Cuaderno

Esa manía de la escritura a mano y de apuntarlo todo en cuadernos.
Notas propias y algunas prestadas.

Bendito seas, Rafael Pombo

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.

Jorge Luis Borges, El libro

Borges Oral

 

Fábulas para niños

 

Cuando yo estaba cursando segundo o tercer año de bachillerato, no lo recuerdo con tanta precisión, mi mamá comenzó a recibir llamados de atención de la profesora a cargo del curso. De acuerdo con su relato, yo presentaba un comportamiento que la tenía inquieta puesto que no estaba aprovechando lo suficiente la hora del descanso. Comía – cuando comía – rápidamente y el resto del tiempo lo pasaba en la biblioteca. No estaba desarrollando habilidades sociales, o algo así, palabras más palabras menos, le dijeron a mi mamá.

 

Se trataba de un colegio católico solo para niñas y lo curioso es que yo sí recuerdo haber tenido un grupito de amigas, haber salido con ellas en numerosas ocasiones a comer helado y haber socializado lo suficiente como para no preocupar a nadie. Lo recuerdo ahora y en ese entonces también lo creía así, ¿cuál era el problema? Se puede caminar y mascar chicle al mismo tiempo. Se puede ser sociable y a la vez leer mucho. Una cosa no quitaba la otra. O eso creía yo. La verdad es que la profesora algo de razón tenía. En mi casa sabían que lo mío era obsesivo y no tenía remedio. Creo que mi mamá no se alcanzó a alarmar con las quejas de la profesora, porque cuando llegó a la casa y les contó a mis abuelos, mi abuelo resolvió el problema de un tajo: “¡qué bobada! Mejor que le reclamen porque se la pasa metida en la biblioteca y no porque anda por ahí de vaga”.

 

Como nací huérfana de padre, esa ausencia la tuvo que suplir mi abuelo. La distancia generacional y el dilema entre malcriar como lo hace un abuelo y criar como lo hace un padre, lo obligaron siempre a tomar decisiones difíciles y en ocasiones tajantes con respecto a mi educación. Muchas de esas decisiones, vistas con el lente del presente, podrían parecer exageradas o anticuadas, pero sometidas a la prueba del pasado o puestas en el contexto de esos años, también podrían parecer muy modernas. Lo cierto es que en la casa él era la autoridad y como tal decidió que yo no pisaría la cocina para otra cosa que no fuera buscar agua y chucherías, que no sabría para qué sirve una escoba y un trapeador y que solo admitiría que aprendiera a tender la cama y eso porque le parecía una buena disciplina. Coser, bordar y tejer tampoco le llamaban la atención como oficios para mí, a pesar de que mi abuela era una experta modista, una impecable bordadora y tejía prácticamente obras de arte, por lo tanto prohibió que se me obligara su enseñanza. A pesar de su edad, de sus creencias, de ser un hombre tremendamente conservador, no quería que yo hiciese o aprendiese nada de lo que, al menos en su época y bajo su crianza, hacían y aprendían las señoritas de casa. Desconozco la razón de su espíritu tan moderno, pero mi abuela cumplió con advertirle que con eso solo lograría criar a una inútil que no sabe ni freír un huevo… y al final del día saber freír un huevo es un conocimiento necesario. Mi abuelo nunca admitió discusión al respecto, pero mi abuela siempre tuvo razón porque hasta el día de hoy soy de esas personas que hasta la ensalada se le quema.

 

La apuesta de mi abuelo fue arriesgada y su plan tenía dos componentes. Primero, mi abuela tenía que enseñarme a leer a temprana edad y segundo, él tenía que encargarse de que no solo se tratara de juntar letras y entenderlas sino de que además me gustara ese ejercicio por un tiempo prolongado. ¿Y si a mí no me hubiese gustado leer? ¿Y si yo hubiese detestado los libros? ¿Cuál habría sido su frustración y su sufrimiento si a mí leer me hubiese dado sueño, como a tantas personas les pasa? Todas eran posibilidades. Yo sé que él tuvo miedo de todas ellas porque alguna vez espié una conversación que tenían con mi mamá y él le decía que estaba muy agradecido con dios de que “a esta muchachita le guste tanto leer”.

 

Su trabajo fue paciente y dio frutos. Según lo que alguna vez me contó mi abuela, para que a mí me entrara gusto por la lectura mi abuelo creía que existía un libro infalible y único: las fábulas para niños. Encontró la que para él era la mejor edición, la de editorial Latinopal. Esa selección de fábulas fue una puerta inicial, pero no la puerta definitiva. Las fábulas funcionaron a las mil maravillas y me gustaron tanto que me engolosiné con el libro. Mi abuelo se encargó, entonces, de comprar una tonelada de libros similares, la mayoría cuentos infantiles. Le debo momentos maravillosos de mi niñez a señores como Esopo, Tomás de Iriarte, Félix María de Samaniego y el rey de todos: Rafael Pombo.

Mi abuelo logró generar una costumbre alrededor de la lectura que fue una mezcla de disciplina con estrategias para encantarme. El domingo leíamos juntos el periódico y poco a poco me enseñó a buscar cosas en los diccionarios enciclopédicos, también a forma de juego… Pero pronto el juego dejó de serlo. Los cuentos y fábulas estaban bien, el diccionario también, pero ya estaban repetidos. Entonces pedí que por favor me dejara sacar libros de nuestra biblioteca.

 

Años después supe que ese fue uno de los días más felices de su vida.

 

De Verne a García Márquez

 

No toda la biblioteca estaba permitida, por eso yo debía pedir por favor que me dejara sacar libros de ahí. Ya  lo dije, mi abuelo tenía una mezcla extraña de ideas modernas – al menos para su edad – con otras más anticuadas que no transaba. Había barreras y había condiciones. La más importante de todas era que él consideraba a García Márquez una lectura poco apropiada – por decirlo suave, la verdad es que lo llamaba ‘ese degenerado’-,  pero en la casa no había dictadura, ergo, estaban todos sus libros los cuales eran propiedad de mi mamá, quien sí era su lectora consumada y profunda admiradora.

