Hipocresía

 

No me gusta Donald Trump, pero no por las mismas razones que a la mayoría, es decir, que a mí no me cae bien o mal alguien por los números de su cuenta bancaria. Trump me parece nefasto porque es un populista más, solo que de esos que van hacia el otro lado: uno virado hacia la derecha ultraconservadora. No quiero extenderme más sobre las razones por las que Trump no me gusta. Prefiero decirles a todos sus detractores un par de cosas que, a mi parecer, pocos les han dicho de frente. Seré directa: todos ustedes detractores furibundos de Trump, indignados de Facebook, Twitter y demás, me parecen unos hipócritas.

Desde que Trump comenzó su campaña, el mundo entero se ha lanzado contra él, con argumentos que se repiten en uno y otro lado más o menos con el mismo patrón: que es misógino, que es racista, que es rico (su peor pecado), que es un bruto con poder, que va a llevar a la ruina a los Estados Unidos — y con esas políticas proteccionistas, no me cabe la menor duda—, que con su odio reprimirá a los inmigrantes y que viola la libertad de expresión.

¿Por qué creo que son todos unos hipócritas?

 

Odian a Trump por misógino, pero en sus comentarios no han bajado de puta a su esposa Melania. El feminismo en masa se ha lanzado contra él por muchas razones, pero el trato que dan a Melania es exactamente el mismo que se le critica a su esposo: le han recordado de todas las formas posibles quién es y cómo llegó a Estados Unidos, peor aún, suponen que ella es una víctima, una especie de sufriente pobrecita que se aguanta a un gañán por la plata. Tal vez sea así, ¿quién puede saber con tanta certeza lo que pasa por la cabeza de otro ser humano?, pero darle ese estatus, otorgarle esa capacidad mental, es también una forma de violencia contra ella, por ser mujer guapa, por haber sido modelo, por haber escogido libremente al esposo que escogió. Yo no me casaría con un Donald Trump, pero tampoco trataría de imbécil a ninguna mujer que tome esa decisión. Caen en lo mismo que critican.

 

Otro asunto es el de los inmigrantes. Incontables voces en el mundo le reclaman a Trump su racismo y su xenofobia. En un principio me daban asco, ahora me dan pena. Me causa gracia, por decir lo menos, ver a un chileno reclamándole a Trump por su maltrato a los mexicanos, y su negativa de recibir refugiados sirios, mientras a la hora del almuerzo cuestiona firmemente el hecho de que Chile se haya convertido en el destino favorito de venezolanos, colombianos, dominicanos y haitianos, reclamando mejores controles de frontera y, por supuesto, que nos devuelvan a todos a nuestro lugar de origen. Es cuando menos simpático escuchar al chileno pedirle a Trump que no generalice a los refugiados, que no todos son unos malandros, pero acto seguido echarle la culpa del narcotráfico y la prostitución a los colombianos. También me da risita ver a los colombianos empuñando sus banderas de la integración; un país plagado de racismos internos, en donde se dan palo los bogotanos con los costeños con los caleños con los pastusos. Los pastusos, ¿se acuerdan de esos típicos chistes de pastusos que los hacen quedar como brutos?; yo me acuerdo perfectamente ellos. Y el desplazamiento interno y el trato a los indígenas y a los negros. Me perdonan, pero es vomitivo verlos enardecidos contra Trump, creyendo cándidamente su ombligo está limpio… No hablemos de los españoles, racistas y xenofóbicos hasta la médula, que se inventaron un término despectivo para los latinoamericanos del sur: sudacas y que se quejaron como becerros de la ola de inmigración que los azotó antes de la crisis. Pero ahora enciendes la tele en un canal español y están todos indignadísimos con Trump… ¡por racista!

 

Ahora hablemos del peor pecado de Trump: ser rico. Les molesta mucho, lo puedo sentir en cada uno de sus textos, memes, videos y demás cosas que comparten día a día. Se trata de un odio selectivo. Me basta ver a los chilenos mendigarle dinero a Leonardo Farkas — uno de los chilenos más ricos—, para entender que si Trump fuese chileno le estarían exigiendo las mismas limosnas. Siempre me ha parecido humillante esa característica de la mayoría de los chilenos: creerse merecedores de la limosna de Farkas y caer en ese juego de pedirle dinero a cambio de nada, solo por ese pensamiento simple y perverso de que un hombre que tiene más dinero está en la obligación moral de compartirlo. Deprimente.

