El último pasillo

Divagaciones que escribo desde El último pasillo del mundo… Chile.

Podcast – Antes que anochezca/ Ep.2

Porque no es suficiente con escribir de libros, también hablo de libros. Este es el podcast en donde encontrarán comentarios, entrevistas y más.

En este segundo episodio tuve el placer de conversar con Andrés Sánchez sobre el libro que, además, da nombre a este podcast. ¿Por qué Antes que anochezca? Los invito a descubrirlo en esta charla espontánea e informal que mantuvimos con Andrés en donde exploramos por qué nos gusta tanto este libro y su autor. 

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Link para leer la reseña que escribí del libro.

Crédito: la música de este podcast es del grupo Cuban Cowboys 

Conversación interrumpida

Conversación interrumpida. Memorias.

Sebastián Edwards.

Ediciones Universidad Diego Portales, 318 pág.

 

De todas mis lecturas sobre la libertad, las que más disfruté, sin duda, fueron las de aquellas que se declararon conversos. Personas que militaron en el partido comunista o socialista de Chile, vivieron en aquellos años de Allende presidente y, poco a poco, algunos de maneras más trágicas y otros tragicómicas, se dieron cuenta de que estaban parados sobre un gran error conceptual e histórico y cambiaron el sentido de sus ideas. Para ninguno de ellos, en todo caso, fue un proceso fácil.

Sebastián Edwards es uno de esos conversos decepcionados de las ideas de izquierda. Catalogado como uno de los mejores economistas del mundo y sin lugar a dudas el mejor de Chile, Edwards publicó este año un libro en donde repasa su vida y la de su familia durante varios decenios, pasando por ese Chile que estaba dando pasos de gigante en las políticas socialistas y en el que hervían las ideas de izquierda. Este libro está escrito con muy buen humor, prosa elegante y lleno de anécdotas que dan cuenta desde la dura relación que tuvo el autor con su padre, hasta su llegada a la Universidad de Chicago a la ultra famosa escuela de economía cuyo personaje más representativo fue Milton Friedman.

Uno lee a Edwards y le dan ganas de ser economista. Es tan evidente su pasión por la economía que en este libro logra vestirla de elegancia y hasta poesía. Otro gran acierto es el desorden sutil de cada capítulo, que salta de un lugar a otro y del pasado al presente con el mismo capricho con que lo pueden asaltar a uno los recuerdos. Edwards, a pesar de su apellido muy rimbombante en Chile, nació en una familia de clase media, que pasaba las mismas dificultades y vivía la misma normalidad de cualquier otra familia. Sus padres se separaron cuando él apenas era un niño y su padre decidió irse a vivir a una chacra. La relación con el padre fue tensa casi siempre, carente de demostraciones mayores de cariño y con muchos más momentos vacíos que felices. No obstante, Edwards escribió este libro —y el título hace alusión a ello—, porque mientras vivía fuera de Chile, desde donde salió siendo muy joven, entendió que la relación con su padre había estado marcada, sobre todo, por la falta de comunicación y que al final de cuentas lo de ellos siempre fue una conversación interrumpida por el exilio del hijo.

Edwards, al igual que la mayoría de los que hoy son personajes reconocidos públicamente en Chile, tuvo un largo affaire con el socialismo y la izquierda, llegando a trabajar, durante el gobierno de Allende, como jefe en el departamento que fijaba los precios de todos los productos. No obstante, como él mismo cuenta en su libro, ese affaire duró cuatro o cinco años y tuvo su momento de mayor entrega con la admiración a la gesta revolucionaria del Che Guevara y Fidel Castro en Cuba y su momento de mayor decepción cuando Fidel visitó Chile en 1972 y ya Edwards tenía noticias claras y ciertas de la tiranía que ejercía el dictador en la isla.

Aunque tiene muchas anécdotas personales, amorosas y románticas, las más sabrosas son las políticas y fue cuando Edwars se desempeñó como funcionario del departamento de precios (Dirinco) en donde se escribe la que es, a mi juicio, la mejor y más potente anécdota del libro y que demuestra claramente el carácter de ese gobierno que fue un pésimo paso a la izquierda que dio Chile. La reproduzco a continuación:

«En varias ocasiones llegaron los padres de excompañeros del Grange a tramitar nuevos precios para sus empresas. Al verme ahí, creían que yo era uno de ellos, que venía a solicitar un aumento o una licencia. Cuando se enteraban de que yo era parte de la maquinaria del Gobierno y que de mí dependía cómo les fuera en su petitorio, quedaban asombrados, como si fuera imposible que alguien a quien sus hijos conocían apoyara a la Unidad Popular.

