Cuaderno

Esa manía de la escritura a mano y de apuntarlo todo en cuadernos.
Notas propias y algunas prestadas.

LA PARADOJA DE LA LIBERTAD

Publicado originalmente en El Bastión

Estuve indagando y el misterio aún no está resuelto, no del todo. Todavía no se sabe si en aquel febrero de 1974 en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, Edmundo “Bigote” Arrocet interpretó de rodillas “Libre” de Nino Bravo como una forma de protesta por el naciente gobierno militar, o como una expresión de agradecimiento a Augusto Pinochet por haber evitado el avance de la Unidad Popular liderada por Salvador Allende. Lo cierto es que el episodio ha confrontado por años a la izquierda y a la derecha y que la canción, famosa en la voz de Nino Bravo, realmente fue compuesta por José Luis Armenteros y Pablo Herreros en honor a Peter Fetcher, un joven de veinte años quien fuera el primero que intentó burlar el Muro de Berlín, desesperado por cruzar hacia la libertad y que, por supuesto, murió en el intento.

https://www.youtube.com/watch?v=y6TDrxazYs0
Video No. 1. Libre por Bigote Arrocet | Festival de Viña del Mar 1974.

“Bigote” Arrocet emigró de Chile a España y allá se estableció logrando éxito en los medios. Al día de hoy todavía lo persigue la polémica de aquel febrero del 74, la cual él ha eludido con sutileza. Testigos del evento en esa época afirman que Arrocet hizo un preámbulo y dijo, más o menos, que iba a interpretar una canción sobre algo “que pudo haber pasado, pero de lo que Chile se libró”.

El episodio de Arrocet y la ambigüedad de sus múltiples interpretaciones políticas y simbólicas me fascina porque me permite siempre ejemplificar esa terrible paradoja de la libertad que se dio en Chile el 11 de septiembre de 1973. Llevo cerca de veinte años viviendo en Chile y amo a este país. Mis costumbres están permeadas completamente por la cultura chilena, hice mi carrera y mi vida en este país y acá está mi hogar. Están mis seres queridos vivos y también los muertos. Este país es maravilloso, pero cualquier bondad de Chile que yo pueda pintar en este artículo está marcada por un pecado original: el de la paradoja de la libertad.

En el 73, cuando los militares se tomaron La Moneda, muchísimas personas sintieron alivio y felicidad. Muchos, leyendo esto, pensarán que me refiero a personas “fascistas” o seres desalmados sedientos de sangre, pero quien viva en este país y haya conversado con un número considerable de chilenos de todas las edades y estratos sociales, siempre se encontrará con un pero: “qué terrible que haya sido una dictadura militar pero…” y después del pero viene la remembranza de los tiempos de Allende, la cual suele ser una muy triste. Descontando a los acérrimos fanáticos de la Unión Popular, a la izquierda más añeja y los que ignoran cómo fueron las cosas en esos años, son pocas las personas que, habiendo vivido en esa época, la recuerden con cariño.

No voy a justificar dictaduras. Soy liberal y, por supuesto, no puedo justificar la coerción y la violencia. Pero que no la justifique no significa que no intente entenderla racionalmente. Y en Chile se dio algo que yo llamo la paradoja de la libertad: la clase media chilena de los años 70 vio con alivio el avance de los militares, porque lo venía pidiendo a gritos. Son múltiples las historias y testimonios de lo sucedido en aquel entonces, desde las largas filas para conseguir cualquier cosa: pan, harina, huevos, aceite, hasta la desesperación de muchos que les tiraban maíz a los militares como una forma de llamarles “gallinas” por no querer atreverse a dar el salto.

https://www.youtube.com/watch?v=qqie0Vc5vgs
Video No. 2. Coco Legrand habla sobre el desastre de la economía socialista de Allende,

Si los más tozudos no quisieran dar crédito a los testimonios de aquellos que vivieron el gobierno de Allende, pueden ir directamente a las cifras que nunca mienten: hiperinflación, niveles de pobreza extrema, un control absoluto por parte del Estado, entre otros. El plan económico aplicado por Allende, conocido como Plan Vuskovic, se caracterizó por aplicar medidas de planificación central que se basaron sobre todo en la nacionalización y redistribución de los recursos. El resultado fue desastroso. Sebastián Edwards Figueroa, reconocido economista chileno, cuenta en su libro de memorias Conversación interrumpida cómo se controlaba hasta el precio de las bolsitas de té y cuenta varias anécdotas de cuando fue Jefe del Departamento de Precios –para que se hagan una idea del nivel de planificación central que había–.

Chile estaba a niveles que pueden equipararse a la Venezuela de hoy, y el contexto social y político de la época propició las condiciones suficientes para que los militares dieran el golpe. Sin justificar ninguna de las atrocidades cometidas durante dicho régimen, al día de hoy nadie que conozca esta historia lo suficientemente bien puede soportar la paradoja de la libertad que supone: unos militares se tomaron el poder para darle algo muy similar a la libertad a Chile, no solamente porque le arrebataron el país a un grupo de marxistas, sino porque lo devolvieron con un impresionante desarrollo económico que, al día de hoy, vuelve locos a todos los analistas.

Figura No. 1. Datos sobre el cambio de cara de Chile.

