Margarita, está linda la mar…

Santiago, 24 de Junio de 2013

Querido Horacio:

Te lo confieso: yo hubiese querido nacer en una ciudad frente al mar. «Lo malo del mar es la playa que lo rodea y la gente que va a esas playas», me decía un amigo muy querido que ya murió. Es cierto y también es triste. De pronto el mar es un lugar común. No sé explicar bien por qué me gustan tanto las ciudades con mar. Amo Valparaíso y Viña del Mar, por ejemplo, aun cuando tantos las odian. El año pasado estuve dos semanas en Cartagena de Indias y una vez acomodada en el asiento del avión que me llevaría a Bogotá, para luego venir a Santiago, me puse a llorar. Ya no quería regresar a Santiago.

(Me alejo brevemente del motivo de esta carta para decirte algo que me parece chistoso: cuando uno cuenta que va a Cartagena, muchas personas suelen reaccionar con un cierto dejo de amargura y decepción; el alegato generalizado es que Cartagena tiene una realidad, paralela a la de los sitios turísticos, que se vive en barrios que no muestran las guías turísticas. Una realidad que mezcla pobreza, marginalidad y miseria. Suelo callar ante esos comentarios porque la pobreza, la marginalidad y la miseria me estremecen hondamente, estén en Cartagena o en Chiloé, y admirar el mar, recorrer con gusto una playa, o tomarle una foto a esas calles preciosas de la ciudad amurallada, no me hacen cómplice de ningún crimen).

Ahora sí por lo que te escribo. Quiero hablarte de Margarita García Robayo. Ella es periodista, nació, creció y estudió en Cartagena. Allá también comenzó su carrera. En 2005 llegó a Buenos Aires para quedarse. Lo primero que leí de Margarita fue Sudaquia: Historias de América Latina, su blog para el diario Clarín y que aún puedes ver en línea: http://weblogs.clarin.com/sudaquia/. Cuando viví en Buenos Aires, entre 2008 y 2009, varias veces me preguntaron que si yo era pariente de la García que escribía el blog para Clarín. Ojalá, respondía yo. Si lees las historias del enlace, te darás cuenta de que el talento de Margarita ya se mostraba nítido desde allí. La mirada aguda, la ironía, la elegancia de lo simple, la belleza del mar…

En 2009, Margarita lanzó su primer libro de cuentos Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, nueve historias de nueve mujeres que no viven grandes dramas ni grandes tragedias. Yo diría que son nueve chispazos, nueve luces que pone Margarita sobre la rutina de esas mujeres para mostrarnos lo excepcional de las vidas normales. Es en 2009, viviendo yo de nuevo en Santiago, cuando contacto por primera vez con Margarita y la entrevisté para el suplemento cultural de La Jornada, México. Margarita y yo tenemos un amigo en común, el sr. W, quien me dijo una vez que uno debe evitar conocer a los escritores que le gustan, porque la decepción es terrible. Por supuesto, Horacio, yo no le hago caso a W., porque es medio exagerado y porque Margarita es una mujer excepcional como sus novelas. Eso sí, Horacio, ¡ssshhhh!, guárdame el secreto de esto último que te dije, porque en Colombia está prohibido admirar en voz alta: eso es sinónimo de zalamería.

Y entonces llegó el 2012 y Margarita publicó su primera novela, Hasta que pase un huracán, con la editorial independiente Tamarisco. En realidad es una nouvelle, tiene 71 páginas y uno de los comienzos más bonitos que he leído, mira: «Lo bueno y lo malo de vivir frente al mar es exactamente lo mismo, que el mundo se acaba en el horizonte, o sea que el mundo nunca se acaba». De todo lo que he leído de Margarita, de lo poquito que ha publicado, esta novelita es lo que más me gusta y te voy a decir por qué: es muy sencillo, por la protagonista. Se trata de una muchacha —quien cuenta su propia historia— que vive en una ciudad frente al mar, en una familia común y corriente, que tiene una vida que no va más allá de unos pocos amigos y de la relación que entabla con un pescador mucho mayor que ella, Gustavo. Comenzó a estudiar derecho pero lo dejó. El mar para ella no es suficiente, Horacio, como pienso yo que lo sería para mí si viviera cerca de él. Para escapar de eso, de su familia común y corriente, de sus amigos que ya casi ni ve, de su vida que es como su ciudad «bellísima y feísima», ella se vuelve azafata aérea. Pero si bien ese trabajo implica viajar mucho de aquí para allá, también implicaba volver al lugar de residencia fija, que era, muy a su pesar, su ciudad. Tal y como el mar, que va y viene, que siempre lame la orilla. Es inevitable. De hecho, ella se mudó a vivir cerca del aeropuerto para esta siempre disponible para la aerolínea. Para regresar a la orilla y poder escapar y poder regresar… tal y como el mar.

La historia es sencilla y sin pretensiones. La muchacha sí tiene muchas ambiciones, pero por el camino —o más bien: por las rutas aéreas— se le van desdibujando. Uno no sabe lo que quiere cuando solo quiere escapar, Horacio.

Me quedo con esta escena: después de una temporada de fuertes lluvias que había aquejado profundamente a la ciudad, el padre hace que la familia entera se siente a la mesa y les dice: «Ahora somos pobres». La protagonista mira para todos lados, pero nadie ha reaccionado. Su hermano sigue igual. Su mamá también: «Ser pobre era exactamente igual a no serlo. No había de qué preocuparse».

Ojalá pudieras leer el libro de Margarita.

Por ahora te dejo mi abrazo,

Laura.

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