 

Para resolver el dilema lo que hizo mi abuelo fue separar el polvo de la paja. Dejó en la biblioteca principal de la casa los libros permitidos y puso en la biblioteca secundaria, un poco más pequeña y ubicada en su oficina, los libros prohibidos: “quedan donde mis ojos los vean”, le dijo a mi abuela. Los puso en lo más alto de la biblioteca, mezclados entre su preciosa colección de búhos. Esa estrategia de segregación no era azarosa. Si a mí se me ocurría la gracia de buscar un banco para escalar por un libro, corría el riesgo de mover los búhos, o peor, de quebrar los más delicados, en su mayoría de porcelana y vidrio. Y si lo cuento con tanta precisión fue porque lo intenté una vez y me pillaron fácil: quebré el búho y lo intenté recomponer. Como él nunca dejó que aprendiera bien manualidades y siempre he sido muy torpe para esos menesteres, el delito se reveló muy fácilmente. Me llevé un regaño y una advertencia y, siguiendo el consejo de mi abuela, “dejé lo santos quietos en su altar”… o, en este caso, los búhos.

 

En la biblioteca de los libros prohibidos no solamente estaba García Márquez, también separó algunos libros de Gustavo Álvarez Gardeazábal – aunque este último sí le gustaba – y unas novelas románticas que no sabía por qué habían parado allá. Mi abuela y mi mamá le advirtieron que la censura le iba a durar solo unos cuantos años. “Eso en el colegio le van a poner a leer a García Márquez y hasta allí le llegó la gracia, viejo. Le toca bajar esos libros de allá”, le dijo mi abuela. Y así fue.

 

La biblioteca principal, la de los libros permitidos, dejó de ser un mueble empotrado en una pared y pasó a ser una puerta. La siguiente puerta. La que se abría al universo paralelo. La de escape. La de emergencia. Ahora que lo pienso, solo le faltaba un letrero coronándola que rezara “Exit”. Cuando mi abuelo hizo la correspondiente purga, me llevó al lugar y durante una tarde me explicó cómo estaban clasificados los libros y me dio permiso para reclasificarlos como yo quisiera. Me prohibió subrayarlos o hacerles algún daño. Debía cuidarlos como si fueran de vidrio, como los búhos de la colección. Si me gustaba algo y quería resaltarlo, debía tomar notas aparte en un cuaderno y transcribir con paciencia lo que quisiera resaltar. Con el paso del tiempo he traicionado esa orden perentoria y hoy mis libros – al menos los que no son ediciones de lujo – están rayados y con notas en los márgenes. Lo que sí conservo es la costumbre de tomar notas aparte en un cuaderno, sobre todo cuando el libro me fascina a un nivel tal que necesito comentarlo. Una vez recibidas las instrucciones, mi abuelo me entregó el primer libro que me recomendaba leer. Se trataba de una edición juvenil de un libro que hoy se consigue con mucha dificultad, El legado del Alquimista de Julio Verne. Al parecer esa no es la traducción más común del título. Dicho todo lo anterior, quiero aclarar que los libros no estuvieron libres de daños. Lo cierto es que es lo herí de una de forma que contaré más adelante y que, no sé cómo, pero pasó desapercibida… o eso creo yo.

Definitivamente mi abuelo sabía cómo hacía las cosas. Todavía me emociono recordando lo que El legado del Alquimista significó para mí. Lo leí sin parar, sin respirar, haciendo pausas justas para comer y para dormir, en dos días. Y pedí permiso para sacar otro libro. Mi abuelo me dijo las palabras mágicas, las más hermosas que me han dicho en la vida: “todos esos libros son suyos, sumercé”. Leer dejó de ser un simple pasatiempo y se transformó en un acto vital, como comer, dormir, tomar agua…

 

Pero leer también es un acto solitario. Requiere de tomar decisiones de descarte y de reemplazo. Implica estar cómodo o relativamente cómodo y no admite terceras compañías, es una conversación cerrada entre el autor y uno. Implica elegir entre quedarse leyendo o salir a esa invitación a un cumpleaños. O acompañar a la abuela a misa. O acompañar al abuelo a hacer un trámite. Era una decisión difícil y a veces me tocaba soltar el libro contra mi voluntad. De hecho, esa fue la frase perentoria que al final llenó mi casa, por muchos años, pronunciada en voz de mi abuela y de mi mamá: “Laura, ¡suelte ese libro y venga a comer! ¡No le repito más!”, “Laura, ¡suelte ese libro que mañana le toca madrugar! ¡Qué cosita!”. A veces mi abuela intentaba suavizarlo un poco: “sumercé, suelte ese libro que le van a salir las letras por las orejas”. Si el libro estaba muy bueno, la decisión era tortuosa. Mi abuelo entendía qué me pasaba sin que yo se lo explicara porque él también era un lector, oficio principal de sus días de jubilado.

 

Mi abuelo organizó sus días para estar durante las tardes en la casa, cuando yo ya estaba de regreso del colegio. De esa manera podíamos leer juntos. Él con su libro, yo con el mío. Eso para mí fue la felicidad y no he conocido ni conoceré algo que se le asemeje. No hablábamos, ni siquiera nos determinábamos, ni siquiera nos comentábamos los libros, pero ambos compartíamos el espacio y el misterio que envolvía a ese espacio. Cada uno por separado, a su manera, soñaba. Pero estábamos soñando el uno al lado del otro. Y esa felicidad duró todos mis años de primaria y de bachillerato. Duró doce largos y maravillosos años.

 

 

Zapaquilda, la bella

 

No faltó quienes criticaron mucho a mi abuelo por ese tremendo esfuerzo que parecía accidental pero que al final siempre fue minuciosamente calculado. Se había ahorrado los dolores de cabeza que puede causar una adolescente quien por naturaleza es rebelde, pero había criado a una muchacha solitaria y un tanto huraña, o al menos eso era lo que veían todos a su alrededor. Sus amigos lo acusaban de temer a la modernidad – la modernidad de esos años, claro –. Él siempre lo negó y siempre se sostuvo en que el futuro brillante que quería para mí estaba detrás de un escritorio y rodeada de libros, nada más. Finalmente, siempre se justificó y defendió acudiendo a dos hechos irrefutables: que yo no era tímida y que tenía mucho carácter, por lo tanto no tendría nunca problemas en la vida para hacer amigos o socializar.