Otra cosa es cuando se trae a colación el hecho fundamental que fue la causa de dicha paradoja: los Chicago boys. El grupo de economistas graduados de la Universidad de Chicago, quienes idearon un programa económico lo más liberal que les fue posible y con el cual sacaron a Chile del pozo oscuro en el que se encontraba. El mentor de los Chicago boys fue Arnold “Alito” Harberger. Contrario a lo que muchos detractores de Milton Friedman les gusta enarbolar, quien realmente está detrás de la formación económica de los Chicago boys es “Alito”. Visto en perspectiva, considerando el impresionante progreso y desarrollo que consiguió Chile gracias a estas políticas económicas liberalizadoras, yo siempre sostendré que ningún político latinoamericano, con su buenismo extremo y sus populismos baratos, ha sacado tanta gente de la pobreza y le ha aportado tanto desarrollo a un país como lo hicieron los economistas del grupo de los Chicago boys y su mentor “Alito” Harberger.

Figuras No. 2 y 3. Fotografía de Arnold “Alito” Harberger (izquierda) | Fotografía de los Chicago boys (derecha).

La eterna vigilancia es el precio de la libertad” reza una famosa frase de Thomas Jefferson. Chile consiguió su libertad durante un gobierno militar: durante una dictadura. Puede molestarnos profundamente esa idea, pero es un hecho innegable. De hecho, como bien lo apunta Axel Kaiser, hablar de ese tema no resiste un análisis desapasionado y racional, porque nadie se reconcilia con esa forma de llegada de la libertad. Es la misma paradoja que se presenta cuando uno escucha a un cubano o a un venezolano, afligidos por los regímenes comunistas que los agobian, clamando por una intervención militar de Los Estados Unidos, la cual es vista como un hito liberalizador. Insisto, podemos estar en contra de esta paradoja, pero no la podemos negar: existió y existe. Como dice Thomas Sowell: “Todo es cuestión de trade-offs”.

Quienes aseguran que la economía no es importante y se puede experimentar con ella, que el control centralizado del Estado, y no la libertad, son el insumo necesario para la creación de la riqueza, quienes creen que se puede vivir en un país que sacrifica prosperidad en nombre de la “igualdad”, son aquellos que han dejado de vigilar la libertad y ya la dieron por sentada.

Supongo que Chile se quiere exorcizar del pecado original en el que nació su progreso y desarrollo, refundando al país a través de una nueva constitución y de matar completamente el modelo que lo llevó a tener niveles de pobreza extrema bajísimos, y de riqueza y movilidad social altísimos. Los principales contradictores de este modelo suelen llamarle el “infierno neoliberal”. Otros han dicho que Chile es “la tumba del neoliberalismo”. Varios más aseguran que el “modelo fracasó”.

Auguro que el resultado de ese delirio de culpa por el “modelo maldito” terminará en tiempos muy parecidos a los de Allende, que dieron origen a todo esto. Por el momento, no existe contradictor al modelo mal llamado “neoliberal”, ni opositor político o económico que haya logrado explicar con datos concretos y hechos fehacientes, sin recurrir a un relato apasionado cargado de victimismo, el éxito que vivió Chile. Pero si los contradictores se ven apurados para entender cómo diablos un país pudo ser el faro del progreso en Latinoamérica gracias a un gobierno militar y dictatorial, menos han podido responder a la pregunta más compleja de todas.

Al censo 2019 somos 1’450.000 extranjeros viviendo en Chile. Ustedes saben que la mayoría somos inmigrantes que llegamos a este país en búsqueda de oportunidades y progreso; muchos conseguimos salir de la pobreza acá. Mi pregunta, y espero que quien tenga la respuesta por favor se comunique conmigo y me la diga, es la siguiente: si Chile es la tumba del modelo, el hueco podrido del capitalismo ¿Por qué ese más de millón de inmigrantes somos tan estúpidos de vivir acá en el “infierno neoliberal”?

La cosecha del dolor

Hay libros cuya lectura requiere de gran paciencia y un estómago fuerte capaz de resistir a los hechos brutales. Ya algo de esto había comentado en un artículo anterior en donde reseño el libro Mao’s great famine del historiador Frank Dikötter. El libro del que les hablaré ahora también describe con precisión un infierno. Se trata de The harvest of sorrow: soviet collectivization and the terror famine, del historiador ingles Robert Conquest.

La pólvora de todos los tiempos


No es primera vez que escribo sobre lo que me produce leer un libro escrito por Jorge Franco. Y, como siempre, lo hago desde mi lectura muy personal y sin el ánimo de hacer una crítica objetiva, porque el ejercicio de leer a nuestros autores favoritos, cuyas historias nunca nos defraudan, termina en comentarios muy parciales. Bueno, también cuenta el hecho de que sólo sé hablar de libros a partir de la experiencia que vivo con su lectura.

El horror y la repulsión: historia de una lectura.

Cómo comenzó todo

En 2010, mi amigo Ricky me habló de un libro que había leído y que le había causado tanto horror que varias veces tuvo que interrumpir su lectura para no sufrir náuseas. Yo lo consideré una exageración suya, pero anoté el título con intención de comprarlo algún día. Luego lo olvidé. Hace un par de años me acordé de nuevo del libro aquel y lo compré en Kindle. No lo esperaba. A medida que avanzaba en mi lectura fui descendiendo al infierno, tal como le sucedió a la sociedad china entre 1958 y 1962. El libro se titula Mao’s Great Famine: the history of China’s most devastating catastrophe. 1958 – 1962, y su autor es el historiador Frank Dikötter.

Hipocresía

No me gusta Donald Trump, pero no por las mismas razones que a la mayoría, es decir, que a mí no me cae bien o mal alguien por los números de su cuenta bancaria. Trump me parece nefasto porque es un populista más, solo que de esos que van hacia el otro lado: uno virado hacia la derecha ultraconservadora. No quiero extenderme más sobre las razones por las que Trump no me gusta. Prefiero decirles a todos sus detractores un par de cosas que, a mi parecer, pocos les han dicho de frente. Seré directa: todos ustedes detractores furibundos de Trump, indignados de Facebook, Twitter y demás, me parecen unos hipócritas.

Lecturas 2016 (I)

 

 

Lecturas sobre la libertad

En enero de este año leí, por pura casualidad, una discusión que sostuvieron, vía redes sociales, el famoso ingeniero Mario Waissbluth, fundador y director del movimiento educacional llamado Educación 2020, y Axel Kaiser, un abogado y doctor en filosofía, director ejecutivo de la Fundación para el Progeso (FPP), un think tank que promueve las ideas del liberalismo más clásico y puro (ese de Hayek, de Fridman). A Waissbluth de una u otra forma yo lo ubicaba, pero de Kaiser nunca había escuchado hablar hasta ese momento.  Me di cuenta del encontrón de ambos porque varios de mis amigos colgaron en Facebook la respuesta de Waissbluth acompañada de comentarios elogiosos y asegurando que este había dado poco menos que sopa y seco a Kaiser. La polémica tenía por tema central el que, desde hace varios años, tiene un protagonismo especial en Chile: si la educación debe o no ser gratuita y, en todo caso, financiada por el Estado. No quiero profundizar sobre el debate que ambos personajes sostuvieron, en realidad lo traigo a colación porque ese intercambio tan simple y sin mayor importancia, fue capaz de hacerme encontrar la llave de una puerta que yo había cerrado hacía muchos años atrás.

El pez en el agua

El pez en el agua

Mario Vargas Llosa

Alfaguara, 618 pág.

 

En la dedicatoria de su libro Diálogo de conversos, Roberto Ampuero y Mauricio Rojas escribieron: «Para Mario Vargas Llosa, amigo y maestro liberal». La mejor muestra de ese maestro liberal que es Vargas Llosa está precisamente en su libro de memorias —tempranas—, El pez en el agua.

Leer este libro es un goce gracias a la extraordinaria capacidad narrativa de Vargas Llosa, que no es ninguna novedad, pero también a las sabrosísimas aventuras que cuenta. El libro está estructurado de tal forma que cuenta dos historias paralelas, intercaladas capítulo de por medio. Por un lado, recorre sus memorias desde el niño que creció en Cochabamba, hasta el joven obsesionado con ser escritor que llegó a París. Por otro lado, revive su aventura como candidato a la presidencia del Perú.

El niño Mario Vargas Llosa creció con su familia materna, en medio de los mimos, cuidados y atenciones de un clan cuya cabeza era el abuelito Pedro. Poco antes de nacer, Ernesto J. Vargas, el papá, abandonó a Dorita Llosa, la mamá, de una forma bastante cobarde y triste. Pero la familia de Dorita la apoyó en firme con la crianza de un niño al que le inventaron una milonga para justificar la ausencia del padre. Un buen día, cuando el niño cumplió once años, y sin mediar mayor explicación, Dorita lo lleva a conocer a su papá. Este es el punto de partida de las memorias personales y el hilo conductor de todos sus recuerdos íntimos; el señor Ernesto J. Vargas resultó ser un tipo horrible, incapaz de demostrar amor —si es que lo sentía—, autoritario y sin criterio que llevó a Dorita y al hijo a una vida triste, llena de gritos y miedo y lejos de la protectora familia Llosa. Vargas Llosa vivió durante muchos años con la sombra de un padre que lo atormentaba e incluso llegó a sentirse decepcionado de esa mamá luchadora que de un momento a otro pasó a ser una paciente esposa que todo lo aguanta sin chistar.

Desde ese quiebre en su vida, Vargas Llosa empieza el recorrido que va por la vida de la familia Llosa, el oscuro período que le tocó vivir como interno en el colegio militar Leoncio Prado—al que llegó por empeño de su padre—, las aventuras como estudiante de la Universidad de San Marcos, el ejercicio de innumerables oficios y trabajos de lo que fuera —es increíble cómo le alcanzaba el tiempo para tener tantos trabajos y además estudiar—, sus constantes flirteos con la política, su faceta comunista y socialista, pero sobre todas las cosas, ese inmenso deseo de convertirse en escritor que surgió con una fuerza enorme en su adolescencia mientras escribía obras de teatro.

