la auditoría y contarle un poco lo que yo iba a hacer. Me miró con horror, pero como que no me creyó. Luego, cuando me vio en acción,  solo se agarraba la cabeza y me decía que yo era mala, muy mala. Me lo decía en broma, con respeto y atención, claro, como solo en los hoteles te pueden decir las cosas, pero yo me imaginaba a un amigo mío, escuchando a la pobre Gobernanta tratarme de mala, de diablo y en cómo la entendería. Sí, Jorge, de ti me acordaba.

Al final yo iba deshaciendo camas y la Gobernanta detrás de mí haciéndolas. Creo que poco entendió lo que yo le iba contando y confieso que nunca me dio tanta vergüenza hacer mi trabajo. Hacer una cama King size no es precisamente un trabajo fácil.

 

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La piscina del hotel, vista desde mi habitación.

 

Miles de colombianos

Una particularidad de este hotel era que reflejaba, a escala, lo que pasa en toda Antofagasta: están llenos de colombianos. Por lo menos un 90% de los trabajadores del hotel eran colombianos. Cuando me reuní temprano en la mañana con el Gerente del hotel —un mexicano hablador y simpatiquísimo—, nos contó apesadumbrado lo difícil que era retener a los trabajadores y conseguir mano de obra calificada. La minería ha transformado a Antofagasta en una ciudad que mueve mucha plata; los grandes sueldos están en las minas y por lo tanto todo trabajador con un mínimo de calificación está trabajando en ellas. Luego me enteré de que el encargado del aseo en la mina gana lo mismo que yo como consultor. Yo no me lo tomé muy mal que digamos porque no me interesa trabajar en minería, pero después, a la noche, entendí el peso  real de lo que ese gerente nos quería transmitir. Al final todos terminaron explicándome que los colombianos eran una mano de obra apetecida por su calidez, por su capacidad de ser cercanos con los clientes y por su enorme disposición para trabajar… Y yo ahí, jorobando la paciencia, deshaciendo camas y torturando con preguntas a medio mundo…

 

El piloto de LAN

Pero la historia de mi vida —como la historia de la vida de muchos de ustedes, no se hagan los locos— es una sucesión de vergüenzas, una detrás de otra. El caso es que la Gobernanta me dijo: Tengo disponibles para revisión las habitaciones 411, 401 y 427. Yo escogí al azar la 427. Caminamos por el pasillo del piso 4 en busca de la habitación. De repente, cuando íbamos a mitad de camino, veo salir desde una habitación ubicada casi al final del pasillo al hombre más lindo que he visto en la vida. Este hotel, entre muchas otras particularidades, tiene un convenio con las distintas aerolíneas para alojar a sus tripulaciones. El hombre, hermoso, alto, pelo negro, barba suave, uniforme impecable, salía con su equipaje y yo iba caminando por el pasillo, medio hipnotizada por el espectáculo, pero también segurísima de que la habitación 427 estaba al final del pasillo, muy cerca de la habitación que estaba dejando el piloto más lindo del mundo. Y allí iba yo, caminando con toda la seguridad del mundo, dispuesta a admirar de cerca su belleza, quizás tropezarme involuntariamente con él cuando nos cruzáramos… pero cuando iba a mitad de pasillo, de repente, la Gobernanta aparece a mi espalda, me toma del brazo, me hace girar en sentido contrario y me dice: Señorita, la habitación 427 es esa de allá y señala el inicio del pasillo. Había caminado medio pasillo como una imbécil y la Gobernanta me estaba esperando en la habitación que quedaba al principio, por supuesto, y al ver que yo no entraba, salió a buscarme y me encontró en dirección al piloto. ¡Ah! ¡la pillé! —me dijo cuando entramos—. ¡Le gustó el piloto! Todavía cuando me acuerdo me pongo colorada. Qué pillada tan terrible y qué vergüenza más grande. Lo más terrible es que ni soñar con que el piloto bonito lea esto…

 

La portada de Antofagasta

Nuestro siguiente lugar era Arica. Los vuelos estaban programados para salir de Antofagasta a las 22:15 y llegar a Iquique a las 22:55  y una vez ahí teníamos que esperar una hora para volar a Arica. En resumen, llegaríamos al siguiente hotel como a eso de la 1 de la madrugada, podíamos dormir unas 6 horas, porque después teníamos que estar en pie, comenzando el trabajo a las 8, dado que el regreso a Santiago estaba programado para las 16:35 horas. Es decir, lo que yo había hecho en Antofagasta en 8 horas, lo debía hacer en Arica en 6 horas. Lindo. El caso es que terminamos el trabajo en el hotel de Antofagasta a las 18:00 horas y, como todavía nos quedaban al menos 3 horas libres, con la Vivi decidimos pagarle al amable taxista que nos había buscado en la mañana en el aeropuerto, para que nos llevara a La Portada, el gran atractivo turístico de la ciudad.