 

Esto que diré ya son especulaciones mías, pero mi abuelo tenía la costumbre de ir al parque en las mañanas. Como buen jubilado, se encontraba en la “Plaza de Bolívar” con otros jubilados y esos jubilados también eran abuelos de nietas y nietos que tenían mi edad y que pasaron de ser niños a ser adolescentes en un contexto difícil. Ellos, en cierta medida, tenían algo de razón en sus preocupaciones. Casi todos vivieron historias muy tristes con sus “muchachos” y otros simplemente fueron afortunados, como mi abuelo, al que le resultó bien el plan. Conociéndolo como lo conocí, no me cabe duda de que enseñarme a amar a profundidad la lectura, tanto que se convirtió en una necesidad imperiosa en mi vida, fue un plan suyo muy bien diseñado y meticulosamente ejecutado para alejarme de ciertos peligros que estoy segura él, visionario como siempre fue, temió desde que yo llegué a su vida. Estoy segura, también, de que mi abuelo lidió en silencio con la idea de haber sido uno de los pocos que hiciera realidad un cuento de hadas, porque logró encerrar a su princesa en la torre de un castillo y le funcionó. Yo, en cambio, no sé cómo agradecerle a la vida, al azar y a él toda esta historia.

 

Después de leer El legado del alquimista me trepé en un sillón que había al lado de la biblioteca y escalé hacia el último compartimento porque los libros que allí había eran raros. Se trataba de una colección de libritos mínimos que cabían en la palma de una mano y que tenía por nombre uno absolutamente genial por lo preciso: “enciclopedia Pulga”, editada por Ediciones Grand Prix. Los revisé uno por uno y encontré títulos interesantes pero me decanté por uno, La tumba de hierro, del autor flamenco Hendrik Conscience. Al ser esta una colección española, su tendencia era a castellanizar los nombres, por lo que al autor lo llaman Enrique Conscience. En la colección también estaban Balzac, Dumas, Fray Luis de León, Miguel de Unamuno, Miguel de Cervantes y otros autores y obras clásicas de la literatura de las que me volví fanática. Mis recuerdos más emocionantes de casi toda mi infancia y juventud están relacionados con esos libros y con sus historias. Las alegrías que viví mientras los leía no las olvido y las sigo experimentando hoy.

Una de las fábulas con las que aprendí a leer y que aún hoy puedo recitar de memoria se titula La gata mujer, escrita por Félix María de Samaniego, uno de los mejores fabulistas a mi juicio. Cuenta la historia de un hombre solitario que se enamora de su gata y le pide a la luna que, como regalo, la transforme en una mujer para él poder desposarla. Aunque se le cumple el deseo, la ahora mujer no pierde su esencia de gata y el pobre sufre una decepción. La fábula comienza con el verso: “Zapaquila, la bella, era gata doncella / muy recatada, no menos hermosa / queríala su dueño por esposa” Recitarlo me parecía divertido y con seis años seguro se escuchaba chistoso. Mi abuelo lo disfrutaba mucho, tanto, que me llamaba Zapaquilda con una gracia que solo él tenía: “¡Zapaquilda, la bella! Que dice su abuelita que nos vamos para misa, alístese”. Los libros y la literatura – permítanme separar ambos a pesar de la delgadísima línea que los divide – permearon nuestras vidas siempre, en todo momento.

 

Comerse los libros

 

En un librito precioso y que disfruté mucho, Tocar los libros, del escritor y periodista español Jesús Marchamalo, este cuenta que Machado tenía la costumbre de comer papel. Se sumía tanto en las lecturas que iba arrancando pedacitos de los bordes de las hojas de los libros y se los comía. Me sorprendió muchísimo leer eso porque debo confesar que yo tuve – no, no es así, no es en pasado, aún la tengo – la manía de comer papel.

 

Llegué relativamente temprano a la vida de mi mamá, pero tarde para todos los demás. Me crie entre viejos y por tanto fui testigo desde niña de la tiranía del calendario sobre las personas y del conjuro que el olvido lanza sobre sus mentes. Uno de mis oficios fue, en no pocas ocasiones, cuidar de los enfermos. Más que cuidar, mi tarea consistía en vigilar. No solo a mi abuela, que sufría de algunas dolencias que no pocas veces la postraron, sino de sus hermanas, que entre caídas y fracturas, dolencias y achaques, me mostraron la fragilidad de la vejez. Cuando esto sucedía, mi oficio consistía en sentarme a un lado del enfermo y no moverme de ahí. Por supuesto, si el enfermo despertaba de su letargo y necesitaba algo, yo debía proporcionárselo o bien acudir a un adulto sano que me ayudara. ¿Qué hacía entonces? Leer. Abrir la puerta de escape. Viajar.

 

A pesar de lo triste que puede resultar cuidar a un enfermo, especialmente a uno que es querido, leer me ayudó a sobrellevar no solo la monotonía de estar al lado de una persona que reposa, sino a calmar el estrés de la espera mientras la persona se recupera… y ojalá sin secuelas. Fue así como, sin proponérmelo, casi como una autómata, comencé a arrancarle puntitas a las hojas de los libros y me las comía. Para mí eran como un chicle. Lo hice de manera tan inconsciente que para cuando me di cuenta ya era muy tarde: todos los libros estaban despicados. Me lo callé, por supuesto. Y sobre todo, elevé unas cuantas plegarias al cielo para que nadie lo notara. No lo podía controlar. En el fragor de la lectura, enfrascada en lo que estaba, iba despicando las hojas hasta armar pequeños turupes de papel en mi boca. Cuando ya era consciente de que estaba masticando algo que no era comida, el libro estaba herido de muerte.