Cuando Alan García propuso e impulsó sus iniciativas de estatización de la banca en Perú, por allá por 1987, Mario Vargas Llosa, animado y apoyado por varios buenos amigos, convocó a un mitin en la Plaza San Martín, al que llamaron “Encuentro por la libertad”. A pesar de las dudas que tenían todos frente a la capacidad de convocatoria del movimiento, miles de peruanos se concentraron en la plaza para escuchar a uno de sus escritores más importantes hablarles sobre la libertad, la importancia de entender que el capitalismo no es ese mal pintado diablo que muchos atacan y que, ante todo, una nación que aspira a la prosperidad no debe perseguir la distribución de la riqueza sino la creación de la riqueza. Parece una veleidad semántica, pero representa en realidad un enorme giro conceptual, social y cultural. No es lo mismo nivelar a toda la sociedad hacia la pobreza, que armar una potente estructura de instituciones para que todos puedan lograr la riqueza que anhelen. De todo esto les habló el Vargas Llosa escritor, mientras los asistentes coreaban y vitoreaban cánticos sobre la libertad. Ninguno de los convocantes se lo creía. Había en esa plaza una cantidad impresionante de personas entendiendo —o eso al menos creyeron ellos— que defender la libertad de mercado y la libertad económica, por encima de la estatización, no tiene nada que ver con la falta de solidaridad o con entorpecer la búsqueda que hace cada país para mejorar sus condiciones. Un montón de peruanos entendiendo que no se trataba de defender a esos banqueros corruptos sino de proteger las libertades básicas de una sociedad, siendo la más importante de esas libertades la limitación de las funciones interventoras del Estado. Ese mitin fue el comienzo de un período de tres años de mucho trabajo y muchas pesadillas para Vargas Llosa y su familia, quienes se entregaron por completo a la campaña por la presidencia. Vistos en perspectiva, desde la exquisita memoria de Vargas Llosa, esos años fueron tormentosos. El Vargas Llosa escritor tuvo que cederle su vida entera al Vargas Llosa político, un tipo a veces bastante ingenuo, que creyó que la política era eso que su imaginación de novelista le había enseñado: un mundo en el que las ideas, la discusión y los argumentos priman por sobre los embustes, las triquiñuelas, las infinitas alianzas y el entramado de negociados y chismes que sostienen a cualquier político.

Mario Vargas Llosa en el mitin de 1987, bajo una lluvia de pica-pica, el mismo que después se conviritió en la pesadilla de sus días de campaña.

Estas son también las memorias de sus arrepentimientos —que fueron muchos más que sus momentos felices—, y sus errores, de los cuales el más importante fue, sin duda, haberse aliado con dos grandes partidos liderados por políticos dinosaurios del Perú, en los que Vargas Llosa tuvo y seguía teniendo mucha fe, pero que en lugar de prestarle el soporte y la robustez que él buscaba lo mancharon con la mala fama del más de lo mismo con el que los peruanos comenzaron a mirarlo. Aun así, por unos instantes, Vargas Llosa fue el rotundo ganador según las encuestas y el tiempo dejó muy claro que una sórdida maquinaria fue la que puso en la silla presidencial al infame Fujimori, quien pasó de ser un candidato más de esos que ni la familia vota por ellos, a un poderoso contendor que llegó hasta la segunda vuelta.

De todos los detalles, anécdotas, historias y comidillas políticas con las que está construido este libro, la que más me gustó —y confieso que me hizo llorar— fue la del amigo Luis Loayza.

Loayza y Vargas Llosa fueron amigos desde su juventud y junto con Abelardo Oquendo formaron un triunvirato. Los amigos solían molestar al Vargas Llosa universitario por la obsesión que desarrolló por Sartre. Fue tanta la fiebre, que al final los amigos terminaron por apodarlo el sartrecillo valiente, título de uno de los capítulos del libro. Muchos años después, en medio del fragor de la campaña política, cuando Vargas Llosa llegaba a la casa cansado y furioso porque su cuerpo entero estaba impregnado del odioso pica-pica que inevitablemente hacían llover en cada manifestación, encontró una nota de su amigo Luis Loayza, enviada desde Ginebra, que decía: «un abrazo, sartrecillo valiente.»

Mi conclusión, después de leer este libro abrumador, es que el Perú se perdió de su mejor presidente. Uno que los iba a llevar por caminos liberales y que habría logrado una prosperidad nunca vista antes en América Latina. Pero también fue bueno que así pasara, porque después de la derrota del político, regresó el Vargas Llosa escritor a escribir desde su fracaso estas memorias y muchos libros buenos más. Y yo soy egoísta y prefiero mil veces a un escritor que a un político.

Algunos subrayados del libro

 

«El principio de la redistribución de la riqueza tiene una fuerza moral indiscutible, pero impide ver a sus propugnadores que ella no favorece la justicia si las políticas que inspira paralizan la producción, desalientan la iniciativa y ahuyentan las inversiones. Es decir, si se traducen en un aumento de la pobreza. Y redistribuir la pobreza, o, en el caso de los Andes, la miseria, como hacía Alan García, no alimenta a quienes enfrentan el problema en términos de vida o muerte»

«Las discusiones sobre este tema fueron largas y difíciles. Una economía deformada por prácticas mercantilistas deforma al propio empresario, en quien genera una mentalidad pasiva y dependiente de la protección estatal, una psicología insegura y miedo pánico a la competencia. Tuve tensos encuentros con ensambladores de automóviles, que me visitaron varias veces. La idea de que con la liberalización pudieran llegar al Perú automóviles usados o de bajo precio, los espantaba. ¿Quién iba a comprar un Toyota armado en el Perú cuyo costo era de veinticinco mil dólares cuando se ofrecieran coches coreanos Hyundai a cinco mil? Mi respuesta fue siempre categórica. Si una empresa era incapaz de sobrevivir en competencia con otra extranjera, debía reconvertirse o desaparecer, pues mantenerla, levantando barreras proteccionistas, era ir contra los intereses del pueblo peruano.»

«Los derechos humanos son una de las armas que más eficazmente utiliza el extremismo para paralizar a los gobiernos que quiere derrocar, manipulando a personas e instituciones bien intencionadas pero ingenuas»

«El tema recurrente de mis tres discursos fue: no se sale de la pobreza redistribuyendo lo poco que existe sino creando más riqueza. Para ello hay que abrir mercados, estimular la competencia y la iniciativa individual, no combatir la propiedad privada sino extenderla al mayor número, desestatizar nuestra economía y nuestra psicología, reemplazando la mentalidad rentista, que lo espera todo del Estado, por una moderna que confíe a la sociedad civil y al mercado la responsabilidad de la vida económica».

Conversación interrumpida

Conversación interrumpida. Memorias.

Sebastián Edwards.

Ediciones Universidad Diego Portales, 318 pág.

 

De todas mis lecturas sobre la libertad, las que más disfruté, sin duda, fueron las de aquellas que se declararon conversos. Personas que militaron en el partido comunista o socialista de Chile, vivieron en aquellos años de Allende presidente y, poco a poco, algunos de maneras más trágicas y otros tragicómicas, se dieron cuenta de que estaban parados sobre un gran error conceptual e histórico y cambiaron el sentido de sus ideas. Para ninguno de ellos, en todo caso, fue un proceso fácil.

Sebastián Edwards es uno de esos conversos decepcionados de las ideas de izquierda. Catalogado como uno de los mejores economistas del mundo y sin lugar a dudas el mejor de Chile, Edwards publicó este año un libro en donde repasa su vida y la de su familia durante varios decenios, pasando por ese Chile que estaba dando pasos de gigante en las políticas socialistas y en el que hervían las ideas de izquierda. Este libro está escrito con muy buen humor, prosa elegante y lleno de anécdotas que dan cuenta desde la dura relación que tuvo el autor con su padre, hasta su llegada a la Universidad de Chicago a la ultra famosa escuela de economía cuyo personaje más representativo fue Milton Friedman.

Uno lee a Edwards y le dan ganas de ser economista. Es tan evidente su pasión por la economía que en este libro logra vestirla de elegancia y hasta poesía. Otro gran acierto es el desorden sutil de cada capítulo, que salta de un lugar a otro y del pasado al presente con el mismo capricho con que lo pueden asaltar a uno los recuerdos. Edwards, a pesar de su apellido muy rimbombante en Chile, nació en una familia de clase media, que pasaba las mismas dificultades y vivía la misma normalidad de cualquier otra familia. Sus padres se separaron cuando él apenas era un niño y su padre decidió irse a vivir a una chacra. La relación con el padre fue tensa casi siempre, carente de demostraciones mayores de cariño y con muchos más momentos vacíos que felices. No obstante, Edwards escribió este libro —y el título hace alusión a ello—, porque mientras vivía fuera de Chile, desde donde salió siendo muy joven, entendió que la relación con su padre había estado marcada, sobre todo, por la falta de comunicación y que al final de cuentas lo de ellos siempre fue una conversación interrumpida por el exilio del hijo.

Edwards, al igual que la mayoría de los que hoy son personajes reconocidos públicamente en Chile, tuvo un largo affaire con el socialismo y la izquierda, llegando a trabajar, durante el gobierno de Allende, como jefe en el departamento que fijaba los precios de todos los productos. No obstante, como él mismo cuenta en su libro, ese affaire duró cuatro o cinco años y tuvo su momento de mayor entrega con la admiración a la gesta revolucionaria del Che Guevara y Fidel Castro en Cuba y su momento de mayor decepción cuando Fidel visitó Chile en 1972 y ya Edwards tenía noticias claras y ciertas de la tiranía que ejercía el dictador en la isla.

Aunque tiene muchas anécdotas personales, amorosas y románticas, las más sabrosas son las políticas y fue cuando Edwars se desempeñó como funcionario del departamento de precios (Dirinco) en donde se escribe la que es, a mi juicio, la mejor y más potente anécdota del libro y que demuestra claramente el carácter de ese gobierno que fue un pésimo paso a la izquierda que dio Chile. La reproduzco a continuación:

«En varias ocasiones llegaron los padres de excompañeros del Grange a tramitar nuevos precios para sus empresas. Al verme ahí, creían que yo era uno de ellos, que venía a solicitar un aumento o una licencia. Cuando se enteraban de que yo era parte de la maquinaria del Gobierno y que de mí dependía cómo les fuera en su petitorio, quedaban asombrados, como si fuera imposible que alguien a quien sus hijos conocían apoyara a la Unidad Popular.