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Esta es La Portada de Antofagasta… vista de día.

 

La Portada es una enorme piedra en medio del mar, con forma de puerta —o portada—, que se puede observar en su inmenso esplendor desde un mirador ubicado a unos cientos de metros. Así como lo cuento suena precioso, pero resulta que cuando llegamos ya estaba oscureciendo, solo teníamos los iPhone para tomar fotos y resulta que ni con flash logramos sacar una sola decente. No obstante, el taxista nos explicó que la tradición, cuando se está por primera vez en La Portada, es pedir tres deseos. Según él, se cumplen, y nos contó que a él se le habían cumplido ya 2 de los 3 que había pedido cuando llegó a vivir a Antofagasta, proveniente del sur de Chile. Pedimos en silencio los tres deseos, disfrutamos un poco de la vista y nos fuimos al aeropuerto. Esa es mi deuda pendiente con Antofagasta: volver a La Portada… pero de día.

 

En el camino hacia el aeropuerto, la Vivi y yo nos acordamos con mucha consideración de las mamás de todos los alcaldes que han pasado por Antofagasta y que no se les ha ocurrido iluminarla para que se vea bien en la noche.

 

¡Se cayó un F16!

 

Llegamos al Aeropuerto Cerro Moreno de Antofagasta a las 19:15 horas, es decir, tempranísimo. No encuentro una palabra diferente a mierda para definir al Cerro Moreno. Debe ser la más adecuada porque con la Vivi debimos repetir unas doscientas veces esa noche, desde que llegamos hasta que salimos, aeropuerto de mierda este. De por sí, en Antofagasta todo es tres veces más caro que en Santiago, pero en Cerro Moreno es diez veces más. Teníamos hambre y queríamos comer. Un sándwich, el más simple y común de los sándwich, valía 15 dólares. Una cerveza decente, otros 15 dólares. 30 dólares una comida medianamente decente. Ni modo. Nos tocaba. Fue ahí cuando entendí el poder de la minería. En el local en el que nos sentamos a comer —atendido completamente por personal colombiano— nosotras éramos las únicas que mirábamos y mirábamos la carta tratando de buscar algo de un precio decente. Las pocas personas que estaban allí llegaban y pedían sin importar esos precios de locos.  Cuando los mirábamos bien, con detalle, veíamos los logos de las mineras en sus poleras, que llevaban zapato de seguridad o chaleco reflectante… Claro, con esos sueldos y bonos que te dan las mineras, ¿quién se queja por unas onces de 30 dólares?

 

Cuando estábamos terminando de comer, serían las 20:00 horas, más o menos, vimos que los chiquillos de la barra estaban todos sorprendidos, con los ojos muy abiertos. Mirá —dijo uno de ellos—, se está incendiando un F16 en medio de la pista. Nosotras nos dimos vuelta para mirar a través de los ventanales, pero no logramos ver nada claro, y seguimos comiendo. Además era un F16, un avión de los milicos; sentimos que la cosa no era con nosotras. Pero de repente, cuando estábamos ya terminándonos la cerveza y nos habían retirado los platos, vimos mucha, pero mucha gente alrededor de nosotras pidiendo cosas para comer y cerveza. Eran los pasajeros de un vuelo de LAN que estaba carreteando, casi a punto de salir, y al que hicieron devolver. Nos miramos con la Vivi, asustadas. Pedimos la cuenta, pagamos y nos fuimos al counter de Sky Airlines para saber qué pasaría con nuestros vuelos. Recién a las 21:00 horas el parlante general avisó que el aeropuerto estaría inoperativo hasta las 00:00 horas debido al accidente del F16.