Anselmo Palma era un hombre bajo, con la cara salpicada de pecas, modales impecables y un vestir atildado. Era el padre de un compañero de colegio y de una amiga que me gustaba mucho. Trabajaba como gerente de la principal fábrica de té en bolsitas del país. En mayo o junio de 1973 llegó al ministerio para tramitar un alza a su producto. Al verme se sorprendió, pero al mismo tiempo entendió que yo podía ser su aliado y ayudarlo en ese trámite que podía tomar semanas y nunca llegar a buen final. El té era un producto popular que había desaparecido —tanto suelto como en bolsas— del mercado. No era extraño encontrar a señoras de todas las edades haciendo cola frente a almacenes o pequeñas tiendas de abarrotes buscándolo con desesperación. Después de hablarlo con Boris Riedmann, decidimos que este era un caso prioritario y que era necesario hacer un ajuste de precios a la brevedad. Le asigné el expediente a Dagoberto Parra, un funcionario eficiente pero cascarrabias, que aborrecía la idea de que yo, un muchacho de 19 años, pudiera darle instrucciones. En un comienzo todo anduvo bien, hasta que llegó el momento de considerar cuánto costaba el hilito que se usaba para armar cada bolsita. Según Parra, su costo era mucho menor —quizás un décimo— de lo argumentado por la empresa. Este desacuerdo trancó el proceso y una resolución que debiera haber demorado tres días se arrastró por varias semanas. Me pareció absurdo que el suministro de té en todo el país pendiera, literalmente, de un hilo, por lo que decidí que la manera más rápida de solucionar el impasse era agendando un cara a cara entre las partes. Anselmo Palma, con sus trajes ingleses, mocasines de cuero suave y pañuelo de tres puntas en el bolsillo de la chaqueta versus Dagoberto Parra, huraño y malhablado, a menudo sin afeitar y con un conocimiento al detalle de todos los reglamentos del ministerio.

Anselmo Palma llegó preparado. Trajo dos bolsitas y luego de sacar dos tazas y un termo de su cartapacio procedió a hacer una demostración. En uno de los casos el hilo se cortó luego de dos o tres pequeños tirones; en el otro el hilo se mantuvo firme, aun después de usarlo para estrujar la pequeña bolsa contra la cuchara. Una vez terminada la presentación, Palma miró a Parra con aire triunfal. “¿Ve?”, le dijo. “El hilo firme es el que necesitamos, es un hilo importado, proviene de Bélgica. Por eso es mucho más caro que el hilo nacional, débil y de mala calidad, un hilo que, como usted vio, se corta de buenas a primeras”. Dagoberto entrecerró los ojos y bostezó. Se puso de pie y dio un pequeño paseo dentro de mi oficina. Se asomó a la ventana y oteó el Palacio de La Moneda. Al sentarse, miró a Palma y luego a mí. Sacó un paquete de Viceroy de su chaqueta y, sin ofrecernos, encendió un cigarrillo. Dejó escapar el humo con lentitud. Volvió a mirar al empresario y dijo:

—Señor, usted y yo no venimos del mismo lugar. No frecuentamos los mismos establecimientos, ni comemos la misma comida. En mi barrio no nos damos ni cuenta si el hilo se corta o no se corta— De pronto se quedó en silencio, como si algún pensamiento profundo hubiera hecho una súbita aparición en su mente.

—Pero si se corta, la bolsa queda dentro de la taza— dijo Palma—. Es un gran inconveniente. Algo que a las dueñas de casa no les gusta. Es lo que han concluido todos los estudios de mercado.