Anselmo Palma era un hombre bajo, con la cara salpicada de pecas, modales impecables y un vestir atildado. Era el padre de un compañero de colegio y de una amiga que me gustaba mucho. Trabajaba como gerente de la principal fábrica de té en bolsitas del país. En mayo o junio de 1973 llegó al ministerio para tramitar un alza a su producto. Al verme se sorprendió, pero al mismo tiempo entendió que yo podía ser su aliado y ayudarlo en ese trámite que podía tomar semanas y nunca llegar a buen final. El té era un producto popular que había desaparecido —tanto suelto como en bolsas— del mercado. No era extraño encontrar a señoras de todas las edades haciendo cola frente a almacenes o pequeñas tiendas de abarrotes buscándolo con desesperación. Después de hablarlo con Boris Riedmann, decidimos que este era un caso prioritario y que era necesario hacer un ajuste de precios a la brevedad. Le asigné el expediente a Dagoberto Parra, un funcionario eficiente pero cascarrabias, que aborrecía la idea de que yo, un muchacho de 19 años, pudiera darle instrucciones. En un comienzo todo anduvo bien, hasta que llegó el momento de considerar cuánto costaba el hilito que se usaba para armar cada bolsita. Según Parra, su costo era mucho menor —quizás un décimo— de lo argumentado por la empresa. Este desacuerdo trancó el proceso y una resolución que debiera haber demorado tres días se arrastró por varias semanas. Me pareció absurdo que el suministro de té en todo el país pendiera, literalmente, de un hilo, por lo que decidí que la manera más rápida de solucionar el impasse era agendando un cara a cara entre las partes. Anselmo Palma, con sus trajes ingleses, mocasines de cuero suave y pañuelo de tres puntas en el bolsillo de la chaqueta versus Dagoberto Parra, huraño y malhablado, a menudo sin afeitar y con un conocimiento al detalle de todos los reglamentos del ministerio.

Anselmo Palma llegó preparado. Trajo dos bolsitas y luego de sacar dos tazas y un termo de su cartapacio procedió a hacer una demostración. En uno de los casos el hilo se cortó luego de dos o tres pequeños tirones; en el otro el hilo se mantuvo firme, aun después de usarlo para estrujar la pequeña bolsa contra la cuchara. Una vez terminada la presentación, Palma miró a Parra con aire triunfal. “¿Ve?”, le dijo. “El hilo firme es el que necesitamos, es un hilo importado, proviene de Bélgica. Por eso es mucho más caro que el hilo nacional, débil y de mala calidad, un hilo que, como usted vio, se corta de buenas a primeras”. Dagoberto entrecerró los ojos y bostezó. Se puso de pie y dio un pequeño paseo dentro de mi oficina. Se asomó a la ventana y oteó el Palacio de La Moneda. Al sentarse, miró a Palma y luego a mí. Sacó un paquete de Viceroy de su chaqueta y, sin ofrecernos, encendió un cigarrillo. Dejó escapar el humo con lentitud. Volvió a mirar al empresario y dijo:

—Señor, usted y yo no venimos del mismo lugar. No frecuentamos los mismos establecimientos, ni comemos la misma comida. En mi barrio no nos damos ni cuenta si el hilo se corta o no se corta— De pronto se quedó en silencio, como si algún pensamiento profundo hubiera hecho una súbita aparición en su mente.

—Pero si se corta, la bolsa queda dentro de la taza— dijo Palma—. Es un gran inconveniente. Algo que a las dueñas de casa no les gusta. Es lo que han concluido todos los estudios de mercado.

Parra volvió sobre sí mismo, parpadeó un par de veces y apuntó:

—Señor Palma, esto es lo que nosotros hacemos si se corta el hilo—. Metió la mano en la taza, recogió la bolsita, la estrujó con los dedos y la arrojó sobre mi escritorio. Al caer hizo un ruido suave y amortiguado y creó una aureola húmeda, de color ámbar, sobre un oficio de la Contraloría que nos pedía cierta información sobre una empresa importante. Parra me miró por unos segundos y esbozó una sonrisa de triunfo. Había ganado esa partida. Se puso de pie, estirándose como un gato que recién sale de la casa y se pone al sol. Dijo:

—Es hora de la colación; me voy a almorzar— sin mirar a Palma salió del despacho dando un portazo

La tiranía de la igualdad

La tiranía de la igualdad: por qué el proyecto de izquierda destruye nuestras libertades y arruina nuestro progreso.

Axel Kaiser – Ediciones El Mercurio.

189 pág.

 

Este libro parte como un cuestionamiento que Axel Kaiser realiza a todo el modelo refundacional que surgió con mucha fuerza en Chile durante este segundo gobierno de Michelle Bachelet, y el que se describe y defiende ampliamiente en el libro El otro modelo. El cuestionamiento Kaiser lo hace, como no, desde las más puras ideas liberales clásicas. Aunque los detractores de Kaiser lo ponen al mismo nivel de un simpatizante a muerte de Pinochet, la verdad es que están lejísimos de entender la visión y las ideas de grandes hombres que se opusieron a la tiranía de los Estados controladores y supieron defender con argumentos y pruebas fehacientes la importancia de lo individual por sobre lo colectivo como la mejor forma de prosperar. ¿Tiene esto algo de cruel e insolidario? Para nada. La emocionalidad negativa que genera la defensa del individualismo y las libertades individuales es precisamente el error conceptual. Uno de los puntos fuertes de este libro es precisamente que Kaiser logra demostrar que una sociedad libre es incluso mucho más solidaria y empática.

Axel Kaiser

De todas las ideas que la izquierda tan hábilmente puede sembrar y hacer florecer en una sociedad, hasta lograr que se repitan a coro y sin ser cuestionadas, la de la igualdad es una que resulta particularmente atractiva, por lo fácilmente manipulable desde la emoción y porque cualquiera que diga lo contrario —es decir, que no somos ni tenemos que ser iguales—terminará siendo tachado de monstruo. Kaiser no defiende en su libro a la derecha, muy por el contrario, la critica y acusa de mediocre, puesto que, si las ideas populistas tienen tierra fértil en la sociedad, esto se debe también a esa derecha que, por ser enemiga de la lectura, poco cultivada, muchas veces tramposa y anoréxica culturalmente, se ve incapacitada para actuar en el mismo nivel del populismo: el de las ideas.