 

Nunca había estado tan enojada en mi vida. La aerolínea no nos daba información y nosotras puteábamos contra todo lo que era puteable en ese momento: milicos-conchesumadre-no-podían-aterrizar-su-avión-picante-retamboria’o-en-otra-pista-tenían-que-venir-a-dejar-la-cagá-aquí. No éramos las únicas, claro. Las pocas conversaciones que uno podía captar estaban repletas de furia y garabatos. Ante la pregunta ¿Qué pasó? todos tenían la misma respuesta: un-avión-culiao-que-se-vino-a-caer-acá. En el fondo hablábamos así porque no hubo pérdidas graves. Lo que sucedió fue que un piloto de la Fuerza Aérea hacía una operación de rutina en su F16 y se dio cuenta, estando en el aire, que el tren de aterrizaje no funcionaba. Como estaba seguro de que la única solución era precipitarse a tierra de guatita, es decir, de panza, entonces primero sobrevoló durante varias horas el Cerro Moren, quemando la mayor cantidad de combustible, de tal forma que, cuando tuviera que precipitarse, el avión no explotara provocando una tragedia mayor. En efecto el avión no explotó, pero se incendió igual por la cola —supongo que con algo de combustible de reserva que quedaba— y el piloto, previo al guatazo, se eyectó, por lo que salió ileso. Los perjudicados fuimos los usuarios del Aeropuerto, justo en ese instante.

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Aeropuerto de Iquique

 

Para cuando Sky Airlines nos reprogramó los vuelos, ya eran las 22:30 y esa reprogramación consistía en salir a Iquique ya al día siguiente, a eso de las 08:00 am. Habíamos hecho mil llamados a nuestra jefa en Santiago, quien debía estar al tanto de todo, y también habíamos gestionado con el Jefe de Recepción del Hotel —bendito sea—, el quedarnos esa noche ahí. Lo que no quedaba muy claro era nuestro itinerario en Arica, porque, dado el nuevo escenario en que se nos presentaba todo, nosotras íbamos a llegar al hotel de Arica a las 12:00 del mediodía, más o menos y, según el plan inicial, debíamos salir de allí a las 15:00 horas para el aeropuerto, a fin de tomar el vuelo de las 16:35 horas a Santiago. Es decir, teníamos que auditar un hotel de 160 habitaciones aprox, y miles de metros cuadrados, en 3 horas. No nos hacían reír ni a cosquillas. En algún momento yo me había acercado a una supervisora de Sky para decirle que nosotras no estábamos nada de paseo. Recuerdo que le  conté mi triste historia y le rogué para que al menos dejara la incidencia registrada para que al día siguiente nos cambiaran el vuelo sin problemas y, sobre todo, sin costos extra.

 

Los aviones coctelera… y otro tanto más

 

Llegamos al hotel de Antofagasta a eso de las 23:30. Yo dormí muy mal. El taxi llegó a las 6 a.m, pero yo estaba ya en pie desde las 5 a.m. Las cosas comenzaron a parecernos mejor cuando nos subimos al avión antes de las 8 a.m y despegamos poco después. Debíamos viajar de Antofagasta a Iquique, bajarnos en Iquique y luego tomar otro avión hacia Arica. Nuestra idea era aprovechar los 40 minutos que hay entre Antofagasta e Iquique para dormir algo, pero resultó que no se pudo, porque el avión del demonio tenía un ruido horrible. Más encima como la distancia es tan corta y las masas de aire por esa zona son tibias y cálidas, pues el avión se movía como coctelera. Cuando me bajé en Iquique, para tomar el avión hacia Arica, ya no tenía solamente sueño y cansancio, sino un genio como para matar y comer del muerto. Para variar, el avión de Iquique a Arica, además de moverse como coctelera —porque también voló muy bajo—, llevaba a bordo una guagüita que no paraba de llorar.

