Mi primera comunión

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A Esteban Duperly

Escribió Esteban Duperly en su cuenta de Twitter: «A todos los que se las dan de ateos irreparables les recuerdo sus fotos con cara de devoción en la primera comunión. Saludos.» Y yo le respondí que lo que pasaba es que él no sabía cómo fue mi primera comunión ni cómo terminaron las fotos. Y le prometí la historia, que es esta:

Yo tenía nueve años, estudiaba en un colegio de monjas y vivía en una casa vieja de Cartago con mi familia, que eran mis abuelos y mi mamá. Mi abuela me inscribió en la Iglesia de San Jorge con objeto de que todos los domingos, de 9 a 12, recibiera la catequesis preparatoria para la primera comunión. A mí la idea de la primera comunión me molestaba, pero no por motivos religiosos. En esos años yo hacía lo que mis abuelos hacían y era católica de todo corazón. Creía fervorosamente en los pecados y le tenía miedo al castigo divino. Pero también me daba mucha pereza ese clima provinciano y ridículo que se había armado en mi  curso: todas, absolutamente todas las niñas estaban alborotadas con el tema. Detalles tan importantes como si el vestido sería del tipo “religiosa” o blanco, largo y de encaje. Que si la torta de dos o tres pisos. Que si de recuerdo un misal o una tarjeta. Siempre he sido alérgica a las celebraciones. Llámenme amargada, vetusta, lo que quieran, pero la primera comunión, los quince y la graduación fueron tres celebraciones a las cuales —y estoy muy orgullosa de decirlo— les hice el quite, ahorrándoles a mis abuelos y a mi mamá cansancios, dolores de cabeza y plata.

El caso es  que ese ambiente previo a las primeras comuniones me pareció poco festivo, es más, se me hacía cruel. Cuando las mamás de mis compañeras conversaban con mi mamá del asunto —y yo espiaba un poco lo que hablaban—, se notaba la dificultad que les representaba complacer la exigencia de su niña caprichosa. Ninguna de mis compañeras se conformaba con menos que una celebración de más de 20 personas y las había que «soñaban» con arrendar algún salón de uno de los dos hoteles importantes de la ciudad.  Eso sin contar con las que miraban feo a la única pendeja del salón que se arriesgaba a decir que no quería fiesta de primera comunión.

Vi, con horror, que la fecha se acercaba más y que mi abuelo, seguro de que yo me sentiría mal si no era así, empezó a organizar los detalles de lo que sería una posible fiesta. Le insistí en que no quería, pero él seguro pensó que era una forma de ganar puntos en el cielo, o que en el catecismo me habían dicho que no pidiera fiesta, no sé, el caso es que él tenía planes. No sabía muy bien cómo salirme de ese laberinto, hasta que la solución llegó —nunca mejor dicho—, como de dios. A mi abuela la invitaron, de una parroquia chiquitita en la que estaba inscrita, a ir en ‘peregrinación’ a Buga, a la Basílica del Señor de los Milagros. Ella solía tomar el cupo cuando la invitaban más como una excusa para llevarme de paseo. Generalmente íbamos con muchas amigas suyas. El viaje era justo un domingo antes de que se terminara la catequesis y dos semanas antes de la primera comunión.

Planifiqué todo. Lo primero, hablé con mi mamá, que no iba al viaje porque no le gustaba dejar solo a mi abuelo, y le conté que yo iba a hacer la primera comunión aprovechando ese viaje. Ella se sorprendió, le dio risa, pero me apoyó. Le pedí que le ocultara a mis abuelos el plan y que me perdonara, pero que yo prefería salirme del trámite de la primera comunión así: rapidito y sin anestesia —y sin fiesta—.

Cuando llegamos a la Basílica, nos avisaron que la misa empezaría en varias horas más y que el grupo se juntaría allí a determinada hora. Entonces me llevé a mi abuela adelante, al altar y le dije que me pondría en la fila para confesarme, porque iba a hacer la primera comunión en la misa. Que yo misma hablaría con el padre y le explicaría. Pensé que si él era un hombre de fe, me entendería cuando le dijera que yo no quería fiestas, ni sorpresa, ni vestidos de esos que parecen o de monja o de novia. Mi abuela casi se muere. Ella quería que yo hiciera la primera comunión como las otras niñas, pero logré convencerla con mi vehemencia. Supongo.

Luego, franqueada la barrera de mi abuela, quedaba convencer al cura. No recuerdo muy bien cómo, creo que me colé en la sacristía y hablé con varios diáconos hasta que di con el sacerdote. Le conté todo y me miró como si le estuviera pasando la situación más sorprendente de su vida. Me dijo que sí, que él me confesaba y me daba el sacramento, pero a condición de que le contestase tres preguntas para asegurarse de que estaba preparada. No recuerdo las preguntas, pero sí sé que la respuesta de una de ellas era «El Espíritu Santo». Me pidió que oyera la misa en la primera fila y que cuando me acercara a recibir la comunión, me arrodillara en el reclinatorio del diácono, que él iba a hablar para que me dejaran.

Y así fue. Vestida de jeans, camiseta y solo con mi abuela, hice la primera comunión en la Basílica del Señor de los Milagros en Buga. Una de las amigas de mi abuela llevaba una cámara y me tomó dos fotos. Luego mi abuela y sus amigas me llevaron a almorzar para celebrarme.

En el bus, de regreso a Cartago, mi abuela tuvo una falla cardiaca repentina y pasamos un susto grande, por lo que el día de mi primera comunión terminó en una clínica.

Unas semanas después, la amiga de mi abuela que me tomó las fotos se las llevó a mi mamá para que las guardara. Afortunadamente a mi abuelo se le pasó el enojo rápido y se convenció de que con solo invitarme a Frisby ya estaban cubiertos la fiesta, el vestido, los recordatorios y toda la parafernalia. Mi mamá enmarcó las fotos y las puso en mi mesita de noche. Mi abuela me regaló el misal que su mamá le había mandado a hacer para su primera comunión, es decir, una reliquia.

Tres años después me regalaron una perrita cachorra, Luna, que se subía a mi cama y desde allí brincaba a la mesa de noche a jugar con mis cosas. Un día llegué del colegio y encontré a Luna con las dos fotografías en el suelo, rasguñadas por completo. Luna sí; qué atea irreparable.

3 comentarios

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Como en Twitter casi siempre todo es chiste, en serio pensé que el tema se iba a quedar en el bolsillo de los pendientes. Así que me sorprendió bastate cuando enviaste el enlace. Bonita historia. Muy inspirador un niña tomando decisiones.

Se podrían contar con los dedos de una mano los niños que han hecho la primera comunión con todo verdadero fervor religioso y sin entusiasmarse por el vestido, el ponqué o la fiesta, sino solo por honesta urgencia de cumplir el sacramento. El catolicismo debería avergonzarse de ‘formar’ católicos a punta de obligarlos a ceremonias a tempranas edades cuando uno tiene NULO interés en ritos y en maricadas. Eso es trampa y adoctrina como quien dice, por cantidad y no por calidad.

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