El postulado central del libro de Kaiser es claro, pero poco popular en nuestros días: «El problema no es de desigualdad sino de falta de recursos y eso se arregla con economía libre y creación de riqueza, no con su distribución y cosificación masiva.» Cuando nos paramos sobre la idea de la desigualdad, la tendencia es a querer nivelar la riqueza al nivel de la pobreza y no a dar elementos y capacidades a todos para que, por sus propios medios, salgan adelante. Para entender mejor esto, Kaiser hace alusión a un comentario cruel del exministro de educación, Nicolás Eyzaguirre, quien dijo: «Un corredor va corriendo con patines de alta velocidad, el otro va descalzo. El descalzo es la educación pública. Entonces me dicen, ¿por qué no entrenas más, por qué no le das más comida al que va descalzo? Bueno, es que primero hay que bajar al otro de los patines». La idea arraigada en la sociedad de que el rico debe bajarse de los patines y repartir por fuerza o por voluntad su riqueza entre los más pobres, destituyó a la idea de que todos podemos conseguir lo que queramos y que para ello basta con tener la libertad de procurarse los medios, en una sociedad en donde el Estado es solo un árbitro y no el dueño, amo y señor de todo. La libertad económica estimula el crecimiento, el empleo, el progreso, la producción científica y cultural y mantiene a toda la sociedad en estado de alerta: nadie puede echarse a esperar que papá Estado venga a resolverlo todo, y todos sí deben procurarse su bienestar. Además, es el libremercado (o el neoliberalismo, ¡el cuco!) el que desincentiva la corrupción. Otra teoría muy bien argumentada y desarrollada en este libro es precisamente la que demuestra que, cuando se le extienden ilimitados poderes al Estado, o se busca que este se haga cargo de todo, se sientan las bases para la corrupción y el robo, puesto que el poder político y el empresarial terminan amangualándose para monopolizar; Kaiser explica de forma muy didáctica la diferencia entre quienes defienden la libertad, o son pro-libertad, y quienes simplemente defienden al mercado. Las sociedades que apuestan por la libertad, por otro lado, motivan y potencian el respeto del otro, no importa su condición sexual, sus creencias religiosas y su condición económica.

Kaiser es abundante en citas, referencias a otros libros y renombradas investigaciones e investigadores. Pero lo más valorable es lo mucho que se nota que, para argumentar las fuertes críticas que hace al comunismo, al populismo, al socialismo del siglo XXI y al modelo refundacional en Chile, Kaiser buceó y estudio en profundidad toda la literatura política y económica que sustenta las ideas más clásicas de la izquierda, desde Rousseau hasta Gramsci.

Algunos subrayados del libro

«El problema es que la doctrina que separa al individuo de su voluntad y de su interés pretendiendo que existe una autoridad que sabe mejor que él cuál es su interés y que por tanto puede imponérselo desde el Estado, contiene los gérmenes del autoritarismo y del totalitarismo.»

«Podrá darle rabia a los socialistas que haya gente andando en Ferrari o vaya a buenos hospitales, pero así como los católicos están obligados a tolerar parejas homosexuales aunque no les guste y los musulmanes deben tolerar las caricaturas del profeta Mahoma, los socialistas están obligados a tolerar que los demás gasten lo que les pertenece como se les antoje.»

«Cuando Mao Tse Tung murió en septiembre de 1976, el 66% de los 1.200 millones de chinos vivían con menos de un dólar al día (un dólar al día es la definición de pobreza extrema que la Organización de las Naciones Unidas utilizó para declarar los objetivos del milenio en el año 2000). Un par de años después, su sucesor Den Xiao Ping introdujo el capitalismo como sistema económico en lo que, hasta el momento, había sido un país socialista-maoista. Después de cuatro décadas de economía de mercado, el porcentaje de chinos que vive por debajo del umbral de la pobreza es de menos del 0.3%. Cuando murió Mao, había 615 millones de ciudadanos pobres en su país. De ellos, un total de 612 millones de personas han dejado de ser pobres gracias a que el sistema económico ha cambiado»

El engaño populista

El engaño populista. Por qué se arruinan nuestros países y cómo rescatarlos.

Axel Kaiser – Gloria Álvarez

Ediciones El Mercurio, 260 pág.

 

 

Cualquier izquierdista que lea este libro dirá, no sin razón, que la junta de Gloria Álvarez y Axel Kaiser para escribir en contra del populismo y a favor de la libertad es como cuando se juntan el hambre con las ganas de comer.

 

Gloria Álvarez se hizo famosa en Iberoamérica por sus ideas libertarias y su defensa de la República, luego de su discurso en el Parlamento Iberoamericano de la Juventud, en Zaragoza, España, en 2014. Por lo menos muchos la conocimos gracias al video que se masificó, aunque la carrera de Gloria como activista libertaria data desde mucho antes del famoso discurso.

Axel Kaiser es el director de la Fundación para el Progreso, autor del libro La tiranía de la igualdad —de muchísimo éxito en Chile— y uno de los pensadores liberales más importantes de Chile, por lo menos en la actualidad.