Unas cuantas veces mi abuelo me acompañó a cuidar a las enfermas – en mi casa todas éramos mujeres – pero él no soportaba estar al lado de un postrado y solía más bien irse a la plaza con sus amigos o quedarse en otra habitación. Una vez sucedió lo impensado, lo inesperado: fue él quien cayó en cama. Fue como ver derrumbarse a un roble, literalmente, porque sucedió que sufrió un mareo extraño y cayó sobre su mesita de noche dándose un fuerte golpe con una de las esquinas. Aún recuerdo con horror sus heridas. Estuvo poco tiempo en cama, más bien prefería su sillón y en todo caso era un enfermo muy inquieto e impaciente, de esos que nadie aguantaba, excepto yo. Confieso que ‘vigilarlo’ no fue un oficio fácil porque no podía concentrarme en la lectura. Aunque lo intentaba, sufrí mucho viéndolo mal.

 

Por supuesto que aunque disfrutaba todos los libros, todos han sufrido el pulido de la relectura; han sido sujetos del paso de ese trapo de limpieza que es el tiempo. Así es como Julio Verne se ha mantenido como uno de mis héroes literarios desde que lo leí por primera vez, pero también desde que leí por primera vez a Miguel de Cervantes Saavedra – ojalá los hispanistas no me crucifiquen – ahora no goza de mi aprecio tan especial. Gracias a los libros también he conocido personas maravillosas que ocupan un lugar muy relevante en mi corazón. No olvido que por declararle una vez públicamente mi amor a Stendhal, el auténtico Padre y Señor de la novela para mí – así, con mayúsculas – conocí al gran Vicente y ambos están enlazados siempre en mi mente como técnica de nemotecnia, es decir, si pienso en Stendhal, pienso en Vicente y viceversa y por ambos siento un cariño inconmensurable. El rojo y el negro no se lee y entiende igual a los once años que a los veinte y que a los treinta, pero yo lo he disfrutado y lo disfruto cada vez que lo releo, aunque mi favorita es La cartuja de Parma.

 

Los libros pueden ser una red viva de amor, aunque esto pueda sonar cursi y meloso. Hace veintidós años en clase de castellano – sí, así se llamaba la asignatura – nos dieron por tarea leer una novela que en ese entonces estaba comenzando a ser furor en Colombia. A mí se me ocurrió escribirle al autor para entrevistarlo, e incluir su entrevista en el ensayo que nos pidieron escribir sobre la obra. Hoy, veintidós años después, considero a ese escritor no solo alguien muy entrañable, sino que es el responsable de que yo haya leído a Cormac McCarthy, el autor de ese extraño roadtrip que es La carretera. Otro gran amigo, a quien debo muchísimo, tanto que no hay suficientes libros para conciliar esa deuda, me recomendó un día, como si nada y de la nada, a Raymond Radiguet y esa pequeña obra maestra que es El diablo en el cuerpo, escrita por Radiguet con tan solo diecinueve años. Carlos, mi amigo, lo sabe porque nunca me he cansado de repetírselo, que le agradezco esa recomendación tanto como lo mucho que me ha ayudado en la vida.

 

Pueden ustedes llamarme Ismael

 

Tanto como leer, disfruto hablar sobre libros. Por eso atesoro en mi vida a cada persona que conozco y que comparte mi afición. Mis mejores conversaciones son sobre libros, son las que más disfruto y, por supuesto, son las más escasas. También son las más intensas y me reconozco insoportable con el tema. Con mi amigo Andrés nos gusta bromear y suponer que, si algún día alguien espiara nuestras conversaciones, por la razón que sea, el intruso tendría solo dos opciones: o se arma una lista de libros y se apunta a leer con nosotros, o se aburre infinitamente.

 

Los libros me han compensado. No soy muy creyente de la superchería y la magia y por principio no hago relaciones de causalidad con las casualidades, pero no puedo evitar pensar eso siempre: que los libros me han compensado. Y lo han hecho en muchas formas. Tal como los sacerdotes interrogan a los novios que serán esposos, los libros me han acompañado en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, en la riqueza y en la pobreza. Siempre, en todo momento, me han acompañado incluso cuando no estoy leyéndolos, cuando no cargo un solo libro encima.

 

Hace unos años atrás yo estaba en la sala de reuniones del que entonces era mi trabajo, a punto de comenzar una reunión muy difícil para mí con varios ejecutivos  de la empresa. El gerente de operaciones se presentó en el lugar, al igual que yo, con diez minutos de anticipación. Poco o nada habíamos conversado antes y se interpuso entre nosotros ese silencio incómodo de dos extraños que con suerte se han intercambiado el saludo. Yo empecé a borrar la pizarra para prepararme y a conectar el computador al monitor cuando de repente el señor aclara la garganta y me dice: “a mí me gusta mucho Álvaro Mutis, ¿tú lo has leído?” Ese día murió la tensión y nació una amistad que conservo hasta ahora. Cuando necesito hacer un espacio en mi biblioteca y debo, con valentía y buen pulso, sacar algunos libros, es este amigo quien los recibe porque nadie como él los cuidará y, además, los leerá. Todavía pienso que los libros de Álvaro Mutis me regalaron toda esta historia que vino después. Fueron una llave, fueron un puente.

 

Por puro egoísmo con este regalo reciente que me trajeron los libros y porque sé que su pretensión no es la fama, diré que el protagonista de la siguiente historia se llama Ismael. Hace poco, un domingo de mayo, de repente, por sorpresa y de la nada, Ismael me envió unas fotos que tomó a dos fragmentos del libro que estaba leyendo. Él no lo sabe y no sé si se sienta aludido al leer esto – suponiendo que lo lea – pero ese día, a esa hora, le lanzó un insuflo de ánimo a un instante de cierta tristeza y melancolía. Unas líneas más arriba dije que los libros me han compensado, pero también debo confesar que solo pienso en ello con detenimiento desde ese domingo de mayo. Concentrada, leyendo atentamente lo que él me envió, me di a la tarea de desenredar la madeja a través del mismo Ismael a quien le tengo gran aprecio, entre otras cosas porque si bien lo conozco hace muy poco, me parece una de las personas más interesantes, sensibles y cultas que me he tropezado en la vida, que me han regalado los libros. En una de las tantas conversaciones en donde hemos intercambiado títulos y recomendaciones, Ismael me confesó muy emocionado – es difícil intuir las emociones en conversaciones de whatsapp pero quiero creer que pude identificar incluso la pasión de su relato – que su religión era una: el nombre de su autor más entrañable y admirado. Y con la misma emoción me dejó ver a través de un par de fotos que tiene la colección completa de sus obras en su biblioteca, en una edición bellísima, por cierto.

