Laura García

Selección Poética (I)

Comienzo el 2006 con poesía. Debo confesar que tenía muy abandonada la lectura de este género. Sin embargo, una maravillosa visita a Santiago de Álvaro Castillo Granada, me tendió un puente que me acercó de nuevo a la poesía.  De esa exquisita Selección Poética, Me referiré a cuatro autores, comenzando con Ramón Cote Baraibar y su libro Poemas para una fosa común.

SOBRE EDICIONES SAN LIBRARIO

Dos de los libros de poesía a los que me referiré, son ediciones realizadas por Ediciones San Librario. Y no puedo dejar de referirme a ese santo: San Librario. Originalmente, este es el nombre de la mejor Librería especializada en libros: “nuevos – viejos – raros”, como ellos se autodefinen. Uno de sus propietarios, Álvaro Castillo Granada, es miembro de honor de este Club. Lector de oficio, con carrera propia, y un librero, sin dudas, de corazón y sangre, que mantiene en este Templo de los Libros, una pasión viva, que es contagiosa. Después de varios años, erigida con prestigio, San Librario se ha aventurado a una prudente, pero exquisita serie de ediciones y reediciones, de autores, principalmente colombianos, que contempla dos tipos: Serie Sin Carátula y Serie Sin Ausencia. Sin duda, a corto plazo, Ediciones San Librario tendrá mayores demandas y ampliará su prestigio. Por el momento, su selección de obras, principalmente en los géneros de poesía y narrativa  corta, ha sido muy atinada. Quiero a través de este blog, felicitar a Álvaro y a Ediciones San Librario, por hacer este esfuerzo que yo interpreto como una extensión de la librería y, tan importante como ello, un homenaje para los autores y obras selectas que han publicado y que espero sigan publicando por muchos años más.

RAMON COTE BARAIBAR: DE RECUERDOS Y DE OLVIDOS

Ramón Cote Baraibar
Ramón Cote Baraibar

Sin imaginarlo, cuando Álvaro trajo a mí Poemas para una fosa común, del maravilloso poeta Ramón Cote Baraibar (Cúcuta, 1963), se encargó de hacerme un regalo por mi cumpleaños número 20. Resulta que hay un juego temporal que me tocó, coincidencialmente (o mágicamente), con esta obra. A los veinte años, Ramón Cote ya la había escrito y fue publicada originalmente en 1985, y veinte años después, Ediciones San Librario la  reedita por tercera vez, como apareció originalmente en 1985. Y los veinte de Ramón, hace veinte años, son ahora mis veinte. Y qué se supone que tiene que ver esto? La prueba de que ciertas obras pueden tansgredir los pasos del tiempo – e incluso muchos kilómetros de cordillera -. Definir Poemas para una fosa común no es sencillo. Y es que, más que poemas, lo que hay en este libro son pequeñ las narraciones líricas,  pequeñas cotidianidades y sentimientos, expresados desde una profunda introspección del autor, que al convertirlos en palabras, en líneas, en versos, hacen un cúmulo de nostalgias que, como su título lo indica, van a parar a una fosa común, esa conocemos como la memoria. En los primeros años de publicación y como el mismo Cote Baraibar lo indica, se pensó que con ese título, él quería dar a entender alguna idea política específica. Hoy, puede pensarse en un tema muy recurrente como la muerte. La verdad, es que Poemas para una fosa común, se constituye en un compendio de recuerdos y detalles humanos que no pueden dejarse por ahí desperdigados, que deben repasarse y masticarse de vez en cuando. Construida, seguramente, bajo la tácita influencia de Borges y tan libre como el estilo de sus versos, esta obra mantendrá los ecos de la memoria, de la soledad, del olvido, del amor, la vida y la muerte, muy seguramente, por otros veinte años más.

MUESTRA DE POEMAS PARA UNA FOSA COMUN

Blake, con bicicletas

Para observar la muerte así,
de ese modo, hace falta haber adquirido
previamente una absoluta irreverencia
o tener muy presente en la memoria
cierta temprana travesía,
para convencernos con resignación
de que las decisiones más importantes
nunca las tomamos nosotros.
Una lápida siempre se debate
entre la súplica y la réplica.
sobre la tuya
el amor te ha ido tiñendo
de un ámbar derretido, prófugo difícil.
No nos perteneces, aunque una piedra
se empeñe en representarte entre los hombres,
ni a los muertos, que sometías
con pájaros y cadenas cuando llegamos.
En esa línea donde todo desaparece

te sitúas para seguir permaneciendo.


