Melodrama

Publicado originalmente en HojaBlanca.net

Escribir es complicado y cuando digo esto me refiero al acto muy personal de sentarse frente a la pantalla y comenzar a azotar el teclado. Lo que mueve al que escribe es, en palabras del maestro Alberto Salcedo Ramos, simple y llanamente «querer echar el cuento». Que uno lo eche bien o mal es otra cosa. Y explicar por qué uno escogió juntar palabras y no, por ejemplo, ser cardiólogo, químico, astronauta, físico, o cualquier otra cosa, es más difícil todavía que escribir.

En el prefacio de Música para camaleones, Truman Capote dice: «Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo». Mi abuela, más práctica, menos paciente, habría resumido todo lo anterior en una sola frase que me repetía cada vez que pasaba por mi lado y me veía escribiendo: «a esta muchachita le dio la pendejada». Lo cierto es que el gran Capote, por supuesto, tenía razón: uno comienza rechazando cortésmente la comida en casa de una tía porque «tiene mucho que estudiar» y termina como yo estoy ahora: nadie me invita a salir ni a la esquina, porque todos ya saben que, les dé la excusa que les dé, estoy frente a la pantalla azotando el teclado.

El asunto principal es leer. Escribo porque leo. O, mejor dicho, comencé leyendo y llevé la obsesión a su máxima expresión: escribir. También es verdad que uno escribe para ser, por un instante, el que no es fuera de la pantalla o del papel: uno escribe porque un día el mundo no es suficiente y al otro sobra. Mi cabeza funciona como una gaveta, como el cajón de un mueble desvencijado, que cuando se llena de muchas cosas – ideas, ficciones, historias, llámenlo como quieran –, hay que empezar a sacarlas y a despejar el espacio para meter otras nuevas. Escribo para sacarme los demonios de turno de la cabeza y darles paso a demonios nuevos.

Y ahora, en este mismo instante, en la madrugada de este sábado que no se termina nunca, escribo porque el demonio de turno tiene forma de un hombre al que no le puedo poner adjetivos, porque en mi cabeza, que ya está saturada, ningún adjetivo le cuadra lo suficientemente bien. Y escribo esto – a sabiendas del ridículo andante en que se convierte uno cuando tiene ese tipo de demonios en la cabeza – para convencerme de que un día me prestará atención. Escribo para llamar su atención, en suma, aunque tengo claro que primero se detendría a observar un caminito de hormigas en la pared norte del Palacio de Nariño antes que mirarme a mí.

Le escribo esto, pero también le he escrito muchas cosas más y las tengo acá, archivadas en una carpeta que tiene por nombre las siglas de su nombre, aun cuando debería tener (considerando que mi computador refleja mi obsesión por las clasificaciones exactas) algo más frío y puntual que “proyecto tanto”.


Y no, porque la historia detrás de por qué escribo comenzó cuando en el colegio escribía las cartas de amor (y de odio, dependiendo de la circunstancia) que me encargaban mis compañeras, hasta que un día quise escribir mis propias cartas de amor. Y cuando la cosa ya no fue por encargo, cuando era yo la directamente interesada, no me salió ni una maldita palabra que valiera la pena. Y entendí, claro, que las cartas que escribía por encargo eran una absoluta vergüenza: el mejor esfuerzo que se ha hecho por homenajear la cursilería y la ridiculez.

Qué más da. Tengo claro que al escribir no se trata solamente de combatir la cobardía y el ridículo. El ridículo cada vez me importa menos pues al fin y al cabo es algo en lo que caeremos siempre. La cobardía me preocupa porque es incluso más fea y grave que la timidez, y me viene ganando la batalla. Lo cierto es que hasta ahora voy entendiendo algo muy importante: que escribir es y será siempre hablarle a alguien que, en mi caso, y temporalmente, no sabe que me tiene que escuchar.

3 comentarios

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Escribir para sacar lo que tenemos en el alma… sin mayores pretensiones pero con una gran dosis de egoismo; sino lo sacamos se nos atoran de tal forma que empieza a doler y al buscar salidas desesperadas se transforma en monstruos que inundan nuestra realidad y transforman la percepcion de los acontecimientos que nos rodean.

Laurita…………………basta ya de excusas…………………..llego el momento de escribir un cuento,una novela o lo que sea pero que venga de una editorial.
Ya escribes bien y lo sabes con los buenos articulos que nos regalas………………pero es hora de decidirse………………………..echarse al agua y publicar algo que quienes te admiramos podamos comprar.

Cuánta razón tiene sungirasol. El teclado es nuestra victima propiciatoria que recibe los azotes con los que sacamos nuestros demonios interiores para sublimarlos en ángeles y luego llevarlos a los lectores, ya sea forma de en versos o en prosa. Escribir es definitivamente una pasión, tal como lo planteó Truman.

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