 

Mis conversaciones recientes con Ismael me llevaron no solo a recordar todo esto que he escrito hasta ahora, sino también a pensar en la perfección y belleza de los libros leídos y de la biblioteca que me rodea mientras escribo esto, en cómo llegué a ella. Leyendo cada cosa que me envía Ismael, me he sorprendido susurrando para mí el mismo mantra de agradecimiento que alguna vez le escuché a mi abuelo. Resulta que una vez me llevó a una librería para comprarme el libro que yo quisiera de regalo por mi cumpleaños número trece. Escogí dos: La tía Tula de Miguel de Unamuno y una compilación muy bonita de las obras de teatro más importantes de Shakespeare. Nunca olvidaré que llegamos a la casa y yo fui disparada a disfrutar de la compra. Mi abuelo, dejando el bastón sobre el perchero, saludó a mi abuela con el acostumbrado beso y le dijo con una mezcla de orgullo y alivio, mientras me señalaba: “Bendito seas, Rafael Pombo”

 

¿Qué es vivir sabroso?

Al César lo que es del César. ¡Qué gran eslogan de campaña se le ha ocurrido al equipo del Pacto Histórico! Ese “vivir sabroso” hace énfasis, no en un Gustavo Petro que ha demostrado su miedo al debate de ideas y se refugia en su Twitter y en el ya habitual ejercicio de troleo de sus huestes, más cercanas a los Tigres Negros de la guerrilla tamil en Sri Lanka o a los terroristas suicidas de Palestina, sino en una Francia Márquez que capitaliza su sorprendente votación en las consultas de hace diez días con una candidatura que Petro, a regañadientes porque pensaba ofrecer la vicepresidencia a un cálculo político de ocasión (¿Gaviria para atar las huestes ‘liberales’? ¿Quintero, para agradecerle por Medellín?), le dio y es bien merecida.

El modelo mexicano

Carlos Loret de Mola es uno de los periodistas más destacados de México. Columnista en Reforma y The Washington Post, y una de las caras más visibles de la plataforma Latin.us, es precisamente en ese medio virtual donde ha hecho algunas de las denuncias más fuertes contra el presidente Andrés Manuel López Obrador. La más reciente toca directamente a la familia del mandatario: una ostentosa casa en Houston que fue comprada por José Ramón López Beltrán a un ejecutivo de Baker Hughes, multinacional petrolera que recibió, casualmente, contratos por parte de PEMEX en los tiempos de la “cuarta transformación”.

La paradoja de la libertad

Publicado originalmente en El Bastión

Estuve indagando y el misterio aún no está resuelto, no del todo. Todavía no se sabe si en aquel febrero de 1974 en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, Edmundo “Bigote” Arrocet interpretó de rodillas “Libre” de Nino Bravo como una forma de protesta por el naciente gobierno militar, o como una expresión de agradecimiento a Augusto Pinochet por haber evitado el avance de la Unidad Popular liderada por Salvador Allende. Lo cierto es que el episodio ha confrontado por años a la izquierda y a la derecha y que la canción, famosa en la voz de Nino Bravo, realmente fue compuesta por José Luis Armenteros y Pablo Herreros en honor a Peter Fetcher, un joven de veinte años quien fuera el primero que intentó burlar el Muro de Berlín, desesperado por cruzar hacia la libertad y que, por supuesto, murió en el intento.

https://www.youtube.com/watch?v=y6TDrxazYs0
Video No. 1. Libre por Bigote Arrocet | Festival de Viña del Mar 1974.

“Bigote” Arrocet emigró de Chile a España y allá se estableció logrando éxito en los medios. Al día de hoy todavía lo persigue la polémica de aquel febrero del 74, la cual él ha eludido con sutileza. Testigos del evento en esa época afirman que Arrocet hizo un preámbulo y dijo, más o menos, que iba a interpretar una canción sobre algo “que pudo haber pasado, pero de lo que Chile se libró”.

El episodio de Arrocet y la ambigüedad de sus múltiples interpretaciones políticas y simbólicas me fascina porque me permite siempre ejemplificar esa terrible paradoja de la libertad que se dio en Chile el 11 de septiembre de 1973. Llevo cerca de veinte años viviendo en Chile y amo a este país. Mis costumbres están permeadas completamente por la cultura chilena, hice mi carrera y mi vida en este país y acá está mi hogar. Están mis seres queridos vivos y también los muertos. Este país es maravilloso, pero cualquier bondad de Chile que yo pueda pintar en este artículo está marcada por un pecado original: el de la paradoja de la libertad.

En el 73, cuando los militares se tomaron La Moneda, muchísimas personas sintieron alivio y felicidad. Muchos, leyendo esto, pensarán que me refiero a personas “fascistas” o seres desalmados sedientos de sangre, pero quien viva en este país y haya conversado con un número considerable de chilenos de todas las edades y estratos sociales, siempre se encontrará con un pero: “qué terrible que haya sido una dictadura militar pero…” y después del pero viene la remembranza de los tiempos de Allende, la cual suele ser una muy triste. Descontando a los acérrimos fanáticos de la Unión Popular, a la izquierda más añeja y los que ignoran cómo fueron las cosas en esos años, son pocas las personas que, habiendo vivido en esa época, la recuerden con cariño.

