Lecturas 2016 (I)

 

 

Lecturas sobre la libertad

En enero de este año leí, por pura casualidad, una discusión que sostuvieron, vía redes sociales, el famoso ingeniero Mario Waissbluth, fundador y director del movimiento educacional llamado Educación 2020, y Axel Kaiser, un abogado y doctor en filosofía, director ejecutivo de la Fundación para el Progeso (FPP), un think tank que promueve las ideas del liberalismo más clásico y puro (ese de Hayek, de Fridman). A Waissbluth de una u otra forma yo lo ubicaba, pero de Kaiser nunca había escuchado hablar hasta ese momento.  Me di cuenta del encontrón de ambos porque varios de mis amigos colgaron en Facebook la respuesta de Waissbluth acompañada de comentarios elogiosos y asegurando que este había dado poco menos que sopa y seco a Kaiser. La polémica tenía por tema central el que, desde hace varios años, tiene un protagonismo especial en Chile: si la educación debe o no ser gratuita y, en todo caso, financiada por el Estado. No quiero profundizar sobre el debate que ambos personajes sostuvieron, en realidad lo traigo a colación porque ese intercambio tan simple y sin mayor importancia, fue capaz de hacerme encontrar la llave de una puerta que yo había cerrado hacía muchos años atrás.

Desde el año 2011, cuando surgió el famosísimo movimiento estudiantil, liderado por Camila Vallejo, le empecé a entornar la puerta a cualquier tema político. En realidad, no pasó mucho tiempo hasta que esa puerta se cerró de forma definitiva y hasta le puse llave, reservándome solo para mí y nada más que para mí, mis ideas políticas. Lo hice porque me abrumó todo ese enorme entusiasmo que inundó al país, me sobrecogí, con malestar, ante los innumerables debates y fogosas exposiciones que aseguraban que un país medianamente decente, con un gobierno medianamente consciente, debe asegurarse de subvencionar la educación y la salud.

Ante toda esa marea de voces acorralándome, preferí esconderme — solo publiqué un tímido, pero honesto ensayo —, guardándome de no ser tan explícita con lo que realmente yo creía. La verdad es que me sentía miserable por ser una estudiante de las que se sacrificaba trabajando de día y estudiando de noche y, a la vez, no querer que ese estudio fuese gratis. Me sentía miserable por considerar una manía de holgazanes el entregarle al Estado la responsabilidad de todo, para después solo mamar de ella, como si fuera una teta inagotable. La verdad es que esa gran farsa que fueron Camila Vallejo y sus seguidores me colmó la paciencia y no quise darle mucho bombo a lo que pensaba porque desde entonces cualquiera que se ponga en la vereda opuesta de dicho movimiento es considerado automáticamente un fascista, un pinochetista, un ultraderechista y etc.

El intercambio entre Waissbluth y Kaiser tenía como sustento, además, una entrevista que este último había concedido al medio digital El Líbero. Me sorprendí, mientras leía esa entrevista, dándole la razón a Kaiser desde la primera a la última frase y, luego de todo eso, leyendo su libro La tiranía de la igualdad. Puedo decir, con toda seguridad, que esa discusión, ese rifirrafe virtual entre Waissbluth y Kaiser fue el comienzo de un camino para entender por qué exactamente me molestaba tanto el movimiento estudiantil y mi enfado con el cambio extraño de Chile de ser una sociedad que entiende la importancia de las libertades, a ser una sociedad que quiere que el Estado la cobije con una manta cuyo poder dañino no pueden imaginar siquiera.

Lo más probable es que mis amigos más queridos, muchos de ellos partidarios y defensores de las ideas más cercanas a la socialdemocracia, del famoso socialismo del siglo XXI y otros que son, de plano, comunistas de lomo y tomo, izquierdistas de pura sangre; aquellos que constantemente elogian y desean para sus respectivos países gobernantes del tipo de Pablo Iglesias o Pepe Mujica, lean estas líneas sintiendo profundo pesar por mí. Espero que no muchos de ellos me dejen de hablar por haber descubierto mi espíritu libertario —y digo que lo descubrí porque estas ideas siempre han estado en mí, ocultas porque tenía miedo de revelarlas públicamente y por años no solo las escondí, sino que en muchas ocasiones mentí sobre lo que realmente pienso y siento para no ser vista como un ser despreciable—.

Estoy segura de que entender y defender todo tipo de libertad, y sobre todo la libertad económica; declarar públicamente el profundo asco que me produce ver como el pensamiento populista está sumiendo en la miseria y el atraso a varios países; decir sin ambages que la frase de la retroexcavadora que se hizo famosa acá en Chile me llena de angustia y de desazón por el futuro y declararme acérrima enemiga de cualquier idea que implique que el Estado sea el interventor de nuestras vidas, me llevará seguramente a ser completamente malinterpretada. Más de alguno pensará que viré completamente a la derecha, o peor, a la ultraderecha. Que mañana mismo me voy a militar en las filas del Centro Democrático (y a echarle vivas a Uribe) o que de un momento a otro voy a tener un retrato de Pinochet en mi estudio. Espero ser escuchada —o leída— con suficiente claridad cuando digo que Uribe me parece un populista más, que pienso que Pinochet fue tan tirano y criminal como lo fue Fidel Castro y que para mí la libertad va más allá de las politiquerías, de las ultraderechas y ultraizquierdas y centro izquierdas y demás formas de demagogia y abuso que en cada país tienen sus nombres y abanderados.

Este año leí muchos libros sobre el pensamiento libertario. Los leí al azar, sin mapa y sin ruta prestablecida, solo siguiendo las referencias que de un libro me llevaban a otro. Leí con gusto, con deleite. Descubrí autores que antes no habría tocado siquiera porque era una más de las que creía —para no sentirse miserable—, que lo correcto es denostar el capitalismo y el neoliberalismo. Creo que este año comprendí por qué me sentía tan incómoda frente a las ideas socialistas y estatistas y por qué no pude tragarme ninguna de las ideas del famoso Thomas Piketty y su libro El capital en el siglo XXI.  De todo lo que leí este año, quiero destacar unos cuantos libros que merecen la pena ser recomendados y cuyas ideas merecen la pena ser debatidas, entendidas, no denostadas. A muchos de los autores de estos libros, sus detractores los enfrentan, no desde el campo de las ideas, sino desde el insulto y el desprecio. De ellos también aprendí que hay que ser valiente para decir lo que uno exactamente piensa, defenderlo y ser consecuente con ello en un mundo que cayó en el vicio de lo políticamente correcto y de la indignación fácil y barata. Espero descubrir el aprecio real de aquellos amigos tan queridos que sé que al leer esto se van a sentir decepcionados de mí. Espero que en lugar de despreciarme por lo que pienso y lo que defiendo con respeto, me sigan queriendo igual, o tal vez más. Y a aquellos interesados en el tema, les comparto mis lecturas sobre la libertad. Disfruten.

 

Hacer clic sobre cada imagen para ver la reseña del libro. 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Author: Laura García

Share This Post On

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *