Testamento

Santiago, Chile, 2010.

No te puedo legar nada, porque no tengo nada. Es decir, tengo algunas pocas cosas. Un departamento en el centro de Santiago, una enorme biblioteca que crece y crece, y el computador en el que estoy escribiendo. Como ves, no es mucho, y no te sirve. Tú, que vienes detrás de mí, tienes maletas nuevas. Todavía al lado de tu ropa y tus enseres caben unos cuantos sueños doblados, perfectamente planchados y perfumados. Todavía.

Escribo estoy hoy, el día en que se ha vencido el tiquete de regreso al trópico en el que nací. He decidido que desde hoy, y para siempre, lo primero que verán mis ojos cuando me despierte será la cordillera. Cuando lo decidí, pensé en ti. En verdad fue hoy después de ir al Departamento de Extranjería, esa sofocante Babel, y pensé en ti, y pensé en mí, y creí buena esta idea, la de redactar mi testamento. Ciertamente no sé qué tan válido, porque los trámites de notaría son horribles y sí sé que pospondré la legalización de este papel por años, como hasta el 2070, cuando me muera. O después. O antes.

No tengo nada qué dejarte, te decía al principio. Además, ni siquiera sabes que eres mi heredero. Es a mí a la que, en este rapto de locura, se le ocurre tomar prestadas – o robadas – algunas cosas que te resultarán muy útiles en su momento, y legártelas.

Primero: La fuerza del invierno. Que nace de muy adentro, no sé exactamente en dónde, puede  ser en el corazón, o en las entrañas, pero surge, todas las mañanas de invierno, al frotarse las manos  como un endemoniado en la puerta de lo que sea: de la construcción, de la casa de la señora rica, de la empresa, de la universidad… Una fuerza que lo retiene a uno, que lo detiene para no salir corriendo como un vil cobarde a refugiarse en el trópico maravilloso.

Segundo: La cordillera. La guardiana de infinitos kilómetros. En un día despejado, hay que pararse frente a la cordillera y mirarla hasta que los ojos duelan, porque cuando llegan los mantos pesados de niebla y de smog, tendrás que cerrar los ojos y ver allí esa cordillera que se esconde detrás de tanta espesura.

Tercero: La poesía. Porque si un día se te ocurre que tomaste la dirección equivocada, tal vez un poeta, uno solo de los muchos que aquí nacen, puede enrumbar al menos tu pensamiento. Por eso, al final de este testamento, te dejo como prenda final un poema de los que más me gustan. Ya sabes que escribo este testamento en el año del bicentenario, y tú, hermano inmigrante, celebras como invitado el cumpleaños de otras tierras que no son las tuyas – ni las mías –, unas que son prestadas. Aunque quién sabe, quién sabe… En cien años más, cuando tus hijos y mis hijos lean esto, tal vez se echen a reír y se queden mejor con el poema:

En una estación del Metro
Óscar Hahn

Desventurados los que divisaron
a una muchacha en el Metro

y se enamoraron de golpe
y la siguieron enloquecidos
y la perdieron para siempre entre la multitud

Porque ellos serán condenados
a vagar sin rumbo por la estaciones

y a llorar con las canciones de amor
que los músicos ambulantes entonan en los túneles

Y quizás el amor no es más que eso:

una mujer o un hombre que desciende de un carro
en cualquier estación del Metro

y resplandece unos segundos
y se pierde en la noche sin nombre

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Hola Laura. He caído por suerte en tu blog buscando información de Alberto Salcedo, pues ayer estuve en un conversatorio titulado: Periodismo y Literatura, ¿realidad o ficción?, en el marco de la “Fiesta del Libro y la Cultura” en Medellín. Donde estaba Alberto junto a Jorge Franco. Alberto Salcedo me pareció una persona que combina la calidez con el intelecto de manera magistral. Habían muchos jóvenes de 15 a 20 años, “ya sabemos por quien”. Al final le pedí un autógrafo a Alberto, dejando a Jorge con su tumulto juvenil y todo acabó tan frio y solitario como tantas cosas. Mi curiosidad por saber más sobre este excelente cronista me llevó hasta este blog, donde ahora sé; no voy a poder librarme de satisfacer mi sed de escuetos conocimientos. Hasta pronto.

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