La «zurdez» y el editor

Soy zurda y desde muy pequeñita me ha costado muchísimo escribir con el cuaderno recto. Cuando lo hago, cuando intento poner recto el cuaderno, la mano tiene que pasar por encima de lo que ya está escrito y las palabras, los dibujos y lo signos se ensucian, se manchan, se esparcen por todo el cuaderno. Después de un tiempo escribiendo así, además, empieza a nacer un dolor infame en el hombro y la muñeca. Para escribir bien, pues, tengo que torcer el cuaderno. Ya este no queda en la clásica posición de rectángulo horizontal, sino que pasa a ser uno completamente vertical. Las personas me miran con extrañeza y algunos hasta simulan «torcerse», de la misma forma que yo tuerzo mi cuaderno, en un esfuerzo por entender cómo consigo escribir sin problemas así; cuando hago eso, cuando el cuaderno está bien torcido, las letras nacen con menos dolor. La «a» parece una «a» de verdad y la «o» deja de estar a dieta y vuelve a ser la rechonchita de siempre. La «L» con la que comienza mi nombre tiene las curvitas adecuadas, las que me enseñaron las monjas y que nunca he podido reemplazar. La «zurdez» me ha ayudado a comprender y valorar con admiración y compasión el oficio del editor en el ciclo vital de un texto: cuando no tengo un editor amigo, como me sucede desde hace unos días, mis textos resultan como si los hubiese escrito a mano y con el cuaderno recto.

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