Ramón Cote Baraibar nació en Cúcuta, Colombia, en 1963. Hijo del gran poeta colombiano Eduardo Cote Lamus, ha dado a conocer los poemarios Poemas para una fosa común (1984) y Poesía (1992), que lo revelan como un poeta de sorprendente madurez y de elevado tono. Informe sobre el estado de los trenes en la antigua estación de Delicias fue editado en Venezuela en la colección Pequeña Venecia, en un volumen que recoge buena parte de su trabajo. Ramón Cote ha estado desde muy joven vinculado al mundo cultural y diplomático. Es autor de una importante antología de joven poesía latinoamericana, Diez de ultramar, publicada por la Colección Visor en Madrid en 1992.

Rodrigo Lira

Es todo un personaje dentro de la literatura chilena. Se trata de RodrigoLira (Santiago, 1949 – 1981). Un

Rodrigo Lira
Rodrigo Lira

irreverente polémico y loco, cuya poesía no debe ser excluida, ni obviada dentro de las antologías poéticas chilenas. Su carácter solitario y esa manía de la reacción exagerada frente a los autores que eran sus contemporáneos, lo llevaron a cometer algunos excesos, como corregir, hasta la fatiga, una novela del también escritor Enrique Lihn, su contemporáneo. El atrevimiento de Rodrigo, fue respondido por Enrique Lihn con un soneto que expresaba su disconformidad:

«Halagándome siento don Rodrigo
de un ejemplar de vuestra mano pía
– La Orquesta de Cristal – se me confía
a mi que (¿soy su autor?) mi buen amigo.

Veo que ese pasquín le importa un higo
Lira, pues de otro modo no sería
Plausible que se enferme de miopía
Mendandolen la plana que le digo:

Enrique Lihn – mi invento – el escribano
De erratas tales y a granel, le tiende
Confusamente mi interpósita mano.

Ha trabajado usted como un enano
Y eso, Lira ejemplar, muy bien lo entiende
Otro gigante, Respetable Hermano.»

El soneto tiene dos firmas, la del mismo Enrique Lihn y la del álter ego de este y protagonista de la obra «La Orquídea de Cristal» Gerardo de Pompier.

Rodrigo Lira estaba loco, literalmente. Los médicos le habían diagnosticado «esquizofrenia hebrefénica». Un desorden mental que influyó en su decisión terrible del 26 de Diciembre de 1981, cuando cumplía 32 años y se suicidó. Y esa locura, ¿también influyó en su excelente poesía?. Seguro. Un autor puede ser influido directa o indirectamente por su propia enfermedad, pero eso no lo hace mejor, ni peor, simplemente lo hace más humano. Rodrigo Lira fue un exponente de la poesía con visos de cultura pop, de una escritura nada pulcra, desordenada, como su mente, desprovista de la claridad lírica de autores como el mismo Lihn. Y es precisamente la forma, los trazos que hace con las palabras, lo que dibujan un mapa sin norte ni sur, de sus temáticas con muchos contenidos: social, emocional, personal, entre otros. Leído, un poema de Lira puede resultar al oído, lo más atípico a un poema, pero las mismas palabras se resisten al sonido de ser solo palabras y se convierten, gracias al ritmo que él sabía controlar perfectamente, en un diálogo fluido, dentro de uno
mismo, con el autor y su pensamiento. A pesar de esto, la sensación que deja después de su lectura, es de estar frente a un túnel muy oscuro. Quizás la mejor palabra para definir esa sensación es vértigo. Y es al vértigo al que hace alusión Roberto Merino, en el prólogo de un libro póstumo del autor, publicado como reedición en 2003, llamado: «Proyecto de Obras completas». Este mismo, ya había sido publicado por primera vez en 1984, editado y compilado por Enrique Lihn y Oscar Gacitúa, con una tirada de 500 ejemplares. Esta obra tiene su origen en una carpeta que Rodrigo elaboró cuidadosamente con varios de sus poemas, para participar en el concurso de poesía de la Municipalidad de Santiago y que envió poco antes de morir. Oscar Gacitúa, conserva, además, la obra pictórica de Rodrigo Lira, que no es menos impactante que su obra poética. Con intrincamientos y laberintos insondables. Eso sí. En ambas hay una mirada bien definida, ni profunda, ni marcada, solo bien trazada, hacia lo abstracto. Lira es uno de esos autores de vidas intensísimas, que dejan una huella y una tremenda inquietud por los ríos desbordantes de talento, que navegaban en medio de horribles pantanos de soledad, licor y demencia. Su poesía es una parte importante en la historia literaria chilena, como ya lo dije, pero no por la intensidad de su vida, no por el odio tan cercano al cariño que expresaba por sus contemporáneos, como el mismo Lihn y que generaba tanta polémica entre los de su generación, sino por
la capacidad, en medio de los evidentes problemas que tenía, de transmitir esa misma intensidad, desordenada y febril, en una obra que hoy debe ser leída con respeto y considerada con actitud atemporal. Rodrigo Lira puede estar tan vigente para los lectores hoy, como lo estuvo para los amigos y colegas de clandestinidad de su época (entiéndase Gregory Cohen, Roberto Brodsky, Mauricio Electorat, Francisco Zañartu y Diego Maquieira, entre otros). Clandestinidad por gusto y no por necesidad. Cuando todos eran más jóvenes y hacían juntos locuras, mucha literatura y veían decaer a un hombre que era la encarnación misma de la locura vuelta extravagancia poética.