Parra volvió sobre sí mismo, parpadeó un par de veces y apuntó:

—Señor Palma, esto es lo que nosotros hacemos si se corta el hilo—. Metió la mano en la taza, recogió la bolsita, la estrujó con los dedos y la arrojó sobre mi escritorio. Al caer hizo un ruido suave y amortiguado y creó una aureola húmeda, de color ámbar, sobre un oficio de la Contraloría que nos pedía cierta información sobre una empresa importante. Parra me miró por unos segundos y esbozó una sonrisa de triunfo. Había ganado esa partida. Se puso de pie, estirándose como un gato que recién sale de la casa y se pone al sol. Dijo:

—Es hora de la colación; me voy a almorzar— sin mirar a Palma salió del despacho dando un portazo

La tiranía de la igualdad

La tiranía de la igualdad: por qué el proyecto de izquierda destruye nuestras libertades y arruina nuestro progreso.

Axel Kaiser – Ediciones El Mercurio.

189 pág.

 

Este libro parte como un cuestionamiento que Axel Kaiser realiza a todo el modelo refundacional que surgió con mucha fuerza en Chile durante este segundo gobierno de Michelle Bachelet, y el que se describe y defiende ampliamiente en el libro El otro modelo. El cuestionamiento Kaiser lo hace, como no, desde las más puras ideas liberales clásicas. Aunque los detractores de Kaiser lo ponen al mismo nivel de un simpatizante a muerte de Pinochet, la verdad es que están lejísimos de entender la visión y las ideas de grandes hombres que se opusieron a la tiranía de los Estados controladores y supieron defender con argumentos y pruebas fehacientes la importancia de lo individual por sobre lo colectivo como la mejor forma de prosperar. ¿Tiene esto algo de cruel e insolidario? Para nada. La emocionalidad negativa que genera la defensa del individualismo y las libertades individuales es precisamente el error conceptual. Uno de los puntos fuertes de este libro es precisamente que Kaiser logra demostrar que una sociedad libre es incluso mucho más solidaria y empática.

Axel Kaiser

De todas las ideas que la izquierda tan hábilmente puede sembrar y hacer florecer en una sociedad, hasta lograr que se repitan a coro y sin ser cuestionadas, la de la igualdad es una que resulta particularmente atractiva, por lo fácilmente manipulable desde la emoción y porque cualquiera que diga lo contrario —es decir, que no somos ni tenemos que ser iguales—terminará siendo tachado de monstruo. Kaiser no defiende en su libro a la derecha, muy por el contrario, la critica y acusa de mediocre, puesto que, si las ideas populistas tienen tierra fértil en la sociedad, esto se debe también a esa derecha que, por ser enemiga de la lectura, poco cultivada, muchas veces tramposa y anoréxica culturalmente, se ve incapacitada para actuar en el mismo nivel del populismo: el de las ideas.

El postulado central del libro de Kaiser es claro, pero poco popular en nuestros días: «El problema no es de desigualdad sino de falta de recursos y eso se arregla con economía libre y creación de riqueza, no con su distribución y cosificación masiva.» Cuando nos paramos sobre la idea de la desigualdad, la tendencia es a querer nivelar la riqueza al nivel de la pobreza y no a dar elementos y capacidades a todos para que, por sus propios medios, salgan adelante. Para entender mejor esto, Kaiser hace alusión a un comentario cruel del exministro de educación, Nicolás Eyzaguirre, quien dijo: «Un corredor va corriendo con patines de alta velocidad, el otro va descalzo. El descalzo es la educación pública. Entonces me dicen, ¿por qué no entrenas más, por qué no le das más comida al que va descalzo? Bueno, es que primero hay que bajar al otro de los patines». La idea arraigada en la sociedad de que el rico debe bajarse de los patines y repartir por fuerza o por voluntad su riqueza entre los más pobres, destituyó a la idea de que todos podemos conseguir lo que queramos y que para ello basta con tener la libertad de procurarse los medios, en una sociedad en donde el Estado es solo un árbitro y no el dueño, amo y señor de todo. La libertad económica estimula el crecimiento, el empleo, el progreso, la producción científica y cultural y mantiene a toda la sociedad en estado de alerta: nadie puede echarse a esperar que papá Estado venga a resolverlo todo, y todos sí deben procurarse su bienestar. Además, es el libremercado (o el neoliberalismo, ¡el cuco!) el que desincentiva la corrupción. Otra teoría muy bien argumentada y desarrollada en este libro es precisamente la que demuestra que, cuando se le extienden ilimitados poderes al Estado, o se busca que este se haga cargo de todo, se sientan las bases para la corrupción y el robo, puesto que el poder político y el empresarial terminan amangualándose para monopolizar; Kaiser explica de forma muy didáctica la diferencia entre quienes defienden la libertad, o son pro-libertad, y quienes simplemente defienden al mercado. Las sociedades que apuestan por la libertad, por otro lado, motivan y potencian el respeto del otro, no importa su condición sexual, sus creencias religiosas y su condición económica.

