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Entrevista a Margarita García Robayo

Margarita García Robayo es periodista, pero se estrenó hace poco en la literatura. Es colombiana, nacida en una ciudad bellísima, Cartagen,a y desde hace algunos años vive en otra ciudad bellísima, Buenos Aires. Salta a la vista que las ciudades no son las únicas bellas: sólo basta con ver esos ojazos de Nefertiti que se gasta Margarita.

Su talento ha quedado grabado, principalente, en dos interesantes proyectos: el blog “Sudaquia: Historias de América Latina“, y la columna “La ciudad de la Furia”, en el diario Crítica de la Argentina. En “Sudaquia”, Margarita le entregó a sus lectores, durante más de un año, crónicas breves y muy sabrosas sobre todos los manierismos, ventajas, desventajas, bondades, maldades y estereotipos de esta región que en el mundo se conoce como América Latina, en tono políticamente correcto, pero a cuyos habitantes se les suele llamar “Sudacas” en tono claramente despectivo. Lo que hizo Margarita fue apropiarse de la palabra “Sudaca”, transformarla en “Sudaquia”, y ofrecernos un pretexto para mirarnos con humor, con ironía y con sarcasmo; lo cual no es menor si tenemos en cuenta que entre líneas nos atravesó con la crítica, tan necesaria y tan escasa en “Sudaquia”.

Lo cierto es que “Sudaquia” fue un blog muy exitoso y Margarita se llevó ese mismo éxito a la columna “La ciudad de la furia”, en el diario Crítica de la Argentina. Allí las crónicas ya no hablaban de América Latina, sino puntualmente de Buenos Aires, una ciudad rica en experiencias que merecían ser llevadas a breves crónicas.

Además de “Sudaquia” y “La ciudad de la furia”, Margarita ha publicado sendas crónicas en prestigiosas revistas de Hispanoamérica, fue profesora de análisis fílmico en Cartagena, y fue coordinadora de talleres de la FNPI (Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano), fundada y presidida por Gabriel García Márquez.

En 2009 publicó su primer libro Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, una colección de cuentos que están conectados entre sí por detalles mínimos. Nueve historias protagonizadas por nueve mujeres que comparten principalmente su soledad y frustración, pero cuyas voces no son, para nada, voces de derrota. Muy por el contrario, las protagonistas de este libro tienen gracia, mucha gracia, como la tiene Margarita.

 

Hablemos de este primer libro tuyo «Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza». ¿Cuál de esas 9 historias te costó más escribir?

No sé, creo que la que más me costó fue “Diana”. Primero fue una cosa, luego otra, tuvo varios vínculos posibles con el resto de personajes. Es raro, porque yo diría que la historia más cercana es “Miriam”, por tratarse de una madre demandante como la de muchos, y Miriam es la madre de Diana, lo cual me pondría en una situación de cercanía mayor con Diana, pero yo no sé si es tan así, y sin embargo me costó, no escribirla, sino verla más dentro del abanico de personajes que quería crear.

 

Entonces tu relato más cercano, por lo que veo, es “Miriam”, ¿no?

Me parece que sí, en realidad todas tienen un poco no de mí sino de alguna circunstancia personal que me hizo escribirlas, pero está claro que en “Miriam” hay un componente más de cercanía no sólo por el tema madre-hija sino porque creo que de alguna manera es el personaje más irremediable. Es como que está claro desde el principio para el lector que su soledad o su desesperanza no tiene mucho remedio posible. Su recurso es una hija que la desprecia, pero que también es víctima. De todas maneras yo pensé este libro más como un mapa de sugerencias en el que cada personaje tenía un abordaje distinto al gran tema que engloba las historias que viene siendo, a grandes rasgos, la soledad, la incomprensión, cierta frustración… Más allá de mi relación “afectiva” hacia el cuento, Miriam me era funcional en todo ese mapa que tiene picos y descensos. O sea, ese cuento no tiene sentido para mí sin los ocho restantes.