MUESTRA DE POESIA DE RODRIGO LIRA

Nada ha muerto
sólo mi mirada
Desolada
Os digo que nada ha muerto
Que me jugué las cartas,
Los poemas
Y todo se carcome
Hasta la bestial soledad
El inencontrable muerto amor,
Que no vale la pena
Un vino tibio. Rojo
Alegorías
La puerta se ha cerrado.
De ahora referencias

Los golpes hermano, los rudos golpes
En la crónica roja documentando
Mi silencio
Los golpes hermanos, los rudos golpes.

COMUNICADO
A la Gente Pobre se le comunica
Que hay Cebollas para Ella en la Municipalidad de Santiago.
Las Cebollas se ven asomadas a unas ventanas
desde el patio de la I. Municipalidad de Santiago.
Tras las ventanas del tercer piso se divisan
unas guaguas en sus cunas y por las que están un poco más abajo
se ve algo de las Cebollas para la Gente Pobre.
Para verlas hay que llegar a un patio
al patio con dos Arboles bien verdes
después de pasar por el lado de una como jaula
con una caja que sube y baja
después de atravesar una sala grande con piso de baldosas
y con tejado de vidrio
con unas señoritas detrás de unos como mostradores
después de subir unas escaleras bien anchas
después de pasar unas puertas grandes
en la esquina de una plaza que se llama»de Armas»,
en la esquina del lado izquierdo
de una estatua de un señor a caballo, de metal,
con la espada apernada al caballo
para que no se la roben y hagan daño.
Ahí, debajo de las ventanas con las guaguas,
están las Cebollas.
No sé si podra conseguir
unas poquitas.
El caballero que maneja el ascensor ese, con paredes de reja,
me dijo que eran para la gente pobre.
Después, dijo algo del Empleo Mínimo.
Yo tenía que irme luego a comprar un plano de Santiago y una máquina de
escribir.
(sucedido y escrito en junio de 1979).

SOBRE RODRIGO LIRA
Rodrigo Lira nació en Santiago en 1949 y realizó sus estudios en el colegio Verbo Divino y luego en la Escuela Militar. Intentó varias carreras universitarias: sicología, filosofía, arte y lingüística. Su campo de actividades se centró en el ex-pedagógico de la Universidad de Chile, al cual llamaba su «nicho ecológico». Su trabajo poético tuvo difusión en el ámbito universitario y en revistas literarias publicadas por pequeñas agrupaciones surgidas en los años ‘80. Durante su vida ganó algunos concursos, siendo el más significativo el organizado por la revista «La Bicicleta» en 1979, triunfando con el poema «4 tres cientos sesenta y cincos y un 366 de onces». A temprana edad se le diagnosticó esquizofrenia, la que influyó de manera decisiva en los principales aspectos de su vida. Pero nunca perdió la característica del humor y el sarcasmo. Fue un hombre necesitado de mucho afecto y quizá sea por eso que su manera de vestir o lucir su figura era una permanente necesidad de llamar la atención. Esto también se manifestó en su obra poética. De hecho en sus presentaciones -como recuerda Roberto Merino- «Lira se presentaba en los escenarios con un grueso rollo de papel, que se iba desparramando por el suelo en la medida en que leía». Poco antes de su suicidio el 26 de diciembre de 1981, a los 32 años, se presentó en el programa de televisión «Cuanto vale el Show», donde interpretó un parlamento de Otello de manera excéntrica y gesticulaciones sobreactuadas. Tras su muerte sus amigos y pequeños grupos literarios transformaron a Rodrigo Lira en una especie de mito urbano-transgresor.

La realidad vive de la ficción

Leo con atención la nueva narrativa latinoamericana, desde México hasta Chile y Argentina. Lo hago solo por estar al corriente con lo que las «nuevas voces dicen». Las «nuevas voces», por supuesto, es una forma de llamar al grupo de talentosos y no tan talentosos escritores modernos, que nacidos en distintos lugares de latinoamérica, tienen una forma muy interesante de escribir, de contarnos sus cosas y que han traspasado fronteras, precisamente escribiendo fuera de ellas. De mis lecturas saco muchas conclusiones. Algunos son aventajados alumnos de las figuras del boom, aunque se empeñen en negarlo y en diferenciarse de todas las formas. Álvaro Castillo, fuente inagotable de lecturas, un lector de marca registrada, me da un consejo: me dice que la vida es muy corta para todo lo que hay que leer, y que por tanto no me enfoque «principalmente» en la literatura contemporánea. Tiene razón. Pero no puedo evitar encontrarme con sorpresas muy bien escritas, con historias muy bien contadas y que me permiten llenar algunas cuartillas con conclusiones agradables. (Porque de las cosas que no me gustan, prometí nunca escribir, después de conocer un desagradable caso). De Héctor Abad a Santiago Gamboa y Fernando Iwasaki, me encuentro con obras interesantes, en las que muchas veces me he visto reflejada. Pero en esa línea trazada por los diferentes autores contemporáneos, hay una curva. Una especie de descanso en el camino, en el cual me detuve hace cinco años ya, y que volví a encontrar hace poco. Los libros no son los mismos cuando se leen en distintas épocas y es por eso que Rosario Tijeras de Jorge Franco Ramos (Medellín, 1964), ya no es la misma después de todo ese tiempo. La historia delirante de una mujer hermosa, fuerte y agresiva, detrás de la que se esconde una vida de situaciones extremas
de miseria y dolor que la llevan a meterse en el mundo de la mafia y el sicariato y a compartir su amor y sus desmanes de locura, con dos amigos de familias ricas. El narrador en la obra, es uno de los hombres que sucumbió al encanto de Rosario, y que sin duda fue el que más la amó. Desde los pasillos del hospital donde Rosario se está muriendo, el recuerda todas las vivencias que junto a Emilio su mejor amigo, experimentaron en compañía de Rosario, usando la técnica cinematográfica del «flash back», para darle la cuota de suspenso, emoción y fluidez a la narración. La vida de Rosario es fuerte. Todo, de la forma en que lo cuenta Franco, da una tácita justificación a las acciones de Rosario y esboza la situación real de un Medellín adolorido, tanto para la alta
sociedad, de familias acomodadas e ilustres e hipócritas, como para esa parte de la sociedad humilde y humillada, que vive en la periferia y que como Rosario, soportan una vida cruel. Y es en Rosario y sus dos amigos que se concentran todos los contextos sociales, todas las verdades de esa realidad que muchos autores, de un tiempo hasta ahora, intentan esbozar de una u otra forma, con las palabras y argumentos que son parte de esa realidad. Una forma, quizás, generalizada en los autores de ahora en Colombia, de romper lazos con ese realismo mágico que los precedió, para afrontar las verdades como son. Con las historias que ocurrieron. Pero el mérito de Jorge Franco no está en ese punto solamente, su validez, que le da a «Rosario Tijeras» (y a sus otras obras, sin duda) la fuerza de una historia imprescindible para el lector, radica en ser consecuente con la ficción. En la literatura, especialmente en los géneros que corresponden a la narrativa, la ficción es el insuflo de vida de la realidad. Es la ficción, es la aplicación de la imaginación y en ocasiones la fantasía (como decir que los besos de Rosario saben a muerto) lo que nos hace, a los lectores por lo menos, ver la realidad claramente, dilucidar algunas verdades, nuestras verdades, a través de un cúmulo de mentiras. Pero no cualquier clase de mentiras. Tampoco cualquier clase de ficción. Solo las mentiras bien contadas. Solo la ficción bien escrita.