Kaiser es abundante en citas, referencias a otros libros y renombradas investigaciones e investigadores. Pero lo más valorable es lo mucho que se nota que, para argumentar las fuertes críticas que hace al comunismo, al populismo, al socialismo del siglo XXI y al modelo refundacional en Chile, Kaiser buceó y estudio en profundidad toda la literatura política y económica que sustenta las ideas más clásicas de la izquierda, desde Rousseau hasta Gramsci.

Algunos subrayados del libro

«El problema es que la doctrina que separa al individuo de su voluntad y de su interés pretendiendo que existe una autoridad que sabe mejor que él cuál es su interés y que por tanto puede imponérselo desde el Estado, contiene los gérmenes del autoritarismo y del totalitarismo.»

«Podrá darle rabia a los socialistas que haya gente andando en Ferrari o vaya a buenos hospitales, pero así como los católicos están obligados a tolerar parejas homosexuales aunque no les guste y los musulmanes deben tolerar las caricaturas del profeta Mahoma, los socialistas están obligados a tolerar que los demás gasten lo que les pertenece como se les antoje.»

«Cuando Mao Tse Tung murió en septiembre de 1976, el 66% de los 1.200 millones de chinos vivían con menos de un dólar al día (un dólar al día es la definición de pobreza extrema que la Organización de las Naciones Unidas utilizó para declarar los objetivos del milenio en el año 2000). Un par de años después, su sucesor Den Xiao Ping introdujo el capitalismo como sistema económico en lo que, hasta el momento, había sido un país socialista-maoista. Después de cuatro décadas de economía de mercado, el porcentaje de chinos que vive por debajo del umbral de la pobreza es de menos del 0.3%. Cuando murió Mao, había 615 millones de ciudadanos pobres en su país. De ellos, un total de 612 millones de personas han dejado de ser pobres gracias a que el sistema económico ha cambiado»

El engaño populista

El engaño populista. Por qué se arruinan nuestros países y cómo rescatarlos.

Axel Kaiser – Gloria Álvarez

Ediciones El Mercurio, 260 pág.

 

 

Cualquier izquierdista que lea este libro dirá, no sin razón, que la junta de Gloria Álvarez y Axel Kaiser para escribir en contra del populismo y a favor de la libertad es como cuando se juntan el hambre con las ganas de comer.

 

Gloria Álvarez se hizo famosa en Iberoamérica por sus ideas libertarias y su defensa de la República, luego de su discurso en el Parlamento Iberoamericano de la Juventud, en Zaragoza, España, en 2014. Por lo menos muchos la conocimos gracias al video que se masificó, aunque la carrera de Gloria como activista libertaria data desde mucho antes del famoso discurso.

Axel Kaiser es el director de la Fundación para el Progreso, autor del libro La tiranía de la igualdad —de muchísimo éxito en Chile— y uno de los pensadores liberales más importantes de Chile, por lo menos en la actualidad.

Era inevitable que, con ideas y carreras tan similares, ambos terminaran escribiendo este libro que se transforma en un documento para cualquiera que busque entender el pensamiento liberal y la catástrofe que ha significado el populismo para Latinoamérica, en todas las formas que este se presenta: comunismo, socialismo, socialdemocracia e incluso en la misma derecha.