No voy a justificar dictaduras. Soy liberal y, por supuesto, no puedo justificar la coerción y la violencia. Pero que no la justifique no significa que no intente entenderla racionalmente. Y en Chile se dio algo que yo llamo la paradoja de la libertad: la clase media chilena de los años 70 vio con alivio el avance de los militares, porque lo venía pidiendo a gritos. Son múltiples las historias y testimonios de lo sucedido en aquel entonces, desde las largas filas para conseguir cualquier cosa: pan, harina, huevos, aceite, hasta la desesperación de muchos que les tiraban maíz a los militares como una forma de llamarles “gallinas” por no querer atreverse a dar el salto.

https://www.youtube.com/watch?v=qqie0Vc5vgs
Video No. 2. Coco Legrand habla sobre el desastre de la economía socialista de Allende,

Si los más tozudos no quisieran dar crédito a los testimonios de aquellos que vivieron el gobierno de Allende, pueden ir directamente a las cifras que nunca mienten: hiperinflación, niveles de pobreza extrema, un control absoluto por parte del Estado, entre otros. El plan económico aplicado por Allende, conocido como Plan Vuskovic, se caracterizó por aplicar medidas de planificación central que se basaron sobre todo en la nacionalización y redistribución de los recursos. El resultado fue desastroso. Sebastián Edwards Figueroa, reconocido economista chileno, cuenta en su libro de memorias Conversación interrumpida cómo se controlaba hasta el precio de las bolsitas de té y cuenta varias anécdotas de cuando fue Jefe del Departamento de Precios –para que se hagan una idea del nivel de planificación central que había–.

Chile estaba a niveles que pueden equipararse a la Venezuela de hoy, y el contexto social y político de la época propició las condiciones suficientes para que los militares dieran el golpe. Sin justificar ninguna de las atrocidades cometidas durante dicho régimen, al día de hoy nadie que conozca esta historia lo suficientemente bien puede soportar la paradoja de la libertad que supone: unos militares se tomaron el poder para darle algo muy similar a la libertad a Chile, no solamente porque le arrebataron el país a un grupo de marxistas, sino porque lo devolvieron con un impresionante desarrollo económico que, al día de hoy, vuelve locos a todos los analistas.

Figura No. 1. Datos sobre el cambio de cara de Chile.

Otra cosa es cuando se trae a colación el hecho fundamental que fue la causa de dicha paradoja: los Chicago boys. El grupo de economistas graduados de la Universidad de Chicago, quienes idearon un programa económico lo más liberal que les fue posible y con el cual sacaron a Chile del pozo oscuro en el que se encontraba. El mentor de los Chicago boys fue Arnold “Alito” Harberger. Contrario a lo que muchos detractores de Milton Friedman les gusta enarbolar, quien realmente está detrás de la formación económica de los Chicago boys es “Alito”. Visto en perspectiva, considerando el impresionante progreso y desarrollo que consiguió Chile gracias a estas políticas económicas liberalizadoras, yo siempre sostendré que ningún político latinoamericano, con su buenismo extremo y sus populismos baratos, ha sacado tanta gente de la pobreza y le ha aportado tanto desarrollo a un país como lo hicieron los economistas del grupo de los Chicago boys y su mentor “Alito” Harberger.

Figuras No. 2 y 3. Fotografía de Arnold “Alito” Harberger (izquierda) | Fotografía de los Chicago boys (derecha).

La eterna vigilancia es el precio de la libertad” reza una famosa frase de Thomas Jefferson. Chile consiguió su libertad durante un gobierno militar: durante una dictadura. Puede molestarnos profundamente esa idea, pero es un hecho innegable. De hecho, como bien lo apunta Axel Kaiser, hablar de ese tema no resiste un análisis desapasionado y racional, porque nadie se reconcilia con esa forma de llegada de la libertad. Es la misma paradoja que se presenta cuando uno escucha a un cubano o a un venezolano, afligidos por los regímenes comunistas que los agobian, clamando por una intervención militar de Los Estados Unidos, la cual es vista como un hito liberalizador. Insisto, podemos estar en contra de esta paradoja, pero no la podemos negar: existió y existe. Como dice Thomas Sowell: “Todo es cuestión de trade-offs”.

Quienes aseguran que la economía no es importante y se puede experimentar con ella, que el control centralizado del Estado, y no la libertad, son el insumo necesario para la creación de la riqueza, quienes creen que se puede vivir en un país que sacrifica prosperidad en nombre de la “igualdad”, son aquellos que han dejado de vigilar la libertad y ya la dieron por sentada.

Supongo que Chile se quiere exorcizar del pecado original en el que nació su progreso y desarrollo, refundando al país a través de una nueva constitución y de matar completamente el modelo que lo llevó a tener niveles de pobreza extrema bajísimos, y de riqueza y movilidad social altísimos. Los principales contradictores de este modelo suelen llamarle el “infierno neoliberal”. Otros han dicho que Chile es “la tumba del neoliberalismo”. Varios más aseguran que el “modelo fracasó”.

Auguro que el resultado de ese delirio de culpa por el “modelo maldito” terminará en tiempos muy parecidos a los de Allende, que dieron origen a todo esto. Por el momento, no existe contradictor al modelo mal llamado “neoliberal”, ni opositor político o económico que haya logrado explicar con datos concretos y hechos fehacientes, sin recurrir a un relato apasionado cargado de victimismo, el éxito que vivió Chile. Pero si los contradictores se ven apurados para entender cómo diablos un país pudo ser el faro del progreso en Latinoamérica gracias a un gobierno militar y dictatorial, menos han podido responder a la pregunta más compleja de todas.

Al censo 2019 somos 1’450.000 extranjeros viviendo en Chile. Ustedes saben que la mayoría somos inmigrantes que llegamos a este país en búsqueda de oportunidades y progreso; muchos conseguimos salir de la pobreza acá. Mi pregunta, y espero que quien tenga la respuesta por favor se comunique conmigo y me la diga, es la siguiente: si Chile es la tumba del modelo, el hueco podrido del capitalismo ¿Por qué ese más de millón de inmigrantes somos tan estúpidos de vivir acá en el “infierno neoliberal”?

La cosecha del dolor

Hay libros cuya lectura requiere de gran paciencia y un estómago fuerte capaz de resistir a los hechos brutales. Ya algo de esto había comentado en un artículo anterior en donde reseño el libro Mao’s great famine del historiador Frank Dikötter. El libro del que les hablaré ahora también describe con precisión un infierno. Se trata de The harvest of sorrow: soviet collectivization and the terror famine, del historiador ingles Robert Conquest.

La pólvora de todos los tiempos


No es primera vez que escribo sobre lo que me produce leer un libro escrito por Jorge Franco. Y, como siempre, lo hago desde mi lectura muy personal y sin el ánimo de hacer una crítica objetiva, porque el ejercicio de leer a nuestros autores favoritos, cuyas historias nunca nos defraudan, termina en comentarios muy parciales. Bueno, también cuenta el hecho de que sólo sé hablar de libros a partir de la experiencia que vivo con su lectura.

