Entrevista a Pablo d’Ors

¿Cómo enfrentas dos vocaciones que pueden ser chocantes? Digo, la religiosa, con la creativa. ¿Cómo se desarrollan y como desarrollas ambas?

Mi vocación sacerdotal

Cuando experimenté la llamada de Dios (y me estremece escribir algo así porque no quisiera tomar el nombre de Dios en vano y porque todavía me maravilla como nada en el mundo que todo un Dios haya podido dirigirse a mí), tenía diecinueve años, era estudiante de Derecho y acababa de ver la película Gandhi, que cito porque en aquel tiempo yo tenía la pretensión de ser nada menos que como él. Fue una iluminación, un derribarme del caballo, y ello hasta el punto de que yo, que antes no había pensado nunca en ser un hombre de Iglesia, tuve a partir de ese instante la certeza íntima e irrefutable de que eso era exactamente lo que tenía que hacer. Más tarde hubo crisis, como no podía ser menos, pero nunca crisis de fe ni estrictamente vocacionales. Fueron más bien crisis de identidad y de relevancia, es decir, que versaban sobre quién era yo y cómo debía actuar. En el momento inicial, tan intenso, fue decisiva la intervención de un misionero filósofo llamado Antonio S. Orantos, en primero quien encontré a un maestro -todo un lujo- y, finalmente a un amigo. También influyó, y mucho, la lectura de El peregrino ruso, un libro de espiritualidad oriental.


Mi vocación artística

Provengo de una familia de intelectuales y artistas. Mi abuelo fue el insigne crítico de arte Eugenio d´Ors; mi padre era un médico humanista, dibujante por vocación; y todos mis hermanos sin excepción se dedican al arte: hay entre ellos un pintor, una escultora, un diseñador gráfico, un ceramista, un músico y un director de escena. ¡Nada menos! Crecí entre libros y cuadros, y encontré en la lectura, desde mi más tierna adolescencia, mi refugio más preciado. Con mis primeros cuentos, escritos a los 12 años, gané todos los premios literarios del colegio en que estudiaba; eso me confirmó en que yo podía valer para la literatura. Con mis primeros poemas, escritos a los trece, conquisté a las chicas que más me gustaban de la clase. Eso me hizo comprender su utilidad. Empecé a escribir mi primera novela a los catorce años y, desde entonces, nunca he dejado de escribir, si bien es cierto que no me decidí a emprender este camino de forma decididamente seria hasta los treinta. Fue entonces cuando la escritura se convirtió para mí en un imperativo moral a la misma altura -e insisto mucho en esto- que lo sacerdotal. De ahí en adelante, escribir ha sido y es para mí un oficio, lo que sustancialmente significa un estilo de vida: algo que realizo cotidianamente y que me configura. No escribo para comunicarme o para que me quieran, sino simple y llanamente para ser.

Escribiendo, ¿alguna vez te has detenido a pensar dos veces en alguna línea o párrafo, porque esta pudiese resultar molesta a la Iglesia?

En primer lugar, no me siento particularmente bohemio, aunque soy, desde luego, una rara avis. Todos dicen que mi biografía es insólita. En segundo lugar, un artista (y no me gusta emplear esta palabra referida a mi persona, por mucho que de hecho escriba y publique novelas) nunca debe someterse a institución alguna, tampoco a la Iglesia. El arte es un fin en sí mismo, y se pervierte si obedece a otras leyes que las que emanan del propio impulso interior. Con esto estoy diciendo tanto que la Iglesia no me ha pedido jamás que deje de escribir o que escriba distintamente a como lo hago (no podría) cuanto que esas supuestas “normas” nada tienen que decir, en su sentido más profundo, sobre la actividad artística. Por otro lado, no soy el único escritor-sacerdote que ha dado la historia. Desde Lope de Vega, salvando las distancias, hasta el poeta argentino Hugo Mujica, por citar a un contemporáneo, la historia de la literatura ha estado plagada de eclesiásticos. La dificultad no es externa, sino interna: cómo hacer compatible dos llamadas, a cual más voraz. A esta síntesis entre arte y religión no he llegado fácilmente, de forma que si hubo un día en que dije que la religión era mi esposa y la literatura mi amante (la idea no es mía, sino de Chéjov,quien dijo algo afín sobre la medicina y las letras), hoy debo confesar con alegría que despliego ambos quehaceres sin particulares tensiones y casi en perfecta armonía.

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