Era inevitable que, con ideas y carreras tan similares, ambos terminaran escribiendo este libro que se transforma en un documento para cualquiera que busque entender el pensamiento liberal y la catástrofe que ha significado el populismo para Latinoamérica, en todas las formas que este se presenta: comunismo, socialismo, socialdemocracia e incluso en la misma derecha.

El engaño populista está estructurado en tres partes o capítulos. En el primero, los autores diseccionan con mucho juicio las ideas populistas, ancladas en gobernantes y políticos de cualquier ideología, sea esta de derecha o de izquierda. Hacerlo no representó dificultad porque ambos son lectores disciplinados y acuciosos tanto de los autores más representantes del liberalismo clásico, como de los pensadores que sentaron las bases de las ideas de izquierda y populistas. No podemos hablar de objetividad en este libro, porque los autores son honestos desde un principio: su objetivo es demostrar que las naciones que han prosperado en algún momento de la historia y las más prósperas el día de hoy, lo han logrado gracias a la puesta en práctica de las ideas liberales: libertad del mercado, restricción del proteccionismo y limitación absoluta de la intervención del Estado. Con respecto al Estado, los autores dejan en claro que a este solo le compete garantizar tres cosas básicas para cada individuo: su derecho a la vida (seguridad), su libertad y su derecho a la propiedad privada. Es poco menos que una herejía hablar de que el Estado solo debe garantizar estos derechos, cuando las sociedades —especialmente las latinoamericanas— le exigen otros muchos más: la salud, la educación, la vestimenta, la vivienda, etc. Una buena parte de este capítulo se dedica a demostrar que la gratuidad de cualquier cosa es una ilusión desde el punto de vista de la economía, como lo son los derechos sociales, pues detrás de la mentira de la gratuidad está la realidad de que, para hacer posible algo gratis esto inevitablemente se consigue privando —o exigiendo privarse— a alguien más de algo. Ese alguien puede ser una empresa y ese algo pueden ser sus utilidades. En este capítulo los autores, además, entierran todos los mitos que rodean a la palabra neoliberalismo, el ‘cuco’ preferido por los populistas.

 Gloria Álvarez y Axel Kaiser

El segundo capítulo está dedicado a entender cómo las ideas populistas han calado tan hondo en las sociedades, hasta el punto de que ser un libertario, el día de hoy, es solo sinónimo de ser facho o casi un monstruo. No son casuales las formas de impregnación del populismo, desde los intelectuales que han buscado calorcito en la fogata que encienden las ideas de Marx, Engels y Gramsci entre otros, hasta el mismo papa Francisco, quien ha demostrado un claro rasgo populista, la sociedad se ha ido sumiendo en una hegemonía cultural del populismo. ¿Es malo esto? Sí, en la medida en que todas las ideas contrapuestas son ahogadas, o llevadas a extremos que hacen parecer unos desgraciados a quienes las profesan. Uno de los análisis importantes de este capítulo es sobre el éxito que tienen las ideas populistas y su capacidad de calar en las sociedades y llevar a las personas a darles el poder a través de sus gobernantes, éxito que radica en la idea extendida, durante varios decenios, de que somos lo que somos debido a que somos víctimas. La victimización, famosamente ilustrada por Eduardo Galeano en la frase inicial de su libro Las venas abiertas de América Latina, se ha extendido en todos los ámbitos: somos pobres porque otros son ricos, no nos podemos educar porque otros sí pueden y así, hasta alcanzar el epítome de las victimizaciones modernas, esa que nos hace presas del monstruo: el imperialismo gringo.

En el tercer capítulo, mi favorito, los autores proponen cómo rescatar a nuestras repúblicas. No hablan de rescatar Estados, ni naciones, ni países, sino “Repúblicas”, un término bastante desconocido el día de hoy, porque lo han reemplazado, en una confusión dramática, otros términos y el más poderoso de todos, quizás, sea Estado. Acá es donde los autores se lucen con ideas bastante potentes. Mi preferida, de todas, es esa que propone restaurar en las sociedades, a través de la educación responsable de los individuos, el debate a través de argumentos, de ideas, de lecturas. Desistir de la emocionalidad que ha sido protagonista de las ideas populistas, desistir de la descalificación del otro por lo que tiene y no tiene, y concentrarse en las ideas. Las personas necesitan, por ejemplo, comprender mejor cómo funciona la economía de un país cuando el Estado debe hacerse responsable de todo, comprender la importancia de que su prioridad como individuos y no dejarse anular en el colectivismo es justamente el primer paso para una crear una sociedad más justa y, la más importante a mi modo de ver de todas las ideas de este libro: que la igualdad que se debe perseguir no es la material, sino la de oportunidades: todos debemos tener las mismas oportunidades —igualdad ante la ley— para, por nuestro propios medios, como individuos, con total libertad, construir la sociedad que esperamos.

Algunos subrayados del libro

«Nadie que haga una revolución en la historia ha llegado al poder para después dejarlo. Y ningún revolucionario ha legado a su sociedad una situación mejor que la que destruyó»

«El uso de la etiqueta ‘neoliberalismo’ es así una estrategia política para desprestigiar lo que en realidad se hizo en Chile, y que fue introducir un sistema de libre emprendimiento inspirado en ideas liberales clásicas que creen en la capacidad de las personas para salir adelante»

«A lo sumo se puede decir que el populismo socialista ha logrado cierta igualdad, pero una igualdad en la miseria»