Mis días con Walkman

Foto: León Darío Peláez
Foto: León Darío Peláez

Publicado originalmente en HojaBlanca.net


En el 2010 me sedujo una novela cuyo autor la llama insistentemente “borrador”, y que publicó en su sitio web, seguro ya de que ninguna editorial la aceptaría para llevarla al soporte papel. En el 2010 me enamoré perdidamente de Walkman, del escritor bogotano Ricardo Silva Romero.

Fue un amor a primera lectura, me solidaricé hasta la médula con el drama que plantea de entrada el protagonista, quien se llama, curiosamente, Ricardo Silva Romero: «Mi situación vital es, palabras más, palabras menos, la de un profesor de literatura de veintidós años que quiere ser un buen escritor, pero que no ha logrado escribir nada, ni un cuento, ni un  poema, ni una línea, después de redactar su tesis de grado».

Este Ricardo Silva Romero es un tipo que en apariencia no tiene nada de extraordinario, que es tan normal como mi vecino estudiante que me saluda todas las mañanas mientras esperamos el ascensor. Sin embargo, en la Semana Santa de 1998, Ricardo Silva Romero vive la que será, al mismo tiempo, la peor y la mejor semana de su vida. En ese tramo tan corto de tiempo, Ricardo espera a que su hermano Eduardo llegue de París con su prometida; intenta desesperadamente escribir al menos una línea de algo: de un cuento, de alguna novela, algo que reafirme ante el mundo que él sí quiere y, sobre todo, sí puede ser escritor, pero no lo consigue porque está completamente bloqueado y no sabe por qué; vive un poco el duelo por Mariana, la novia que lo dejó por un barman; sufre, junto a sus padres, la angustia que le provocan un par de deudas aún no pagas, y enfrenta, con mucho escepticismo, lo que será la trama central de la novela: la posibilidad de que la seguidilla de cosas malas que le ocurren a él y a sus padres sean producto de un trabajo de brujería.

A Ricardo, el protagonista, lo acompañan sus dos mejores amigos, sus casi – o sin el casi – hermanos Germán Pardo y Julián Saad. Sin embargo, la novela comienza evocando a Alejandra, su mejor amiga, la compañera incondicional – y también rival de ego – que le ayudó a soportar la universidad y la carrera de Literatura. También están en esta historia los papás de Ricardo, Marcela y Eduardo, con quienes mantiene una maravillosa relación de cariño que le da vuelta al cliché del joven maldito incomprendido que se lleva mal con todo el mundo.

Walkman es la historia de un drama personal por el que pasamos alguna vez todos los que nos dedicamos al oficio de escribir: la inseguridad de la vocación; la incertidumbre del futuro del escritor. Sentarse frente a la pantalla en blanco sabiendo que el mundo ocurre allá afuera y que uno, acá adentro, en su estudio, en su cuarto, en donde sea, sólo está contándolo para que después unos cuantos distraídos lo lean. Es verdad que muchos escritores ya han abordado este tema y lo han hecho desde muchas perspectivas, pero la gracia de Walkman está en el humor perverso con el que está narrada y que transparenta, desde la primera línea, la forma de ver la vida de un muchacho de veintidós años que guarda en su cabeza el mundo de un hombre mucho mayor, de un hombre capaz de percibir que a su edad el ego pretende dominar el cuerpo, y reconocer que «necesito deshacerme de mí mismo para dejar de ser el protagonista de mi vida»

Walkman es, ante todo, una narración honesta, que, aunque está escrita en primera persona, va más allá de las pesadillas y angustias personales de Ricardo Silva Romero, el protagonista. Es también la evocación, dentro de un período de tiempo claramente delimitado que es esa Semana Santa de 1998, de unos amigos que son el complemento perfecto del protagonista: los que terminan sus burlas, los que explotan en risas en medio de situaciones absurdas, los que lo llaman todo el día sólo para hacerle pasar un buen rato, sólo para hacerle más llevadera esa semana angustiosa.

Este muchacho cualquiera de clase media que anda por ahí con su walkman escuchando a Paul Simon, The Beatles y Paul McCartney, tanto que se puede hacer perfectamente una banda sonora del libro – hice un playlist con los temas que acompañan al protagonista capítulo por capítulo –, tiene también un humor mordaz, una inteligencia elegantísima; una increíble capacidad de burlarse con las palabras precisas en el momento preciso y no sólo de las situaciones y personas absurdas que deambulan por ahí, sino, y primero que todo, de sí mismo, como cuando en medio de una fiesta le cuenta a su amiga April Taylor que estuvo muy enfermo y ella, con pena, le dice: «Pobrecito, ¿por qué no me llamaste?», a lo que él le responde: «Porque soy un retrasado sentimental: siempre me enamoro a destiempo».

Sin embargo, creo que lo que me sedujo de esta novela no tuvo que ver solamente con su extraordinaria calidad narrativa, ni con sus personajes maravillosos, asuntos que son muy importantes, sin duda, para que una novela sea calificada de buena. No fue sólo eso, digo, sino también un planteamiento casi perverso, pero tan bien armado, tan bien encajado, que uno entiende perfectamente qué nos quiere decir el protagonista, con esa honestidad encantadora.

La escena es sencilla: van en un taxi Ricardo, Germán y Alejandra, que trabaja en una editorial, y discuten sobre los libros de superación personal. Germán les cuenta que tuvo una gran pelea en la universidad por hablar mal de esos libros, y entonces Ricardo toma la palabra y plantea que «todas las novelas, los poemas, los cuentos, las películas, las obras de teatro son de superación personal. De eso se trata. Todo ocurre para eso (…) los libros vienen de la necesidad. Lo ayudan a uno a digerir las vainas». Dicho en 1998, o dicho ahora, y por alguien que se acaba de graduar de Literatura, esto puede parecer una gran ofensa. Recordemos el gran daño que le ha hecho a la literatura la famosa “superación personal”. Pero uno lo entiende y acepta esa teoría por descabellada que parezca: porque si uno practica un breve ejercicio de honestidad, debe reconocer ante sí mismo que se ha pasado toda la vida leyendo como un poseso para “digerir las vainas”; que tal vez uno ha usado los libros que ha leído de la misma forma que cien millones han usado a Coelho: como carrito de carga en el que se puede poner la vida por ratos para alivianar el peso. Porque finalmente, y esta es quizás una de las frases más bellas que ustedes podrán leer en Walkman, «el mundo, como las pesadillas, ocurre fuera de nuestro alcance».

2 comentarios

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Bueno, no me gustó mucho la columna porque me parece que iba corriendo, como cuando se come un helado rápido antes que se le derrita, sin embargo le digo que me gusta Ricardo Silva y aún no estoy segura de la razón pero creo que es porque logra mantenerme, aunque sus personajes no sean los mejores y su estilo a veces me parezca fofo.

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