Gajes del inmigrante: La estampa colombiana

GNP_Colombia_by_MattoriHanzo

«Pablo Escobar aún vive». «No», le digo al hombre con quien converso, «Pablo Escobar murió en 1993». «No, no, él vive, él vive. Vive en Bariloche, se hizo pasar por muerto». «¿En serio?», le contesto desganada, «Y bueh… qué le vamos a hacer…»

Sí. Es verdad, voy a conceder que Pablo Escobar vive, porque sencillamente todos insisten en revivirlo. Por eso más de una vez he sostenido estas conversaciones extrañas con tipos que me insisten, una y mil veces, que las teorías conspirativas del mundo son muchas más de las que yo podría imaginar, aún si tuviera la imaginación más poderosa, y que Pablo Escobar, efectivamente, vive.

Yo me pregunto: ¿con qué se come eso? Yo tenía 8 años cuando mataron a Pablo Escobar y no me agrada recordar que a los 8 años todas las personas, los señores y señoras que salían en la tele, los que hablaban en la radio y los que medianamente recuerdo, todos, invariablemente, deseaban la muerte de Pablo Escobar, y me prometían que de una u otra forma esa muerte acabaría con todos o casi todos los males del país. 16 años después todavía sigo esperando los beneficios inconmensurables de la muerte de Escobar. Y todavía me perturba un poco recordar ese anhelante deseo de que otro muriera.

Si me preguntan qué es lo feo de ser inmigrante, debería adicionarle a las ya conocidas dificultades de adaptación al nuevo país que te acoge, la absurda idea de tener que cargar a cuestas con el peso de la historia del país en que uno nació por accidente y con la fama de otros colombianos ilustres.

No importa quién tenga al frente, no importa a quién me presenten en esa reunión, en ese evento de negocios, en esa recurrente fiesta en casa de amigos, no importa la circunstancia, la hora, e incluso la música de fondo, tampoco el estrato socio-económico, no importa, si ese al que conozco es hombre, me preguntará por Shakira, mirará discretamente hacia mis caderas para compararme con ella y me preguntará lo mismo que todos: «Y dime… ¿todas las mujeres en Colombia son como Shakira?». Uno abre ojos de platos, respira profundo, trata de imaginarse a las compañeras, a las amigas que dejó en Colombia, a las conocidas… Y, no, no, no todas somos Shakira. La verdad yo no tengo nada en contra de la rubia cuyas caderas no mienten, bien por ella, bien por sus éxitos, y que tenga muchos, muchos años más de discos en el primer lugar de audiencia, pero si soy demoledoramente sincera, a mi no me identifica como colombiana esa mujer excesivamente rubia a la fuerza, excesivamente colombiana a la fuerza, que intenta excesivamente colombianizar sus rockeras canciones en inglés, porque como profesional de la música no pudo concebirse un futuro enteramente en español. Ustedes me entienden: este idioma en el que escribo ahora es muy poco comercial.

No obstante, de un tiempo para acá son incontables las veces que he tenido que explicar que ni Shakira es enteramente Colombia, ni yo soy como Shakira, ni la colombiana que atiende como mesera en el café del centro es como Shakira y que las mujeres colombianas son hermosas, sí, sí, pero no son Shakira.

Y cuando uno piensa que ya lo ha visto y escuchado todo, que ya lo han bombardeado con todas las preguntas posibles que pueden reflejar la desfachatada imagen de Colombia y de los colombianos en el exterior, entonces viene el machetazo final, el broche de oro: la literatura y el cine. Ahora la literatura la hacen ex – secuestrados y el cine debe contener por lo menos unos mil a dos mil gramos de plomo y coca. Podrán pensar que exagero, pero no es así. Repaso en mi cuaderno los gajes de inmigrante y he anotado un número importante de veces en las que me han preguntado si es verdad que en Colombia se vende droga en todas, todas las esquinas y si es verdad que todos los colombianos, incluidos los menores de edad, portan sin excepción armas.

Todo esto sin contar la ya desgastada broma en la que me preguntan si llevo conmigo «de la buena», o la confesión azarosa en medio de una fiesta del borracho que ha viajado por toda Latinoamérica y grita a viva coz y con cierto orgullo que en Bolivia y en Colombia probó coca, pero que en Colombia era «de la buena».

Nuestra historia de violencia y sangre es innegable. También lo es nuestra historia de drogas. No voy a ser tan torpe como para desconocer que Colombia es como un enorme animal atacado, mordido, herido todo el día por otros animales miserables, al que en la noche se le curan las heridas, para ser atacado al día siguiente, y mordido, y herido y despedazado. Este país tiene una historia violenta, triste. Pero yo me pregunto ¿es necesario ir enarbolando eso a toda hora a quién quiera verlo? ¿es necesario exacerbarlo hasta el fastidio? No todos los escritores saben escribir nuestra violencia y no todos los cineastas saben llevar a imágenes nuestra realidad. El resultado es desastroso la mayoría de las veces. Yo comprendo el dolor del ex – secuestrado (Ponga Aquí el Nombre) que vivió una historia de terror en cautiverio, pero ese sólo hecho no lo convierte mágicamente en un escritor capaz de hacer literatura.

Cuando llegó a Chile — en el marco del Santiago Festival Internacional de Cine — la película “Los viajes del viento” de Ciro Guerra, la fui a ver con un gran deleite. Bellísima película tanto por lo que relata, como por lo que no relata, a saber, no relata esa violencia de cuna que nos viene a los que nacimos cuando la guerrilla ya era guerrilla y Pablo Escobar ya era Pablo Escobar y que ahora la tenemos que soportar embutida en cualquier manifestación artística.

Mi queridísimo Andrés Neuman, escritor hispano-argentino ganador del último premio Alfaguara de novela, se molestó un poco hace unos días en Panamá y reclamó a los periodistas que le preguntasen tanto por el boom. Lo entiendo y hasta le daría toda la razón del mundo si no fuera porque prefiero mil veces que me pregunten si el García me viene porque soy pariente directa de García Márquez, a que verifiquen in situ si mi estampa colombiana viene de las caderas incombustibles de una (casi)rubia desafinada.

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