 

Arica

 

El counter de SkyArilines en Arica estaba cerrado. La Vivi y yo nos miramos con decepción. Nos toca intentar cambiar el vuelo de Arica a Santiago ya en el hotel y por teléfono. Que Zeus nos agarre confesadas. El Hotel Arica es un 4 estrellas que cumple la función de ser el 5 estrellas de la ciudad. Es enorme —mucho más grande que el de Antofagasta— y Arica es una ciudad menos consumida por la minería, aún. El viaje del aeropuerto al hotel tiene dos tramos que hieren la vista por partes iguales. En el primer tramo se ve lo más árido y desértico. Casi la tierra de nadie. Poco a poco aparece el mar, la costanera y la ciudad. Casi llegando al hotel aparece el muy famoso “Morro de Arica”, el más famoso —y casi único— atractivo turístico de Arica. Es imponente, sin duda, pero también simboliza la ambición de Chile en ese tiempo. Basta recordar que Arica pertenecía al Perú y que con la batalla librada en ese morro, el 7 de junio de 1880, Chile se la quedó para sí. Las malas lenguas históricas hablan de que Chile quería ir por más y, que si hubiese podido —porque ganas no le faltaban—, siguen hasta Lima.

 

Una vez llegué a la habitación del hotel, lo primero que hice fue llamar a Sky. Por un curioso milagro de eficiencia chilensis, la persona con la que yo había hablado la noche anterior en Antofagasta había dejado toda mi (triste) historia registrada y la ejecutiva que me atendió accedió a cambiar nuestro vuelo sin aplicar más costos. Luego esa ejecutiva me preguntó si quería viajar al día siguiente —sábado— en el vuelo de las 6:00 a.m o en el de las 14:25 hrs.

Con la Vivi no estábamos dispuestas a ningún madrugón más. Pero, lo más importante de todo, podríamos hacer una auditoría decente de 8 horas, sin prisas ni trabajo a medio hacer.

 

¿Le ofrezco un cafecito?

 

El problema después era paliar el sueño. La gerente del hotel, una mujer tremendamente simpática y además una gran conocedora de hotelería y turismo, nos invitó a una pequeña reunión inicial en la terraza del bar. Eran ya casi las 12 del mediodía, el sol no pegaba tan fuerte pero me llegaba ese brillito que incita al sueño. Una garzona se acercó y nos ofreció café o jugos naturales. Yo le pedí café, pero me entendió mal y me llevó jugo de frutilla. Me provocaba llorar y yo con ese sueño tan terrible…

La auditoría a las habitaciones terminó 10 minutos antes de lo programado. Cuando me di cuenta me llevé un susto terrible, porque la pregunta clave era: ‘¿se me habrá olvidado auditar algo?’. Le pedí a la Gobernanta unos minutos, que me dejara revisar bien lo que había hecho, porque terminé antes y tenía el presentimiento de haber auditado algo mal. Revisé, leí, releí los capítulos de la Norma asociados a las habitaciones y la arquitectura de las habitaciones, aparentemente no se me había escapado nada… ¿nada? ¡la habitación para discapacitados! Ni más ni menos. Tremendo problema en el que me hubiese metido si se me queda por fuera.

 

Después de auditar las habitaciones, ahora sí bien, me senté en el lobby para intentar conciliar lo que había escrito mientras auditaba. La Vivi me había avisado por Skype que le faltaba todavía un rato con su entrevistado. Un garzón del bar se me acercó y me ofreció un cafecito. Creo que lo miré como si se me hubiera aparecido un ángel o un santo porque no esperó mi respuesta y me trajo un espresso cargadísimo. Durante todo el día, todas las personas con las que tuve que hablar me ofrecieron un cafecito, y si no eran ellos, los garzones del bar que me veían por ahí, y a todos les acepté el ofrecimiento. Cuando se terminó la auditoría me había tomado tantos cafés que tenía los sentidos más despiertos y el estómago vuelto fuego.

 

Conversación en La Catedral

 

La gerente del hotel, una mujer extraordinaria, amable como pocos y conocedora profunda del tema turístico, nos agradeció la auditoría después de la reunión final y en una tarjeta, con un pequeñísimo plano del centro de Arica, nos señaló los lugares que debíamos visitar y las cosas que debíamos ver, además del archifamoso Morro de Arica. También nos aconsejó dónde tomar algo rico. Eran las 7 de la tarde, más o menos y con la Vivi nos miramos: estábamos muy cansadas, pero queríamos conocer. La gerente, muy amable, se ofreció a llevarnos hasta la Catedral, para que desde allí recorriéramos lo más relevante de la noche ariqueña. Nos instó, eso sí, a que conociéramos la Catedral de San Marcos de Arica, sí o sí. Una vez en camino, nos contó que su insistencia se debía a que la construcción fue armada en los talleres de Eiffel, por encargo del presidente peruano de esa época. Después buscaré en Wikipedia y me encontraré con que se trataba del presidente José Balta. La Catedral de San Marcos por dentro es preciosa. La encontré chica para tener denominación de catedral, pero, aunque no es que yo sepa mucho de arquitectura, don Alejandro Gustavo sabía lo que hacía y lo hacía muy bien.