El horror y la repulsión: historia de una lectura.

Cómo comenzó todo

En 2010, mi amigo Ricky me habló de un libro que había leído y que le había causado tanto horror que varias veces tuvo que interrumpir su lectura para no sufrir náuseas. Yo lo consideré una exageración suya, pero anoté el título con intención de comprarlo algún día. Luego lo olvidé. Hace un par de años me acordé de nuevo del libro aquel y lo compré en Kindle. No lo esperaba. A medida que avanzaba en mi lectura fui descendiendo al infierno, tal como le sucedió a la sociedad china entre 1958 y 1962. El libro se titula Mao’s Great Famine: the history of China’s most devastating catastrophe. 1958 – 1962, y su autor es el historiador Frank Dikötter.

Hipocresía

No me gusta Donald Trump, pero no por las mismas razones que a la mayoría, es decir, que a mí no me cae bien o mal alguien por los números de su cuenta bancaria. Trump me parece nefasto porque es un populista más, solo que de esos que van hacia el otro lado: uno virado hacia la derecha ultraconservadora. No quiero extenderme más sobre las razones por las que Trump no me gusta. Prefiero decirles a todos sus detractores un par de cosas que, a mi parecer, pocos les han dicho de frente. Seré directa: todos ustedes detractores furibundos de Trump, indignados de Facebook, Twitter y demás, me parecen unos hipócritas.

Lecturas 2016 (I)

 

 

Lecturas sobre la libertad

En enero de este año leí, por pura casualidad, una discusión que sostuvieron, vía redes sociales, el famoso ingeniero Mario Waissbluth, fundador y director del movimiento educacional llamado Educación 2020, y Axel Kaiser, un abogado y doctor en filosofía, director ejecutivo de la Fundación para el Progeso (FPP), un think tank que promueve las ideas del liberalismo más clásico y puro (ese de Hayek, de Fridman). A Waissbluth de una u otra forma yo lo ubicaba, pero de Kaiser nunca había escuchado hablar hasta ese momento.  Me di cuenta del encontrón de ambos porque varios de mis amigos colgaron en Facebook la respuesta de Waissbluth acompañada de comentarios elogiosos y asegurando que este había dado poco menos que sopa y seco a Kaiser. La polémica tenía por tema central el que, desde hace varios años, tiene un protagonismo especial en Chile: si la educación debe o no ser gratuita y, en todo caso, financiada por el Estado. No quiero profundizar sobre el debate que ambos personajes sostuvieron, en realidad lo traigo a colación porque ese intercambio tan simple y sin mayor importancia, fue capaz de hacerme encontrar la llave de una puerta que yo había cerrado hacía muchos años atrás.

El pez en el agua

El pez en el agua

Mario Vargas Llosa

Alfaguara, 618 pág.

 

En la dedicatoria de su libro Diálogo de conversos, Roberto Ampuero y Mauricio Rojas escribieron: «Para Mario Vargas Llosa, amigo y maestro liberal». La mejor muestra de ese maestro liberal que es Vargas Llosa está precisamente en su libro de memorias —tempranas—, El pez en el agua.

Leer este libro es un goce gracias a la extraordinaria capacidad narrativa de Vargas Llosa, que no es ninguna novedad, pero también a las sabrosísimas aventuras que cuenta. El libro está estructurado de tal forma que cuenta dos historias paralelas, intercaladas capítulo de por medio. Por un lado, recorre sus memorias desde el niño que creció en Cochabamba, hasta el joven obsesionado con ser escritor que llegó a París. Por otro lado, revive su aventura como candidato a la presidencia del Perú.

El niño Mario Vargas Llosa creció con su familia materna, en medio de los mimos, cuidados y atenciones de un clan cuya cabeza era el abuelito Pedro. Poco antes de nacer, Ernesto J. Vargas, el papá, abandonó a Dorita Llosa, la mamá, de una forma bastante cobarde y triste. Pero la familia de Dorita la apoyó en firme con la crianza de un niño al que le inventaron una milonga para justificar la ausencia del padre. Un buen día, cuando el niño cumplió once años, y sin mediar mayor explicación, Dorita lo lleva a conocer a su papá. Este es el punto de partida de las memorias personales y el hilo conductor de todos sus recuerdos íntimos; el señor Ernesto J. Vargas resultó ser un tipo horrible, incapaz de demostrar amor —si es que lo sentía—, autoritario y sin criterio que llevó a Dorita y al hijo a una vida triste, llena de gritos y miedo y lejos de la protectora familia Llosa. Vargas Llosa vivió durante muchos años con la sombra de un padre que lo atormentaba e incluso llegó a sentirse decepcionado de esa mamá luchadora que de un momento a otro pasó a ser una paciente esposa que todo lo aguanta sin chistar.

Desde ese quiebre en su vida, Vargas Llosa empieza el recorrido que va por la vida de la familia Llosa, el oscuro período que le tocó vivir como interno en el colegio militar Leoncio Prado—al que llegó por empeño de su padre—, las aventuras como estudiante de la Universidad de San Marcos, el ejercicio de innumerables oficios y trabajos de lo que fuera —es increíble cómo le alcanzaba el tiempo para tener tantos trabajos y además estudiar—, sus constantes flirteos con la política, su faceta comunista y socialista, pero sobre todas las cosas, ese inmenso deseo de convertirse en escritor que surgió con una fuerza enorme en su adolescencia mientras escribía obras de teatro.