 

¿No temiste mientras lo escribías que te encasillaran en alguno de estos géneros para literatura de “género”, por ejemplo, el famoso ‘chik lit’? Lo digo sobre todo por los periodistas de suplementos culturales que son muy afectos de encasillar autores y obras…

Claro, sí, al principio me daba cosita, obviamente. Sí, yo las detesto, de hecho suelo decir que las etiquetas en la literatura cumplen la función de los prejuicios en la vida real: te prejuzgan sin darte la oportunidad de mostrarte. Me pasó, poco, pero me pasó, que algunas reseñas donde el periodista claramente no había leído el libro decía cosas como: ‘heredera de sex and the city’ (?) y nada que ver, no podría ser más distinto. De todas formas eso fue muy al principio de la publicación, después entendí que uno no tiene que salir defender su libro, que los libros se escriben y se sueltan y se defienden solos. Encuentran su camino, sus lectores, y se tropiezan con gente insospechada que los lee bien o mal, pero es que los libros, una vez se publican -esto es un absoluto lugar común pero cuesta darse cuenta- dejan de ser propios.

 

Hace un tiempo leí en una entrevista que diste que el Nobel se lo deberían dar a los guionistas de las series estadounidenses… A mí me llamó mucho la atención eso porque no es la primera vez que lo escucho o leo… ¿Cuál crees que será la influencia a futuro de estas series en quienes escriben ahora, viéndolas?

Yo soy adicta a las series, es lo que más me gusta en la vida: ver series y películas. Sí, yo creo que en los últimos años las buenas series. Me parece se han constituido en el mayor aporte al relato contemporáneo. La narrativa contemporánea le debe muchísimo a estas series. La estructura narrativa se transformó gracias a ellas, absolutamente, el peso de la estética en la literatura más reciente, la importancia de los giros argumentales… Somos una generación atravesada por lo visual, y para mí eso está muy presente en la literatura contemporánea, al menos la que a mi más me interesa, porque creo que da cuenta de su época y no se desentiende, no en el sentido histórico, pero sí estético, y eso al menos a mi me interesa más. De hecho, te diría que han superado al guión cinematográfico más convencional. Creo que si pudiéramos hacer una analogía con la literatura diría que las películas son a los cuentos lo que las series a las novelas.

 

¿A ver?

Claro, porque las series, temporada a temporada te permiten un desarrollo del personaje, te permiten divergencias, transformaciones, te permiten un desarrollo mucho más, no diría profundo pero sí exhaustivo de la historia: es una novela.

 

¿Cuáles son tus series favoritas?

The Wire, The Sopranos, The West Wing (gran serie), Mad Men, esas son más dramáticas, pero acá cabe decir que el humor contemporáneo se habría quedado en Cantinflas sin Larry David, para mí el tipo es el gran fundador de la figura del loser cool, a lo Jerry Seinfeld, a lo George Constanza… en fin, este tema me apasiona…

 

¿Y Dr. House?

Ah no, espera, ese señor es el mejor, es el gran genio, es el mejor, sin duda, lo que pasa es que ahí, fíjate, hay una diferencia importante. Volviendo al plano de la literatura, digamos, Dr House es Sherlock Holmes, con su Watson (que sería el personaje de Wilson), con su método deductivo, sus investigaciones atravesadas por lo científico. Holmes y House son médicos. Es como una versión contemporánea de Holmes. Lo que digo es que tiene la estructura de un thriller; la inversión se hace más en el conflicto puntual de cada capítulo que en el conflicto general de la serie (que también lo tiene), pero no es el drama The wire, o The West Wing, que son como novelas dickensianas.

 

¿Qué lees ahora?

Ahora estoy leyendo a un tipo maravilloso: Rohinton Mistry, una novela que se titula Un perfecto equilibrio: tristísima y hermosa y sensible. Sucede en la India y es desgarradora. Y recién terminé Principiantes, el libro de cuentos de Carver no intervenido por su editor Gordon Lish. Increíble, muy loco lo cercenado que estuvo el hombre. Son bastante distintos los cuentos originales.

