Pablo d´Ors: «Las bofetadas»

Las bofetadas

 

 

por Pablo d´ORS

 

 

De niño siempre tenía miedo de que la maestra abriera alguno de mis cuadernos

Escena de la pelicula "La mala educación" de Pedro Almodovar
Escena de la película «La mala educación» de Pedro Almodóvar

y descubriera algún error: una mancha de tinta, una falta ortográfica, una caligrafía ilegible… Este temor no era infundado, pues eso era de hecho lo que sucedía siempre que mis profesores –cualquiera de los muchos, casi incontables, que tuve durante la llamada enseñanza primaria– abría uno de mis cuadernos. No importaba la página por la que lo abriera ni cuál fuera el cuaderno (el de lengua, el de geografía, el de matemáticas…): mi caligrafía era ilegible, cometía abundantes faltas ortográficas y no podía evitar que algún manchón de tinta embadurnase los márgenes, puesto que éramos obligados a utilizar unas estilográficas con las que, además de mis dedos, ensuciaba buena parte de mis cuadernos hasta dejarlos casi inservibles.

Durante las clases yo estaba atento a cualquier eventualidad, y no ya por interés en las materias que se impartían (ninguna llegó realmente a interesarme), sino porque sabía que las bofetadas de los profesores, así como las insoportables bromas de mis compañeros, podrían llegarme de donde menos lo sospechase. Los chicos de mi clase la tenían tomada conmigo, aunque todavía más, por fortuna, con un tal Thomas Mindernickel, que era el auténtico chivo expiatorio del curso. Yo quedaba como suplente –por así decir–, para cuando Mindernickel no venía al colegio (cosa que sucedía con frecuencia, pues era más bien enfermizo). Aunque las bromas de mis amigos (durante largos años estuve llamándoles, pese a todo, “mis amigos”) eran terroríficas, a quien yo más temía era a los profesores, que aprovechaban cualquier descuido por nuestra parte para propinarnos sus bofetadas. En realidad, yo era uno de los que más bofetadas recibía; y no porque fuera un mal estudiante o porque mi comportamiento dejara que desear, sino porque me sentaba en el primer banco de la primera fila. Era, por tanto, quien más a mano tenían. Yo no había escogido ese sitio; aquel era el puesto que me correspondía por orden alfabético: aquel lugar –el maldito primer banco de la primera maldita fila– fue el que me correspondió durante todos los tristes y largos años que pasé en aquella escuela de provincias.

Al no poder abofetearnos a todos –conforme habría sido su deseo–, para intimidarnos los profesores abofeteaban sólo a uno, que solía ser yo. “¡Eso por estar distraído!”, me decían tras la bofetada. O, “¡por mirar a las musarañas!”: una razón que también se esgrimió más de una vez. Por aquel entonces, yo no sabía bien lo que eran las musarañas; y ni siquiera hoy estoy seguro de saberlo con precisión. El caso es que mis profesores de la llamada primera enseñanza (luego fue diferente, acaso peor) me abofeteaban sin cesar, obligándome a llevarme la mano a la cara, fuera antes de que la bofetada se produjese o después, en el vano intento de calmar la picazón.

Más que el dolor en sí (mucho más soportable de lo que antes de recibir aquellas bofetadas imaginaba), lo que más me fastidiaba de aquellas injustas bofetadas es que llegasen cuando menos las esperaba. Más aún: por mucho que las esperase, ¡nunca logré adivinar el momento en que iban a producirse! Así que me sorprendían, humillándome muchísimo por su carácter imprevisible. Por esta razón, en cuanto veía que un profesor o profesora bajaba de su tarima (sobre todo las profesoras, que eran las que más me pegaban), me cubría las dos mejillas para así amortiguar el posible golpe. Pese a mis precauciones, no podía impedir quitar las manos del rostro alguna vez, fuera para pasar de página, para abrir el estuche o para ordenar la cartera, que solía tener incomprensiblemente desordenada. Para mi desgracia esos eran los momentos, precisamente esos, que aprovechaban mis profesores. Tal era la coincidencia entre mis escasos descuidos y sus intolerables bofetadas que parecía como si estuvieran esperando estos brevísimos instantes de flaqueza para flagelarme como sólo sabe hacerlo un adulto con un niño. Todo esto me llenaba de una rabia e impotencias infinitas. Porque eso era lo más enojoso, la impotencia. Yo no podía levantarme, como habría sido mi deseo, y pelearme con el profesor o profesora que me había abofeteado. Yo sólo podía quedarme donde estaba, quieto y callado, con la mano en el carrillo ardiendo y humillado como nunca más he llegado a estarlo en la vida.

