Yegua de paso fino

Santiago, 9 de noviembre de 2013

Querido Horacio,

Acabo de leer tu carta. Es muy justo ese reclamo que me haces sobre los reinados de belleza. Lamento mucho lo que me cuentas, que recibiste el diario El Espectador y te encontraste con que la tapa era una foto de la Señorita Colombia acompañada de ese título tan desafortunado: «Nueva Ilusión». ¿Se supone que el país comparte una ilusión colectiva relacionada con que la supuesta mujer más bella de Colombia finalmente, un día, se corone Miss Universo? Quién sabe, Horacio. Nunca vamos a terminar de entender la sociedad en la que vivimos. Yo nunca he entendido ese gusto por premiarle la belleza a una mujer. La belleza a secas, porque ambos sabemos que en esos concursos, si hay niñas inteligentes, no hacen ningún esfuerzo porque se les note. No en la misma proporción con que se cuidan las tetas, el culo y demás partes del cuerpo. A mí también me molesta que los medios se hagan eco y le den tanta importancia a un evento tan insulso, pero los que solemos quejarnos de esto somos minoría y, además, una minoría rechazada. Supongo que debo hacer un esfuerzo por entenderlo, que la democracia es así, que todos cabemos en este mundo, cada cual con sus ideas incluidos nosotros con las nuestras. Pero acá mismo te digo lo que pienso.

Pienso, por ejemplo, que la belleza de una mujer es algo tan accesorio como unos aritos o una pulsera y que armar un show para premiar algo así es idiota, porque, ¿qué es lo que realmente hace bonita a una mujer?, y, sobre todo, ¿qué hace que una mujer quiera exhibirse y ser juzgada por ello? No hablo en términos puritanos, no me malentiendas. Me pasaría de hipócrita porque uno de mis trabajos consiste en escribir para la versión online de una revista en la que, si quieres llegar a mis textos, debes saltar antes por una variedad tremenda de fotos de niñas desnudas. No, Horacio, no. Me refiero a que, por mucho que se lo busco, no le encuentro el sentido o la lógica a un reinado. Te pareceré engreída por lo que voy a decir, no es mi intención, pero esa mujer que se para allá arriba para que la «coronen», y que se jura en ese instante ―con toda la razón, por lo demás― la más hermosa del país, a mí no me parece más bonita que yo ni que ninguna otra mujer común y corriente. Decir esto, por supuesto, implica aceptar que no soy ciega y que puesta frente al espejo veo claramente que me sobra culo y cadera, me faltan tetas y cintura, tengo estrías, incipientes arrugas, algunas canas y mido solo 1,65 cm. Aún así, aún consciente de todo eso que veo, y más, no creo que ella, la joven «X» del departamento «X» represente algo para mí. Al contrario, siempre me ha dado tristeza ver sus presentaciones: casi todas son estudiantes de últimos semestres de sus carreras, algunas incluso profesionales. Eso hace el espectáculo más ridículo y retrógrado.

Tengo este recuerdo que quiero compartir contigo: hace un año largo estuve en Cartagena para mis vacaciones y justo coincidió con el Ficci (Festival Internacional de Cine de Cartagena). Quedé de encontrarme con una amiga muy querida y su marido, a la salida del Teatro Heredia. A la hora acordada me paré a la salida del teatro a curiosear porque en realidad había muchísimo movimiento: cámaras de televisión por todos lados, alfombra roja, cables que iban y venían, reporteros apeñuscados en la puerta. En un momento salieron del teatro algunos personajes. Por lo que pude averiguar aquí y allá, más lo que leí en los carteles, se trataba de lo más lógico en ese contexto: un cineasta colombiano acababa de presentar su película en el Festival y los asistentes, por supuesto, eran todos muy famosos. Todos los asistentes estaban abandonando el teatro, pero los reporteros seguían ahí, lo que era clara seña de que la gente importante aún no daba la cara. En un minuto se disparó un fuego interminable de flashes. Cuando cesó, la vi a ella. Espléndida: la Señorita Colombia. Caminó por la alfombra roja, secundada por un señor vestido de blanco impecable, calvo, sudoroso. Con esfuerzo lo reconocí: Raimundo Angulo. Desde mi esquina modesta pero privilegiada, vi cómo él la sacó aparte, en un descuido de los reporteros que se voltearon a mirar a otro personaje ―seguramente más famoso que la miss―, y comenzó a reprenderla, cuidándose mucho de que no se notara que lo estaba haciendo. Ella, paciente y sonriente, le atendió los regaños.

Entonces corroboré una tesis que sostuve por muchos años: ser reina, al menos en Colombia, es convertirse en una yegua de paso fino, y la corona y demás atributos del premio no son más que las riendas.

Besos, Horacio.

Laura.

Author: Laura García

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