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La Catedral de San Marcos de Arica

 

 

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Interior de la Catedral de San Marcos de Arica

 

Para rematar un día tan terrible, cervecita artesanal de Arica con la Vivi y una larga conversación: ella quería saber un poco más sobre Miguel, ese español que cruzó mi vida y que me deja el semblante sombrío cuando lo recuerdo en voz alta. Regresamos al hotel caminando por la costanera. El mar está un poquito bravo, pero no tanto. Mientras caminamos, planeamos lo que haremos al día siguiente, aprovechando que tenemos como  medio día para pasear y conocer. Ya son como las once de la noche. Es la primera vez, en muchos, pero muchos años, que estoy un viernes a las once de la noche, caminando por ahí, después de unas cervezas. Y recordé por qué casi nunca lo hago, es decir, por qué nunca volví a salir un viernes por la noche: porque me exacerba la sensación de soledad que me acompaña siempre, como una sombra, desde que vivo en Chile.

Las momias de la cultura chinchorro

La historia es esta: en el año 2004, el arquitecto Fernando Antequera compró la propiedad ubicada en Colón N°10 (a  los pies del Morro) para construir un hotel. Al poco tiempo de comenzar las excavaciones, se encontraron con una especie de cementerio de restos arqueológicos. El señor Antequera se puso en contacto de inmediato con la Universidad de Tarapacá y con la Consejo Nacional de Monumentos, para que investigaran. El hallazgo resultó maravilloso: se trataba de varias momias pertenecientes a la cultura chinchorro. Más antiguas que cualquier momia que se ha encontrado en el mundo, puesto que la cultura chinchorro data de unos 4000 años antes del presente (a.p). El arquitecto cedió entonces la casa para que se hiciera un museo y el equipo investigador de la Universidad de Tarapacá se dedicó a evaluar y catalogar las momias. Fue imposible moverlas del sitio en el que se encontraban, debido a lo frágiles, entonces lo que hicieron fue limpiarlas lo más posible, aplicar algunos tratamientos de conservación —de lo cual no tengo mucho detalle, pero ya estoy investigando porque la historia es fascinante— y armar una especie de mausoleo de vidrio. Entonces, cuando uno va al museo, puede caminar sobre las momias. Para tomarles fotos como las que lleva este texto, uno debe poner el celular sobre el vidrio. Los métodos de momificación usados por los chinchorro variaban, pero entre las momias del museo se pueden encontrar tres tipos, las momias rojas, las negras y las vendadas. Había momias de niños y de mujeres ancianas. La costumbre en muchos casos era ponerles pelucas, y me sorprendió cómo se conservaban todavía algunas. Reconozco que no fue fácil caminar sobre esos muertos. Ya de por sí caminar sobre un piso de vidrio es complicado, pero este además crujía —bueno, y yo no es que esté muy flaquita, claro—, pero en un momento me dio susto y no pude seguir más ahí arriba y preferí bajar y verlas desde lejos. Aun así, acá dejo algunas fotos.

El lugar es chiquito y se recorre en menos de 10 minutos, a menos que uno quiera quedarse mucho más tiempo apreciando las momias.

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¡El Morro!