– ¿Por qué me pega? –pregunté una vez sin pensar, harto de aquella injusticia, tan sistemática como incomprensible para mi mente infantil.

Pero la profesora no me contestó. Se limitó a mirarme con indiferencia, acaso con extrañeza, como si mi pregunta estuviera completamente fuera de lugar. Esa profesora, la “señorita de Religión” (una de las que más abofeteaba, dicho sea de paso), prosiguió la clase impertérrita. Yo no podía comprender cómo podía aquella mujer abofetear tanto al tiempo que se emocionaba tan visiblemente al hablar de Dios; pero, al parecer, mi señorita no sentía ningún escrúpulo por esta incoherencia y nos abofeteaba a todos con total impunidad, casi como si le gustara o, al menos, como si aquello formara parte del deplorable oficio de enseñar.

Aquellas bofetadas (y no había clase de religión en que no se produjeran al menos dos o tres) tenían una particularidad respecto a las que se propinaban en Geografía o Matemáticas, y es que eran las que más resonaban. “¡Plas!”, estallaban, y todos levantábamos los ojos de nuestros cuadernos. Estábamos aterrorizados. O, “¡Plas, plas!”: en esa ocasión habían sido dos los golpes; al parecer, al pobre Thomas Mindernickel (y aquel era el día que regresaba a la escuela tras una larga convalecencia) le habían cruzado la cara. Aquel año yo apenas recibí bofetadas cruzadas, y no porque –como presumo– los profesores no me las hubieran querido dar, sino porque casi nunca tenía las dos mejillas descubiertas, por lo que aún queriéndolo no podían.

Por todo lo dicho, yo estaba siempre muy tenso en la escuela, con los nervios en punta, esperando en qué momento y con qué motivo (porque nunca renuncié a buscarlos) me llegaría la bofetada. Esta atención mía se redoblaba cuando, por casualidad, habían pasado varias jornadas sin que ningún maestro, ni siquiera la señorita de Religión, me hubiera abofeteado. Aquello era inadmisible, me decía yo, iniciado desde muy niño en la crudeza de la vida; la bofetada llegaría de un momento a otro, me lamentaba, concentrándome al máximo para que no me enganchara desprevenido. Por este supremo y constante esfuerzo de concentración, acababa las clases agotado.

El último día del año, en la última clase, cuando ya creía haberme librado –al menos hasta después del verano– de aquellas brutales bofetadas, recibí la última, tan inesperada e inmerecida como todas las demás. Me la propinó la profesora de geografía, quizá por la fuerza de la costumbre. Ahora bien, yo no reaccioné como otras veces, llevándome la mano a la mejilla y tratando de calmar su ardor, mientras me sorbía las lágrimas y deseaba ser invisible. Poseído por una fuerza desconocida –la fuerza amasada durante meses de humillaciones–, salté de un brinco de mi banco y devolví la bofetada con idéntica fuerza (si no mayor). La maestra quedó petrificada. Nadie había hecho nunca en aquella escuela algo así: yo mismo había quedado estupefacto y paralizado. No se oía nada, ni una mosca. Todos estaban mudos, expectantes. Las rodillas me temblaban.

Antes de que su rostro se descompusiera por la convulsión del llanto –que ya empezaba a asomar en sus ojos–, la profesora de geografía salió del aula en una carrera; y fue entonces cuando sonó el timbre que anunciaba el fin de la clase y el fin del curso. Tal vez también el fin de mi infancia y mi liberador y definitivo ingreso en la adolescencia.

Todos mis compañeros irrumpieron entonces en un grito de victoria. Y uno a uno, sin excepción, fueron pasando junto a mí para felicitarme con elogios y dulcísimas palmaditas en la espalda. No había duda: en pocos segundos me había convertido en el colegial más popular, en el más valiente, en el más apreciado y valorado por todos. Inesperada e involuntariamente, yo era en un héroe: todos me miraban con respeto, con admiración, y yo sentía perfectamente todas esas miradas sobre mi cuerpo, y las registraba con avidez. Fue en ese instante cuando comprendí que la vida tenía otra cara, de la que yo había sido privado hasta entonces; fue ahí cuando entendí que yo podía ser alguien, puesto que tenía poder. El orgullo me henchía el pecho hasta dificultarme la respiración. Y una rabiosa alegría se apoderó de mi ser, haciéndome comprender que abandonaba el bando de las víctimas para ingresar por fin, y por la puerta grande, en las filas de los verdugos.

 

 

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