El engaño populista está estructurado en tres partes o capítulos. En el primero, los autores diseccionan con mucho juicio las ideas populistas, ancladas en gobernantes y políticos de cualquier ideología, sea esta de derecha o de izquierda. Hacerlo no representó dificultad porque ambos son lectores disciplinados y acuciosos tanto de los autores más representantes del liberalismo clásico, como de los pensadores que sentaron las bases de las ideas de izquierda y populistas. No podemos hablar de objetividad en este libro, porque los autores son honestos desde un principio: su objetivo es demostrar que las naciones que han prosperado en algún momento de la historia y las más prósperas el día de hoy, lo han logrado gracias a la puesta en práctica de las ideas liberales: libertad del mercado, restricción del proteccionismo y limitación absoluta de la intervención del Estado. Con respecto al Estado, los autores dejan en claro que a este solo le compete garantizar tres cosas básicas para cada individuo: su derecho a la vida (seguridad), su libertad y su derecho a la propiedad privada. Es poco menos que una herejía hablar de que el Estado solo debe garantizar estos derechos, cuando las sociedades —especialmente las latinoamericanas— le exigen otros muchos más: la salud, la educación, la vestimenta, la vivienda, etc. Una buena parte de este capítulo se dedica a demostrar que la gratuidad de cualquier cosa es una ilusión desde el punto de vista de la economía, como lo son los derechos sociales, pues detrás de la mentira de la gratuidad está la realidad de que, para hacer posible algo gratis esto inevitablemente se consigue privando —o exigiendo privarse— a alguien más de algo. Ese alguien puede ser una empresa y ese algo pueden ser sus utilidades. En este capítulo los autores, además, entierran todos los mitos que rodean a la palabra neoliberalismo, el ‘cuco’ preferido por los populistas.

 Gloria Álvarez y Axel Kaiser

El segundo capítulo está dedicado a entender cómo las ideas populistas han calado tan hondo en las sociedades, hasta el punto de que ser un libertario, el día de hoy, es solo sinónimo de ser facho o casi un monstruo. No son casuales las formas de impregnación del populismo, desde los intelectuales que han buscado calorcito en la fogata que encienden las ideas de Marx, Engels y Gramsci entre otros, hasta el mismo papa Francisco, quien ha demostrado un claro rasgo populista, la sociedad se ha ido sumiendo en una hegemonía cultural del populismo. ¿Es malo esto? Sí, en la medida en que todas las ideas contrapuestas son ahogadas, o llevadas a extremos que hacen parecer unos desgraciados a quienes las profesan. Uno de los análisis importantes de este capítulo es sobre el éxito que tienen las ideas populistas y su capacidad de calar en las sociedades y llevar a las personas a darles el poder a través de sus gobernantes, éxito que radica en la idea extendida, durante varios decenios, de que somos lo que somos debido a que somos víctimas. La victimización, famosamente ilustrada por Eduardo Galeano en la frase inicial de su libro Las venas abiertas de América Latina, se ha extendido en todos los ámbitos: somos pobres porque otros son ricos, no nos podemos educar porque otros sí pueden y así, hasta alcanzar el epítome de las victimizaciones modernas, esa que nos hace presas del monstruo: el imperialismo gringo.

En el tercer capítulo, mi favorito, los autores proponen cómo rescatar a nuestras repúblicas. No hablan de rescatar Estados, ni naciones, ni países, sino “Repúblicas”, un término bastante desconocido el día de hoy, porque lo han reemplazado, en una confusión dramática, otros términos y el más poderoso de todos, quizás, sea Estado. Acá es donde los autores se lucen con ideas bastante potentes. Mi preferida, de todas, es esa que propone restaurar en las sociedades, a través de la educación responsable de los individuos, el debate a través de argumentos, de ideas, de lecturas. Desistir de la emocionalidad que ha sido protagonista de las ideas populistas, desistir de la descalificación del otro por lo que tiene y no tiene, y concentrarse en las ideas. Las personas necesitan, por ejemplo, comprender mejor cómo funciona la economía de un país cuando el Estado debe hacerse responsable de todo, comprender la importancia de que su prioridad como individuos y no dejarse anular en el colectivismo es justamente el primer paso para una crear una sociedad más justa y, la más importante a mi modo de ver de todas las ideas de este libro: que la igualdad que se debe perseguir no es la material, sino la de oportunidades: todos debemos tener las mismas oportunidades —igualdad ante la ley— para, por nuestro propios medios, como individuos, con total libertad, construir la sociedad que esperamos.