 

Después de visitar el museo, nos fuimos con la Vivi a subir el Morro… a pie. Valientes. Fuimos unas valientes. Sí señores, porque un par de sedentarias, una de ellas (yo) con algo de sobrepeso, y un estado físico deplorable, nos subimos ese morro empinadísimo, haciendo solo dos paradas. Una para contemplar a la Virgen del Carmen, erigida allí en homenaje a los soldados de la Guerra del Pacífico, y otra un poco más arriba para tomar aire. El Morro no tiene nada de particular o especial. Alberga un enorme museo en donde se encuentran piezas, esculturas y objetos con los que se libró la Guerra del Pacífico. También se encuentra el Cristo de la Paz, que mira hacia el Pacífico, y que fue construido una vez terminó la Guerra, como señal de paz entre los dos pueblos, sin pensar ninguno de los dos bandos que la guerra más terrible se libraría más de cien años después, cuando miles de peruanos empezaran a abandonar su país para refugiarse en Chile y construir una de las comunidades de inmigrantes más fuertes que yo he visto. No manejo cifras, pero dudo que haya tantos venezolanos o ecuatorianos en Colombia, como peruanos hay en Chile. El Cristo de la Paz, pobre, con su vista privilegiada de todo el puerto de Arica y, para decirlo de alguna forma, de todo Chile, ha tenido que ser testigo paciente de cómo los chilenos, de Arica a Punta Arenas, siguen humillando a los peruanos, tratándolos como la escoria de la inmigración, prefiriéndolos como mano de obra porque son trabajadores y baratos, y de cómo, para devolverles la mano, los peruanos les pagaron a los chilenos tomándose la Plaza de Armas de Santiago y dejándola en condiciones paupérrimas. Ojo por ojo, diente por diente y mañana todos vamos a quedar ciegos y tuertos.

 

Pobre Cristo de la Paz, se le debe caer una micro partícula cada vez que un chileno me dice: Yo no tengo nada en contra de los extranjeros, menos de los colombianos: son los peruanos a los que no soporto.

Le tomo una foto desde lejos porque ya no nos da la hora para ir a verlo de cerca. Nos entretuvimos mucho rato escogiendo en el museo algunos recuerdos. Compré un soldadito del batallón Lautaro y lo tengo acá: quiero regalárselo algún día a Marcus y a Cyprian.

 

Cuando ya vamos a bajar el Morro, vemos que los soldados del ejército ya están entrenando, a pie del cañón, literalmente. Están haciendo abdominales, azuzados por la voz marcial de su Mayor. Unos niños hicieron corrillo para verlos. Están muertos de risa viendo la fuerza que tienen que hacer los soldados y cómo la sudan y sufren con sus ejercicios. Yo me paro un rato a verlos y también me río. La Vivi me pregunta que qué me causa tanta gracia. Le miento diciéndole que me causa mucha gracia la risa de los niños. Desde hace mucho tiempo aprendí a no herir la conciencia patriótica de los chilenos y por eso no quise decirle que me reía porque dentro de mí los llamé “soldaditos de plomo”: son de juguete y ya. Muchos de esos cabros no van a pelear nunca una guerra de verdad. La mayoría están ahí porque pertenecer a las fuerzas militares, en Chile, es un privilegio que muchos, muchos jóvenes persiguen. Acá no es obligatorio el servicio militar y ese batalloncito que se marea haciendo ejercicios frente a mí está compuesto por unos niños que aspiran a seguir carreras serias en una institución seria. Sus mamás seguramente están muy preocupadas por ellos, pero los esperan con vida todos los sábados. Nunca  conocerán la crueldad del contrincante. Nunca serán las fichas que se mueven sobre un tablero sangriento, dirigido por hombres más sangrientos y crueles. El único significado de frente que conocen, está asociado a la parte de la cara con la que se tienen que chocar sus rodillas, por exigencia de su Mayor. Nunca sentirán terror. No van a ver el horror. Ni ellos ni sus familias. Y si alguno de ellos tiene la mala suerte de morir un día, su cuerpo no será confundido con el del enemigo para favorecer los intereses personales de unos pocos desgraciados. Me entristece todo lo que estoy pensando, pero me alegro por esos muchachos y bajo del Morro. Me voy de Arica. Regreso a Santiago.

 

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El Morro visto desde la plaza.

 

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Cañón pequeño

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Arica vista desde el Morro.

 

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La Virgen del Carmen.

 

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Arma que data de 1813

 

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Municiones de la Guerra del Pacífico

 

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Vista del puerto, desde el Morro.

 

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El mar desde la Costanera.

 

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El atardecer de Arica, visto desde la pérgola del hotel.

 

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El Cristo de la Paz, mirando hacia el Pacífico. Y la bandera de Chile.

 

Author: Laura García

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1 Comment

  1. Muchas gracias por la información, me sirve de mucho, he encontrado de casualidad por Google. Saludos

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