 

Y ¿qué has leído que te haya llamado muchísimo la atención en este último tiempo?

Últimamente acá descubrí un libro maravilloso: Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued, argentino.  Hace poco leí, que no había leído, La vida privada de los árboles; descubrí que si uno pudiera elegir cómo escribir, yo elegiría escribir como Zambra… lo que pasa es que uno no elige…

 

Te quiero preguntar por Sudaquia, tu famoso blog alojado en la web del diario Clarín de Argentina. Uno puede encontrar allí, coleccionados, todos los estereotipos del Latinoamérica, pero no están escritos ni vistos de cualquier forma, claro. ¿Cuál es el estereotipo más odioso o intolerable asociado a esta ‘Sudaquia’?

Uf… qué difícil. Ahí podría decirte dos cosas. Uno: que el estereotipo (que en realidad no es un estereotipo porque salta a la vista donde una va) más triste es el de ser esta una Región sumamente desigual. La brecha asquerosa que hay entre la gente rica y pobre en América Latina es caricaturesca. Basta pasearse por una vereda mexicana en hora pico y tienes una gran escena de esa desigualdad: puede pasar Carlos Slim en su camioneta por el medio de un grupo de niños marroncitos que se lamen los mocos de la pura hambre, y es normal, no pasa nada. Eso por un lado, digamos, el lado triste y serio y que si bien funciona como un estereotipo hacia afuera, es una realidad tremenda.

Pero por otro lado, menos como región pero como comunidad o individuos, me molesta especialmente el estereotipo del oportunista: emigrar, entre otras cosas, se toma de esa manera; uno se va de su país porque quiere buscar “mejores oportunidades” en otro lado, e incluso dentro de Sudaquia misma eso se lee así, no sólo para quien te recibe (para quien siempre, por muy bien que te traten, vas a ser un tipo de afuera que vino a quitarnos un poquito de lo que nos corresponde), sino para quienes se quedan. Hay gente que no te perdona que te fuiste, gente de tu país, amigos, creo que hubo algunos post al respecto, hay un rollo tremendo con emigrar. Desde el punto de vista humano mi experiencia es que el emigrado, por bien que le vaya, siempre va a vivir en esa especie de raro limbo. En vez de hacerse de dos lugares, en vez de uno, se excluye de ambos. Supongo que la gente encuentra maneras de justificar cada circunstancia, pero si hablamos a calzón quitao es así, uno se va de su país y deja de pertenecer. Yo me adapto muy fácilmente, pero igual, adaptarse no es igual que pertenecer. También creo que uno como extranjero puede aprovecharse de su condición y sobrevivir en esas márgenes exóticas con cierta gracia, sin que sea un peso, pero sin duda siempre habrá un grupo de gente (cercana incluso) que lo mirará con malos ojos y volverán al estereotipo del que te hablaba, el de ser oportunistas, aprovechados, venirse de su país al país ajeno ¿a qué? A ver… ¿a qué?

 

¿Tienes algún otro libro en camino?

Sí, terminé una novela que espero saldrá antes de fin de año. También saldrá (aún no sé con quién) una compilación de mis columnitas en “La ciudad de la furia”. Es una selección que me costó mucho trabajo hacer porque había muchas y tocó acotar.

 

Juego de supuestos

Si pudieras ser un lugar de Colombia, serías…

Cartagena

 

Si pudieras ser otro escritor, serías…

Uf… La hija resultante de una orgía entre Nabokov, John Cheever, John Berger, Carson MCullers, Loorie Moore… y algún otro que ellos y sólo ellos quisieran invitar. Zambra no me da para una orgía por eso lo excluí…

 

Si pudieras ser un libro, serías…

Lolita

 

Si pudieras ser un momento de tu vida, serías…

Alguno que ya no haya sido.

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