Algunos subrayados del libro

«Nadie que haga una revolución en la historia ha llegado al poder para después dejarlo. Y ningún revolucionario ha legado a su sociedad una situación mejor que la que destruyó»

«El uso de la etiqueta ‘neoliberalismo’ es así una estrategia política para desprestigiar lo que en realidad se hizo en Chile, y que fue introducir un sistema de libre emprendimiento inspirado en ideas liberales clásicas que creen en la capacidad de las personas para salir adelante»

«A lo sumo se puede decir que el populismo socialista ha logrado cierta igualdad, pero una igualdad en la miseria»

Diálogo de conversos

Diálogo de conversos

Roberto Ampuero – Mauricio Rojas

Penguin Random House, 327 pág.

 

Un día de septiembre de 2014, Roberto Ampuero le escribió una carta a Mauricio Rojas invitándolo a que se conozcan. Las vidas de ambos habían tenido desarrollos muy similares, sobre todo en lo político, desde sus respectivas militancias en la izquierda, hasta su conversión al liberalismo.

La invitación se hizo realidad y Roberto Ampuero recibió a Mauricio Rojas en su casa de Olmué, una agradable ciudad al interior de la V Región de Chile (Región de Valparaíso). Allí, en el que Roberto Ampuero llama su Jardín de Epicuro y al pie del cerro La Campana —uno de los más bellos de Chile, sin duda—ambos hombres encendieron el tren de la memoria, comenzando en la estación de la Revolución, por allá en los años sesenta y terminando el trayecto en la estación de la actualidad, en el Chile del segundo gobierno de Bachelet que echó a andar la retroexcavadora.

Conversar es evocar en este libro. Ampuero comenzó como militante en las Juventudes Comunistas y Rojas se enroló en el MIR. Ambos tuvieron un entrenamiento para la revolución, pero el de Rojas fue más extremo. La familia de Ampuero no era precisamente comunista, pero la mamá de Rojas era militante socialista y marxista. En lo que ambos coinciden es que entregaron esos años de su juventud a luchar por un ideal con las mejores intenciones, creyendo que, con su lucha, con su militancia, con el conocimiento profundo de Marx y la aplicación de sus teorías estaban allanando el camino a un Chile más justo.

Mauricio Rojas y Roberto Ampuero

Sobre todo lo que los autores conversan y de los muchos temas que hablan, mis instantes favoritos de este libro son aquellos en los que ambos reconocen, con la valentía que se requiere para el caso, el enorme error que fue ese momento cumbre de la izquierda chilena en los años sesenta y su visión —que resultará estrafalaria y hasta hereje para más de uno— sobre la responsabilidad real de todos esos grupos de izquierda y sus respectivos militantes, en la nefasta consecuencia del auge de las ideas políticas de la izquierda en Chile, es decir, el golpe de Estado. Ambos coinciden en que lo que se vivió en esa época de la UP fue un clima de odio sin ninguna explicación plausible. Odio porque sí y ya. Aceptando que son injustificables las atrocidades que se cometieron durante la dictadura y aceptando que ninguna forma de coerción tiene cabida en las sociedades, Ampuero y Rojas reconocen lo que la izquierda chilena se ha negado durante años a aceptar: que sus acciones construyeron el desfiladero por el que Chile comenzó a hundirse y gestaron la respuesta reaccionaria de la ultraderecha.

Mauricio Rojas lo dice así: «Nosotros terminamos creando el monstruo que luego nos devoraría y esa es la gran responsabilidad que la izquierda chilena, con pocas excepciones, nunca ha tenido el coraje de sumir plenamente. Sí, nosotros estuvimos en primera línea en la obra de destrucción de la democracia chilena y luego vinieron los tanques y los generales para concluir, de manera bárbara, lo que nosotros habíamos iniciado»

Este libro es el repaso que dos voces honestas hacen de esa historia de Chile de antes y después de la dictadura. De sus huidas al exilio para darse cuenta de lo equivocados que estaban y empezar a reconstruir sus propias ideas y su propio camino, sin la presión de un partido. La cuestión era esa, a mi modo de ver: todos los que militaron en los distintos partidos de izquierda en Chile profesaban, más que una ideología, una filiación partidista que los anulaba como individuos, algo de lo que ambos autores dan amplia cuenta a través de las muchas anécdotas que cuentan.

