¿Para qué diablos sirve la Universidad?

Paul Johnson

En Al diablo con Picasso, Johnson recopila una serie de columnas (devenidas en ensayos para el formato del libro) que se publicaron en The New Statesman, diario inglés del que Johnson fue editor por muchos años. El libro prometía, hasta que llego al tercer ensayo, titulado ¿Su viaje es realmente necesario, profesor?, publicado el 7 de septiembre de 1991, es decir, hace relativamente poco tiempo. Cuando terminé de leer este ensayo no sabía si sencillamente mi opinión difería un poco con la de Johnson, o si definitivamente él había hecho méritos para ganarse mi odio. Luego, escribiendo este post, descubrí que lo que quiero realmente es poder tenerlo frente de mi y preguntarle ¿qué diablos estaba pensando usted cuando escribió esto? Suponiendo que haya escrito el artículo pensando, esto último, condición necesaria para escribir algo, ¿no?


En el artículo, Johnson se va lanza en ristre contra las Universidades como instituciones de formación profesional. La lista de críticas que aduce Johnson, apuntan básicamente – en orden de aparición estelar – a: esa tendencia de los jóvenes a ingresar a la universidad, como si «en un mundo ideal todos los jóvenes del país debieran tener educación universitaria»; el presupuesto al desarrollo de las universidades, que encuentra innecesario, pues sería preferible invertir en el «mantenimiento de viejos regimientos, siempre que el enlistamiento sea voluntario»; la sobrevaloración de la universidad en nuestro tiempo, cuando «de todas las calamidades que ha sufrido el siglo XX, aparte de las dos guerras mundiales, la expansión de la educación superior, en los años 50 y 60, fue la más duradera», ya que, las universidades son realmente «invernáculos donde florece el extremismo y la irracionalidad, la intolerancia y el prejuicio, donde el esnobismo social e intelectual se cultiva casi deliberadamente y donde los profesores procuran contagiar a sus estudiantes de su propio pecado de orgullo»; la excesiva presencia de docentes y cuerpo académico de tinte marxista ó populista; finalmente, la absurda idea de que los profesionales se hacen en la universidad, cuando en realidad «los médicos deberían formarse en clínicas, quirófanos y hospitales y los abogados en los tribunales y los docentes en las escuelas y los funcionarios en departamentos públicos», Johnson se pregunta: « ¿Por qué los alejamos de su entorno laboral y los arrojamos a la olla de presión académica?»

Me limitaré a señalar algunas cosas:

El artículo me dejó boquiabierta y quise buscar en alguna parte algo que me indicara que se trataba de una broma o que Johson lo que en realidad hacía era satirizar, pero no. Si leí bien, como creo que leí bien, Johnson realmente cree que las universidades no tienen utilidad alguna y para rematar sus argumentos nos entrega el ejemplo de la Universidad de Oxford y la carrera de Literatura que obliga a los alumnos a estudiar anglosajón, asunto que aún genera polémica Inglaterra entre quienes lo encuentran anticuado y quienes, si bien lo encuentra anticuado, conceden que es aparentemente el único estudio que le da valor a la carrera. Esto, según Johsnon, es suficiente para hacernos una idea de lo inútil que es estudiar en la Universidad.

Fachada Facultad Filosofía y Letras - Universidad de Buenos Aires

No voy a hacer una defensa de la Universidad, ni a erigir acá banderitas en nombre de la cultura y la educación para todos. Admito que la Universidad, como todo en este planeta, es imperfecta. Lo sé yo, que estudio en una Facultad politizada al extremo, que los carteles del Che, de Fidel, de Mao, de Lenin y de Trotsky me siguen por los pasillos como si en lugar de una, tuviese cientos de sombras. Lo sé yo, que mis profesores son todos, o bien comunistas, o bien socialistas, o beben de cualquiera de esas infusiones. Lo sé yo, que me la pasé este cuatrimestre leyendo a Marx. Lo sé de sobra: la Universidad no es para nada perfecta. Pero de ahí a decir que es preferible un viejo regimiento a esta, no, definitivamente hasta allá no puedo llegar. Lo que me sorprende es que un intelectual de la talla de Johnson, con tantos libros a cuestas en los cuales he encontrado brillantes reflexiones, venga y diga, así como así, que las Universidades como que andan sobrando dentro de cada país y que son una calamidad. Ahora bien, no sé del funcionamiento de qué Universidades inglesas y Latinoamericanas (porque las menciona de pasada) sacó Johnson sus argumentaciones, porque para 1991, año de publicación del artículo, las universidades en Colombia, por ponerles un ejemplo cercano a mi, la carrera de medicina se basaba más de un 60% en el trabajo en terreno, en clínicas, quirófanos y hospitales. Y hasta hoy permanece así. Me parece que Chile no es una excepción. En Argentina sucede igual y la carrera de enfermería que imparte la Universidad de Buenos Aires se puede estudiar, según la elección del estudiante, o bien en la Facultad de Medicina, o bien en alguno de los excelentes hospitales y clínicas con los cuales la Universidad ha suscrito convenios. Me devuelvo a Colombia para hacer notar que los estudiantes de derecho, sobre todo los que tienen mejores notas, comienzan a entrenarse, desde la Universidad, en prácticas de juzgado y litigio.