Las quejas con respecto a la libertad de expresión me parecen muy contradictorias. Dense una vuelta por cualquier medio norteamericano, lean tuits, lean su Facebook, lean lo que quieran en internet: abundan los ataques a Trump por todos lados. Una lluvia de críticas, videos y fotos expresaron el malestar de todos porque llegó hasta la presidencia y un alud de mujeres se volcó a las calles para protestar. Pero veo a pocos haciéndose responsables por las consecuencias de hacer uso de su libertad de expresión: cuando Trump se posesionó, circularon hasta el cansancio memes y gif sobre su hijo Barron Trump, un niño de once años al que han tratado de idiota y hasta de futuro violador mientras han expuesto su cara hasta el hartazgo asociándola con todo lo negativo. Se han burlado de él a conciencia y con gran inventiva. Esa libertad de expresión sí es buena, sí les gusta y sí es válida. Es una libertad de expresión muy especial, hecha para que otros piensen a través de la burla, especialmente ejecutada para rebelarse contra el poder. Muy conmovedora. Les tengo una noticia: es la misma libertad de expresión que tienen Trump y sus seguidores de decir lo que se les dé la gana, aunque a todos los demás nos parezca una brutalidad. No es otra. No es diferente. ¿Él tiene que quedarse callado pero los demás sí pueden hablar? No lo entiendo. Es una lógica extraña. A él, el rey de lo políticamente incorrecto, le exigen respeto y compasión, la misma que no muestran por su hijo ni por su esposa ni por él ni por nadie que piense como él. ¿Cómo es la cosa?

 

Todo esto me recuerda mucho el rótulo de la granja en la obra Rebelión en la granja de George Orwell: Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

 

A lo que voy es a lo siguiente: la humanidad entera le está exigiendo a Trump, un tipo nefasto, que sea lo que ninguno de nosotros es en su totalidad. Le piden que se alinee a una filosofía y a una moral que ninguno de los que la abanderan practica el 100% del tiempo. Lo llaman dictador, lo comparan con Hitler, lo señalan con el dedo y gritan consignas en su contra, pero no se miran al espejo y se cuestionan el racismo, la misoginia, la xenofobia y la poca dignidad que cada uno tiene o ha tenido, menos aún se cuestionan sus pésimas decisiones políticas y las tantas veces que han votado a tipos tan nefastos como Trump. Peor aún: se escandalizan hasta con sus eructos, pero la mayoría de sus detractores fueron unos tibios con Fidel Castro durante los más de 50 años de dictadura que ejerció en Cuba, hundiéndola en la miseria, atacando y eliminando todas las libertades. Cuando Fidel murió, todos los medios —esos mismos que hoy se divierten dándole a Trump el carácter de anticristo— se cuidaron bastante bien de poner al dictador cubano en un extraño limbo en el que el tipo era un gran líder y un revolucionario… algo así como un hombre maravilloso con unos cuantos errorcillos. Un valiente que puso a su pueblo de escudo para demostrarle al mundo que él es un machote que sí se la puede contra el imperio gringo  y las bestialidades del capitalismo a costa de la miseria de la gente —gente con hambre, ¡pero qué viva la revolución!; gente sin derecho a la opinión contraria, ¡pero que viva la revolución!—.

La verdad sea dicha: no los entiendo. Me parece un poco retorcida la lógica a la que ha llegado el mundo. Un poco irresponsable, para hilar más fino: sentarse cómodamente a exigirle a un político características angélicas y bondadosas que nadie es capaz de practicar. Hacerlo responsable a él —no solo a Trump, ponga acá el nombre de cualquier político poderoso de turno que quiera— es más sencillo, más cómodo y deja la conciencia más tranquila. Limpia y refresca al alma. Me sentaría pacientemente a tratar de entenderlos a todos, pero creo que antes de eso, antes de salir a exigirle a los políticos que cambien al mundo, prefiero echarle una mirada a mi casa y limpiarla un poco justamente de todo eso mismo que les pueda llegar a criticar a ellos.

Author: Laura García

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