Cuando Alan García propuso e impulsó sus iniciativas de estatización de la banca en Perú, por allá por 1987, Mario Vargas Llosa, animado y apoyado por varios buenos amigos, convocó a un mitin en la Plaza San Martín, al que llamaron “Encuentro por la libertad”. A pesar de las dudas que tenían todos frente a la capacidad de convocatoria del movimiento, miles de peruanos se concentraron en la plaza para escuchar a uno de sus escritores más importantes hablarles sobre la libertad, la importancia de entender que el capitalismo no es ese mal pintado diablo que muchos atacan y que, ante todo, una nación que aspira a la prosperidad no debe perseguir la distribución de la riqueza sino la creación de la riqueza. Parece una veleidad semántica, pero representa en realidad un enorme giro conceptual, social y cultural. No es lo mismo nivelar a toda la sociedad hacia la pobreza, que armar una potente estructura de instituciones para que todos puedan lograr la riqueza que anhelen. De todo esto les habló el Vargas Llosa escritor, mientras los asistentes coreaban y vitoreaban cánticos sobre la libertad. Ninguno de los convocantes se lo creía. Había en esa plaza una cantidad impresionante de personas entendiendo —o eso al menos creyeron ellos— que defender la libertad de mercado y la libertad económica, por encima de la estatización, no tiene nada que ver con la falta de solidaridad o con entorpecer la búsqueda que hace cada país para mejorar sus condiciones. Un montón de peruanos entendiendo que no se trataba de defender a esos banqueros corruptos sino de proteger las libertades básicas de una sociedad, siendo la más importante de esas libertades la limitación de las funciones interventoras del Estado. Ese mitin fue el comienzo de un período de tres años de mucho trabajo y muchas pesadillas para Vargas Llosa y su familia, quienes se entregaron por completo a la campaña por la presidencia. Vistos en perspectiva, desde la exquisita memoria de Vargas Llosa, esos años fueron tormentosos. El Vargas Llosa escritor tuvo que cederle su vida entera al Vargas Llosa político, un tipo a veces bastante ingenuo, que creyó que la política era eso que su imaginación de novelista le había enseñado: un mundo en el que las ideas, la discusión y los argumentos priman por sobre los embustes, las triquiñuelas, las infinitas alianzas y el entramado de negociados y chismes que sostienen a cualquier político.

Mario Vargas Llosa en el mitin de 1987, bajo una lluvia de pica-pica, el mismo que después se conviritió en la pesadilla de sus días de campaña.

Estas son también las memorias de sus arrepentimientos —que fueron muchos más que sus momentos felices—, y sus errores, de los cuales el más importante fue, sin duda, haberse aliado con dos grandes partidos liderados por políticos dinosaurios del Perú, en los que Vargas Llosa tuvo y seguía teniendo mucha fe, pero que en lugar de prestarle el soporte y la robustez que él buscaba lo mancharon con la mala fama del más de lo mismo con el que los peruanos comenzaron a mirarlo. Aun así, por unos instantes, Vargas Llosa fue el rotundo ganador según las encuestas y el tiempo dejó muy claro que una sórdida maquinaria fue la que puso en la silla presidencial al infame Fujimori, quien pasó de ser un candidato más de esos que ni la familia vota por ellos, a un poderoso contendor que llegó hasta la segunda vuelta.

De todos los detalles, anécdotas, historias y comidillas políticas con las que está construido este libro, la que más me gustó —y confieso que me hizo llorar— fue la del amigo Luis Loayza.

Loayza y Vargas Llosa fueron amigos desde su juventud y junto con Abelardo Oquendo formaron un triunvirato. Los amigos solían molestar al Vargas Llosa universitario por la obsesión que desarrolló por Sartre. Fue tanta la fiebre, que al final los amigos terminaron por apodarlo el sartrecillo valiente, título de uno de los capítulos del libro. Muchos años después, en medio del fragor de la campaña política, cuando Vargas Llosa llegaba a la casa cansado y furioso porque su cuerpo entero estaba impregnado del odioso pica-pica que inevitablemente hacían llover en cada manifestación, encontró una nota de su amigo Luis Loayza, enviada desde Ginebra, que decía: «un abrazo, sartrecillo valiente.»

Mi conclusión, después de leer este libro abrumador, es que el Perú se perdió de su mejor presidente. Uno que los iba a llevar por caminos liberales y que habría logrado una prosperidad nunca vista antes en América Latina. Pero también fue bueno que así pasara, porque después de la derrota del político, regresó el Vargas Llosa escritor a escribir desde su fracaso estas memorias y muchos libros buenos más. Y yo soy egoísta y prefiero mil veces a un escritor que a un político.

Algunos subrayados del libro

 

«El principio de la redistribución de la riqueza tiene una fuerza moral indiscutible, pero impide ver a sus propugnadores que ella no favorece la justicia si las políticas que inspira paralizan la producción, desalientan la iniciativa y ahuyentan las inversiones. Es decir, si se traducen en un aumento de la pobreza. Y redistribuir la pobreza, o, en el caso de los Andes, la miseria, como hacía Alan García, no alimenta a quienes enfrentan el problema en términos de vida o muerte»

«Las discusiones sobre este tema fueron largas y difíciles. Una economía deformada por prácticas mercantilistas deforma al propio empresario, en quien genera una mentalidad pasiva y dependiente de la protección estatal, una psicología insegura y miedo pánico a la competencia. Tuve tensos encuentros con ensambladores de automóviles, que me visitaron varias veces. La idea de que con la liberalización pudieran llegar al Perú automóviles usados o de bajo precio, los espantaba. ¿Quién iba a comprar un Toyota armado en el Perú cuyo costo era de veinticinco mil dólares cuando se ofrecieran coches coreanos Hyundai a cinco mil? Mi respuesta fue siempre categórica. Si una empresa era incapaz de sobrevivir en competencia con otra extranjera, debía reconvertirse o desaparecer, pues mantenerla, levantando barreras proteccionistas, era ir contra los intereses del pueblo peruano.»

«Los derechos humanos son una de las armas que más eficazmente utiliza el extremismo para paralizar a los gobiernos que quiere derrocar, manipulando a personas e instituciones bien intencionadas pero ingenuas»

«El tema recurrente de mis tres discursos fue: no se sale de la pobreza redistribuyendo lo poco que existe sino creando más riqueza. Para ello hay que abrir mercados, estimular la competencia y la iniciativa individual, no combatir la propiedad privada sino extenderla al mayor número, desestatizar nuestra economía y nuestra psicología, reemplazando la mentalidad rentista, que lo espera todo del Estado, por una moderna que confíe a la sociedad civil y al mercado la responsabilidad de la vida económica».