La molestia que me causó este artículo de Johnson no vino solamente de sus argumentaciones, sino de la idea que se esconde en el fondo de todo esta palabrería en contra de las Universidades. Y esa idea, que lamentablemente se extiende ampliamente, se corresponde con la creencia de que aquel que va a la Universidad lo hace solamente para atiborrarse de libros, trabajos prácticos, nervios por los exámenes y ya. Que en la Universidad hay una cantidad de tipos sin vida que se paran frente al pizarrón muertos de tedio para hacer lo que se pueda. No voy a negar que sean muchas las universidades (sobre todo algunas privadas) que caminan por esa senda, pero es ridículo meter en un saco a todas las Universidades y decir que allí hay pura basura. Y sí, muchas cosas malas podrá tener la Universidad, pero ninguna de ellas lo suficientemente mala como para esconder las cosas buenas. La Universidad es una instancia de varias que contribuye a crear algo bastante poco apreciado hoy en día: excelencia. Y no me refiero a este término como prestigio. Me refiero a la excelencia como esa carrera por ser mejores, que implica rebasar obstáculos, vencer dificultades, inclusive demostrarse a uno mismo que puede vencer a la mediocridad.

No sé si estoy soñando mucho, pero no creo que Johsnon tenga la razón cuando dice que los jóvenes intentan ingresar a la universidad solamente por la creencia de que en un mundo ideal todos deberían tener educación universitaria. Esto es subestimar a los jóvenes y su capacidad de razonamiento. Basta venirse a Latinoamérica y comprobar cuantos pibes, cabros, sardinos, muchachos, jóvenes, están soñando mientras leen sus materiales de estudio; cuantos vienen de familias muy pobres, o son los primeros de la familia en acceder a la educación superior y cuantos sienten orgullo de esto. Porque no estudian solamente para llenarse la testa de ideas y autores, sino para hacer algo con esas ideas y esos autores. Tomar posturas críticas, utilizarlos como herramientas para repensar el mundo en que viven y de alguna manera transformarlo, aunque sus resultados no sean inmediatos. Parece que Johnson nunca se paseó por una Universidad Pública, ni se mezcló con corrillos de jóvenes que discuten, con su propia elaboración, lo que el profesor dijo en clase, bien o mal dicho. Parece que Johnson anduvo en alguna de esas típicas Universidades Privadas, erigidas para la satisfacción de los que tienen plata.


Le faltó a Johnson investigar, por ejemplo, cuántas personas ingresan a la educación superior, en edades que van de los 30 a los 45 años, después de haber estudiado secundario para adultos, o con el secundario finalizado hace ya muchos años. Le sorprenderían las cifras, pero más todavía los motivos: las personas se cansan de ser solamente empleados o funcionarios que trabajan 20 años, se jubilan y ya. Muchos se ven obligados a «ganarse el pan» porque estudiar fue un lujo que no se pudieron permitir más jóvenes, pero después notan el vacío. Algunas compañeras, mayores de 40 años, que tuve durante el primer cuatrimestre, dejaban de percibir importantes ingresos por haberse decidido a estudiar. Antes de la Universidad, trabajaban como asalariadas o por horas y los años las habían premiado con buenas pagas, pero pocas satisfacciones, excepto ser los bueyes de un sistema que poco comprendían. Cambiaron ese sacrificio por uno que les parecía más noble y productivo. Ya no se levantaban a las seis de la mañana para ir a la fábrica, pero sí para ir a la facultad y esta última les resultaba mil veces más difícil y tortuosa, pero también mil veces más prometedora. Luchaban contra la idea de que están en el ocaso de la existencia, para comenzar con bríos un proyecto nuevo y de tantas ganas que tenían, eran excelentes alumnas. Inexplicablemente, a pesar de lo aburrida que era la clase de Semiología, ellas se sentían personas con un futuro diferente: un futuro en el que ellas producen y crean, en lugar de ser ellas las producidas y moldeadas según el cumplimiento de sus necesidades básicas.

Las cosas que a veces se encuentra uno por ahí…


4 comentarios

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No puedo estar más de acuerdo con este comentario. Lamentablemente, al señor Johnson le falta calle, le falta pueblo y le falta universidad pública. Pero lo peor de todo, es que tras haber leído el citado articulo, puede afirmarse que le falta rigor, le faltan luces y le falta erudición.

Tengo la impresión que el escritor, historiador y periodista británico y católico Paul Johnson, no quizo dar a entender lo que entendiste; lei el articulo y no ví lo que viste, en mi opinión, todo está dicho en su resumen, despues de haber dado una crónica de la universidad y de sus imperfecciones… todo lo dijo en el resumen final: «¿para qué sirven las universidades? Son para estimular la investigación, promover el conocimiento
y definir lo que está bien repasándolo de lo que está mal. Así, de esas casas de estudios saldrán
individuos que se beneficiarán con este triple objetivo. Los hombres son criaturas imperfectas y las
universidades son instituciones imperfectas pero nuestro esfuerzo permanente debe apuntar hacia la EXCELENCIA».

Yo estoy de acuerdo, en lo que dice:
primero debemos aprender y ser seres humanos por excelencia, que una buena o mala persona sepa las verdades sobre temas de ética, valores, moral, etc., evitar politizar, desarrollar en ciencias, la idea es aportar con tu EXCELENCIA a tu entorno, tu familia, tu ciudad, tu pais… no habla de la formacion de las carreras en si, sino para que sirven las universiades, y estan deben aportar a solucionar problemas, como la violencia, formar personas que trabajen para la paz… etc.

el dice «Resulta de gran importancia subrayar que por más esfuerzos que se hagan para obtener
conocimientos, la universidad no puede dejar de lado la dimensión moral».

SALUDOS CORDIALES
RAQUEL PASTOR

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