Así, Rosario Tijeras elogiada y respetada por una nutrida crítica, y por quien esto escribe, es una obra que me suscita ahora, más que ayer, las mejores sensaciones, entre ellas, de encontrarme con un autor pulcro, con una obra apasionante de principio a fin, atrapante, en donde crujen juntos, la muerte, el dolor, la tristeza, la alegría y el sexo, vistos desde sus ámbitos más extremos, vueltos realidad y leyenda delirante, en la vida de una mujer: la misma vida de Rosario Tijeras.

SOBRE JORGE FRANCO RAMOS

Escritor colombiano nacido en Medellín. Estudió Literatura en la Universidad Javeriana y realización de cine en la London International Film School. Fue miembro del Taller Literario de la Biblioteca Pública de Medellín que dirigió Manuel Mejía Vallejo, ganando su primer concurso literario con el libro de cuentos Maldito amor (1996). Ha publicado las novelas Mala noche (1997), Rosario Tijeras (1999), su obra más conocida, traducida a varios idiomas, y Paraíso Travel (2000). Ha publicado cuentos y artículos en diversas revistas. Reside en Bogotá. (edlp)

Más del autor en:

www.jorge-franco.com

Encuentro con Gioconda Belli

Por Alvaro Castillo Granada

En Mayo, después de presentar su libro «El pergamino de la seducción» en la feria del libro de Bogotá, Alvaro Castillo se encontró con Giconda Belli. A continuación el producto final de este encuentro.

Alvaro Castillo Granada. Foto de Amir Valle

«Esto no me puede estar sucediendo a mí… ¿Por qué otra vez, apenas hace un minuto la ensayé y funcionaba perfectamente? ¿Por qué? La vez pasada fui a entrevistar a Jorge Regueros Peralta, cuando estaba haciendo mi investigación sobre la primera visita de Pablo Neruda a Colombia, y logramos, con Federico, que él leyera, con una voz de trueno, el tercero de los «Sonetos punitivos», aquel que dice «No te metas, Laureano, no te metas», de tal manera que a todos nos emocionó y casi nos hace llorar. Obviamente la grabadora no funcionó. Y hoy tampoco, cuando la prendo antes de empezar a conversar con Gioconda Belli. No puede ser, caballero, no puede ser…». Sí. Lo es. La grabadora nunca arrancó. Nadie da con el chiste. Nada que hacer. Zoraya saca unas hojas de su carpeta llena de papeles y me las extiende junto a un esfero rojo. Ni modo, tocó escribir. Gioconda, con su sonrisa del pasado y del presente, me dice: «No te preocupés, voy a hablar despacio. Tomá esta pluma, es más suave, escribe mejor…». Así empezó nuestro encuentro para hablar de la lectura, la poesía y lo demás. La que habla es la Gioconda:

«Mi abuelo materno, Francisco Pereira, era autodidacta. Sabía de todo y tenía memoria fotográfica. Cuando pasábamos vacaciones en la playa nos llevaba, a mis hermanos y a mí, montones de libros… Recuerdo unas ediciones de Julio Verne en dos columnas. Me lo leí todo. Me encantaban sus personajes, como tejía las historias… Viaje al centro de la tierra se nos convirtió en una obsesión a mí y a mi hermano. Había una montaña con un hoyo tapado con una piedra. Intentamos encontrar una entrada. También exploramos, con lámparas y todo, la «cueva del tigre». Lo que hallamos fue murciélagos. Mi papá me regaló El tesoro de la juventud. Me encantaba la mitología griega y romana. Devoré Mujercitas, Corazón… Después leí teatro, mi mamá era muy aficionada, era lectora, directora y actriz, fundadora del Teatro Experimental de Managua. Tuve hepatitis y pasé dos meses en cama. Comiendo helados y leyendo, era como estar en el cielo… Leí a Lope de Vega, Federico García lorca (ella montó La casa de Bernarda Alba), y a William Shakespeare a los catorce años (me encantaron Romeo y Julieta, El rey Lear, Julio César, ella recitaba el discurso de Marco Antonio de memoria: «¡Porque Bruto, como sabéis, era el ángel del César! ¡Juzgad, oh

Gioconda Belli
Gioconda Belli

dioses, con qué ternura le amaba César!». Después me leí Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Mi mamá me lo tenía prohibido. Me impresionó muchísimo esa idea de hacer niños, de los betas y deltas, donde decir «madre» era una mala palabra… En el internado, en España, leí La Celestina. No me gustó. También a Charles Dickens. Me sentía como una huérfana. Oliver Twist y David Copperfield me fascinaron. También Los miserables de Victor Hugo. Me sumergía en la lectura. Lo que más me gusta es sentir que a mí me están pasando las cosas. Yo era una niña callada y quieta. Los fines de semana me sentaba con un arrume de libros. Los devoraba. Siempre buscaba la manera de seguir leyendo (cuando apagaban la luz me metía debajo de las cobijas con una linterna). Leía rapidísimo. Mi mamá, muchas veces, me preguntaba asustada: «¿Ya terminaste?». En los Estados Unidos estudié una carrera técnica: periodismo y publicidad. Después empecé a leer novela gótica. Leí a Jane Austen, a las Brontë, Daphne du Maurier… Hasta que llegué a Edgar Allan Poe. Sus personajes, sus ambientes, no me dejaban dormir después de leerlo, me daba terror… Ligeia nunca se me olvidará. Regresé a Nicaragua y me casé. Seguí leyendo. Ciencia ficción, literatura fantástica, literatura erótica (por llamar de alguna forma aquellas novelas de Jacqueline Susan y Harold Robbins) y best sellers: Leon Uris, Alister Maclean. Después vinieron Arthur Conan Doyle y Agatha Christie. Cuando conocí al «poeta», mi mentor intelectual, empecé a leer a los latinoamericanos… Me decía: «Tenés que leer a Juan Rulfo, a Carlos Fuentes…», y yo me iba a una librería a buscar sus libros. Pedro Páramo me dejó alucinada. Qué novela más extraordinaria, su mundo, los diálogos, el tiempo. De Fuentes me fascinaron La región más transparente y Aura. Con Mario Vargas Llosa me sucedió algo curioso. No podía leer sus novelas. No me atrapan. Lo amo como ensayista. La orgía perpetua y García Márquez Historia de un deicidio son mis preferidos. Me gustó, recuerdo, La guerra del fin del mundo. Tengo ganas de leer algún día La tía Julia y el escribidor. De Julio Cortázar, por el contrario, me enamoré desde la primera línea de Rayuela: «¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua…». Un amigo me dijo que la leyera sin seguir el tablero de dirección. Después lo he hecho saltando, salteando y de todas las maneras habidas y por haber. Tiene momentos magistrales: el concierto de Berthe Trépat, la muerte de Rocamadour, el episodio del tablón, el capítulo siete… «Hay ríos metafísicos», él era mi Dios. Lo conocí el día que llegué al exilio en Costa Rica. Se presentaba en el Teatro Nacional. Dejé mis maletas y me fui a verlo. Sergio Ramírez me lo presentó. Después fuimos jurados del premio Casa de las Américas en 1981. Durante un mes estuvimos juntos. Ahí empezó la amistad. Le gustaban mis poemas, decía que sentía «envidia de los poetas»: «¡Pero si vos sos un poeta, che!», le gritaba. En mi ejemplar de Rayuela escribió: «Para Gioconda, quien contrariamente a lo que suele suceder salió del cielo para llegar a la tierra». Una obra maestra de la literatura erótica es su texto «Tu más profunda piel» (de Último round). Releo de cuando en cuando sus cuentos. Para mí Rayuela es lo máximo. Cien años de soledad también me deslumbró totalmente. A Gabriel García Márquez lo conocí en La Habana, bajo un aguacero, antes del triunfo de la revolución. Íbamos corriendo para la guagua. En Cien años de soledad me escribió: «Para Gioconda desde todo yo, Gabo». Con El amor en los tiempos del cólera me pasó que llegué al final y no quería que se acabara. Siempre que estoy escribiendo me «acompaña» un escritor. En Waslala me leí Faulkner (soy optimista y tengo algo de ingenua, me cuesta mucho la tragedia, el «pathos», esta lectura me ayudó a profundizar, a meterme más en los personajes). Virginia Woolf en La mujer habitada. En Sofía de los presagios, Howard Phillips Lovecraft. Ahora que lo pienso siempre leí poesía: el Siglo de oro, Rubén Darío, Pablo Neruda… Se me empezaron a ocurrir cosas: estaba en un lugar y llegaba un verso. Ahí empecé a escribir. Me indigesté de poesía. Rosario Castellanos, Juana de Ibarbourou, Miguel Hernández, Jorge Luis Borges (tiene uno de los poemas de amor más hermosos de la literatura: «El amenazado»). Muchos nicaragüenses: Carlos Martínez Rivas, Joaquín Rivas (tiene un verso precioso: «Es preciso que levantes la mano derecha para llevarme un recuerdo de árbol…»), Alfonso Cortés («Un pedazo de azul tiene la intensidad de todo el cielo»), Ernesto Cardenal, José Coronel Urtecho (su «Pequeña biografía de mi mujer» es maravillosa), Pablo Antonio Cuadra, Ernesto Mejía Sánchez… De ahí «mamé» la poesía. Centroamericanos leí, también, a Roque Dalton, Otto René Castillo, Ana María Rodas (sus Poemas de la izquierda erótica), Claribel Alegría, nuestra Emily Dickinson… Walt Whitman, León Felipe, T.S. Eliot (en sus Cuatro cuartetos encuentro siempre algo nuevo, «un montón de niveles metafísicos», como diría Cortázar). Juan Gelman me encanta. Hay algunos a los que llamo «poetas gatillos»: cada vez que leía, por ejemplo a Mario Benedetti, escribía. Me ponía en un estado poético. Pablo Neruda y Octavio Paz, por el contrario, se me meten en el cuerpo. Después de leerlos no puedo escribir. Tengo que esperar. ¿Qué es la poesía?: la caja de Pandora. Es una cuerda de guitarra que uno tiene adentro, está callada y hay algo que hace que esa cuerda vibre, la vibración es un eco que empieza a invadir todo el cuerpo, no la podés resistir y tenés que escribirla. Hay una reacción física: me agarra y me acelera el corazón. Es un aliento…».