Ampuero vivió en el corazón de los socialismos, primero en Cuba, de donde tuvo que salir porque no resistió más ese clima de opresión, para luego ir a la RDA, a donde llegó para pronto desear escapar al mundo libre cruzando el muro. Mauricio Rojas terminó en Suecia, desafiando todas sus creencias, que le venían de cuna y demostrando a través de sus propias tesis que Marx incurrió en numerosos errores que luego acabarían siendo replicados por gobernantes megalómanos. Uno de los momentos más tristes de la conversación es cuando Rojas cuenta cómo su mamá, después de leer la tesis en donde desarticula por completo al marxismo, le grita que le ha destruido la vida.

En la última parte del libro ambos autores conversan sobre sus ideas actuales, las que han venido desarrollando desde su conversión. Es una delicia leer sobre la importancia de la libertad en una sociedad, las experiencias en el mundo libre que tuvo Ampuero después de vivir la condena socialista y la carrera de Rojas hasta llegar a ser miembro del parlamento sueco.

Algunos subrayados del libro

De Mauricio Rojas:

«Así es y esa es la gran lección del desarrollo histórico: libertad y prosperidad van juntas porque la condición de una mayor prosperidad es la capacidad humana de crear cosas e ideas nuevas, de aventurarse en lo desconocido, de probar nuevos caminos, y eso se llama libertad»

 

«La verdad es que la izquierda de hoy es más un ‘antialgo’ —el capitalismo, la globalización, el neoliberalismo, el materialismo, el comercialismo, etcétera— que un ‘por algo’.»

De Roberto Ampuero:

«El retrovisor como mirada de futuro no conduce al futuro. A lo más te lleva a extraviarte o chocar»

«Los chilenos somos inmediatistas, es decir, vivimos instalados en el presente, carecemos de conciencia histórica y no leemos historia chilena, y sospecho que no tenemos conciencia clara de la historia más reciente»

«El fondo, el quid de la cuestión vuelve a lo siguiente: si se trata de enseñar a pescar a las personas o si el Estado regala los pescados, si reparamos y renovamos la estructura existente o la derribamos con retroexcavadora para construir una nueva y desconocida.»

Héroe

Santiago, 15 de agosto de 2013

Querido Horacio:

Quiero celebrar contigo que hoy, hace 113 años, dos meses y nueve días, nació en Polonia el abogado judío Raphael Lemkin: un hombre que está en los primeros puestos de mi ranking personal de héroes. Y en este momento te doy permiso de burlarte de mí por tener semejante Top Ten, en el que también figura Alejandro Olmos, a quien yo suelo llamar el verdadero patriota argentino y de quien te hablaré en otro momento.

[Estampas de Chile]#1: El dueño de la luna

Hace diez años que vivo en Santiago de Chile. Como es lógico, desde que llegué han (y me han) pasado muchas cosas. Me he tenido que acostumbrar a tantas otras más y he visto, oído y leído mucho,  y he recorrido muchos lugares, y he conocido muchos objetos y personas. No todo cabe acá, ni todo es relevante, pero de entrada he seleccionado doce estampas y postales que hacen más representativa esta ciudad y este país. No vienen solas, claro, las acompaña alguna que otra anécdota. Espero que disfruten leyéndolas tanto como yo escribiéndolas. 

De la muerte y del amor

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De la muerte*

De todas las historias de ficción que se han escrito sobre violencia, guerra y atrocidades que se cometen durante una guerra, El Espantapájaros (Alfaguara, 2012), de Ricardo Silva Romero, tiene una particularidad que la hace diferente de todas: la pureza de su crueldad.  En esta novela la protagonista es una masacre y el horror que esta conlleva. Hay víctimas, hay victimarios, están todos los personajes y elementos necesarios para configurar todo lo que se necesita para recrear una masacre. Pero, sobre todo, está la masacre en sí. La muerte como forma máxima de castigo, según la justicia del que empuña el arma, pero con el precedente de la tortura. El goce de ver sufrir al enemigo como alivio para la propia conciencia del asesino. Lo dicho: crueldad pura.

Fila india

Tomado de la novela Rosario Tijeras, de Jorge Franco

 

Siempre he pensado que en el amor no hay parejas, ni triángulos amorosos, sino una fila india donde uno quiere al que tiene delante, y éste a su vez al que tiene delante de sí y así sucesivamente, y el que está detrás me quiere a mí y a ése lo
quiere el que le sigue en la fila y así sucesivamente, pero siempre queriendo a quien nos da la espalda. Y al último de la fila no lo quiere nadie.