Esto fue lo que pude anotar, apenas, a toda velocidad, intentando seguir el ritmo de sus palabras, los desvíos de sus recuerdos, los silencios de sus miradas. Lo que jamás podrá estar es el sonido de su voz, como cantando al oído, como si hablara sólo para vos, su sonrisa enigmática y el ardor de su mirada cuando recuerda un poema hermoso y lo recita y lo recita… Después de leer un poema de Gioconda Belli no somos los mismos, algo nos pasó. Lo que siguió después me lo guardo, fue una conversación larga, larguísima, acompañados por Patricia Miranda, sobre todo y lo demás: desde las series de televisión gringas hasta el clima, almorzando lentamente, siguiendo sus recomendaciones, tomando dos y más cafés, andando por las calles de la Candelaria, mientras atardecía y llegaba la hora de emprender el camino al aeropuerto y decirle antes de entrar a inmigración: «Adiós, Gioconda…muchas gracias…fue un placer estar contigo» y que ella nos diga: «Gracias, Álvaro, nunca me habían hecho una entrevista como la tuya: un recorrido por mis lecturas y mi vida». Y lo que es mejor: sin grabadora. Lo otro está en el corazón. Me queda también su paraguas negro con puntos rojos, se lo guardé en mi mochila y no lo devolví.

Alvaro Castillo Granada.

Santafé de Bogotá, Mayo de 2005.